Fuera de juego

Hace unas semanas, el legislador porteño por más de una década y dirigente del Partido GEN, Sergio Abrevaya, en una entrevista se refirió al posible pase de su referente, Margarita Stolbizer, a la coalición de Juntos por el Cambio. En un momento se detuvo en el rol que observaba de quien es para muchos el líder político de la alianza, el ex presidente Mauricio Macri: “Él se retiró de la contienda, ¿no? Decidió irse a Europa, y mirarlo desde allá. No parece haber un obstáculo en ese sentido. Se fue, es lo que dicen los diarios”.

Macri hoy funciona como una suerte de puerta de acceso único para fuerzas tanto progresistas como liberales a la hora de acordar el ingreso a JxC, la principal fuerza opositora en estos días.  Los primeros descartan que incorporarse al espacio sea una contradicción por sus críticas arrojadas a la administración que ejerció como Ejecutivo entre 2015 y 2019: aquel presidente que ejecutó políticas que aumentaron la pobreza, el desempleo y se arrimó al Fondo Monetario Internacional, hoy está lejos de la rosca política de la coalición, dedicándose a limitar su participación en el puntapié de la campaña a adherir a la particular “campaña capilar” que lanzó Juntos en redes, aludiendo a la cabellera del ahora ex vicejefe porteño, y picoteando discursos en los banquetes de intelectuales de derecha en el Viejo Continente.

Los nuevos conservadores que se acercan a JxC, por su parte, le adosan a Macri el fracaso del no achicamiento del Estado, la continuación de políticas que identifican como ineficientes y que colocan en la misma línea que las desarrolladas por el kirchnerismo, y le bajan el pulgar por su falta de decisión para acortar la influencia política de sindicatos y gremios. Fuera Macri de la jugada, el liberalismo puede desenvolverse en el frente sin que pesquen hipocresía alguna por sus críticas a la gestión macrista.

¿Alcanza ello para dejar a Mauricio Macri fuera de juego de la contienda de la fuerza que él prácticamente fundó? Difícil. Habría que posicionarse un escalón por encima a las corrientes de diferentes latitudes del espectro político que empiezan a acercarse o reacomodarse en el ex frente Cambiemos, y allí posar la mirada en Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, los principales auspiciantes de estas incorporaciones. En diferentes análisis y sondeos, el hoy Jefe de Gobierno es colocado como virtual candidato a la presidencia en 2023. La ex gobernadora bonaerense, recientemente mudada a lares porteños, puede vislumbrarse como posible sucesora de Larreta en un sitio en donde el PRO gana desde 2007. Al mismo tiempo, podría apostarse a que una potencial concertación o primaria entre radicales, progresistas-PRO, peronistas-PRO, liberales y agregados den a luz a un candidato viable para PBA.

En este escenario, ¿dónde queda Macri? Mejor dicho, ¿qué Macri queda? En situaciones de presión, el ex presidente supo reaccionar dañando su imagen: en los peores momentos de su gobierno, sus respuestas trilladas exprimiendo hasta la última metáfora de fútbol, tormentas e imprevistos, dejaban insatisfechas a propios y extraños. También se recuerda la conferencia de prensa la mañana siguiente de las PASO 2019, en donde el presidente en funciones por poco le arrojaba la culpa al electorado el haber ejercido su derecho a votar, vaticinando un descalabro económico ante la inestabilidad política que se auguraba tras el resultado.  El aroma a berrinche de aquella oratoria pocas veces se había visto en la política local.

Sin embargo, cuando el tiempo corrió a su favor, Macri mostró actitudes dignas de rescatar para su proyección de aquí en más. Tras el bajo resultado obtenido en las mencionadas primarias, él encabezó una campaña en donde, cual efusivo predicador, agitó incansablemente al electorado desilusionado con su gestión, y empujó discurso tras discurso a que el séquito de más extrema afinidad a su figura derramara convencimiento sobre los indecisos.

Más allá de la posibilidad de dar vuelta la elección, lo cual era extremadamente remoto, Macri se jugaba la posibilidad de acercarse lo más posible a los números de Fernández, encolumnar a la (futura) oposición detrás de su candidatura y sentar las bases para un posible regreso. Tras la derrota, Macri incluso pudo colgarse la cucarda de haber recibido al mandatario electo, Alberto Fernández, y haber concurrido a su asunción siguiendo todos los protocolos debidos, a diferencia de su antecesora, Cristina Fernández de Kirchner. Es posible que entre agosto y diciembre de 2019, Macri haya condensado su performance política de la forma más precisa y adecuada que se ha visto en su carrera política.

La pandemia pateó el tablero en el debate político doméstico, poniendo tres ejes en el centro de la escena a partir de las restricciones por la propagación del coronavirus, y el consecuente golpe socioeconómico que estas generaron: hablamos de la salud, el empleo y la educación. En estos ítems, la gestión macrista estuvo lejos de destacarse, y las evaluaciones del ex presidente en cuanto a dichas áreas siembre se hundían en frases hechas y el exceso de metáforas, alejándose del debate concreto en el marco de políticas públicas. Lo contrario a Rodríguez Larreta, quien teniendo a su ventaja el poder exhibir una gestión en tiempo real durante la pandemia, buscó (y busca) propulsar su imagen mediante diferenciaciones con el gobierno nacional respecto a las restricciones mantenidas y prorrogadas por el poder Ejecutivo. Sumado a ello, el equipo comunicacional del Jefe de Gobierno siempre se caracterizó por ser más aceitado y efectivo que el del presidente Fernández, habitué de ciertos traspiés en la materia.

En el núcleo PRO de Juntos x El Cambio comenzó a verse tejer una eventual dicotomía que, tarde o temprano, tomaría forma concreta. Quizás acelerada por el particular contexto global en que toman lugar estas elecciones, con una agenda política nutrida de tópicos muchos de ellos ajenos a la campaña del 2019, Larreta hizo buenas migas con Vidal y comenzó a auspiciar el ingreso de fuerzas de diferente corte ideológico a la coalición. Más aún, “exportó” a su compañero de fórmula, Diego Santilli, a la competencia electoral bonaerense, jugada interpretada como un guiño al reclamo de peso político que postula la Unión Cívica Radical: un candidato peso liviano para facilitar una primaria con un dirigente seleccionado exclusivamente por los radicales, en este caso, Facundo Manes.

La participación radical en el gobierno de Macri fue una cuenta pendiente jamás saldada por el ex presidente. De hecho, hay quienes no perdonan que, en pleno fervor de un compañero de fórmula perteneciente a la UCR en la víspera del cierre de listas del 2019, el ex mandamás de Boca Juniors se inclinara por un histórico peronista como Miguel Ángel Pichetto. El ex senador hoy se encuentra dubitativo respecto a su futuro político. Por otro lado, la ladera de Macri en las legislativas 2021, Patricia Bullrich, ha pausado sus aspiraciones hasta las próximas presidenciales, y el “partido” que JxC jugará en estos próximos comicios será bajo un esquema larretista.

¿Qué queda para el ex presidente, entonces? Muy probablemente apostar al traje que mejor le calzó a la hora de convencer al electorado: presencia en los sitios donde su fuerza ha pisado bien, apostar al contagio de su base sólida hacía los seguidores de la coalición opositora que se han distanciado de sus propuestas y, factor ausente en su anterior campaña al estar él mismo en el gobierno, acuñar una serie de propuestas en políticas públicas superadoras de lo que él identifica como carencias en la actual administración. A su fortuna se sumará cómo se desempeñe la táctica larretista en las próximas elecciones, en donde se augura un resultado cómodo en Ciudad de Buenos Aires y un segundo puesto digno en Provincia. Pero si este modelo fracasa, Macri encontrará un panorama fértil para motivar sus propuestas, siempre algo más tiradas a los valores iniciales del PRO más que al aperturismo político de HRL. Sin embargo, para concluir, cuesta ver como Macri ejecutará esta “reinvención” pasando más tiempo fuera de la Argentina que dentro, sin una oratoria fortalecida para mantener en línea a sus seguidores y con una gestión presidencial para exhibir de la cual son más quienes se desmarcan de ella que aquellos que la reivindican.

El ex presidente históricamente compitió con referentes de centroizquierda, haciendo la diferenciación una tarea sencilla. En esta ocasión, son integrantes de su propia fuerza los que empiezan a minimizar su anunciada búsqueda de un “segundo tiempo”, con el riesgo de que sus propios errores no funcionen sólo como obstáculos para sus aspiraciones, sino que sean señales claras para sus rivales respecto a qué caminos no recorrer rumbo a 2023.

Escrito por

De Zona Sur. Estudiante de Ciencia Política en la UBA, conductor de Contra Todo Pronóstico y bebedor de café negro.

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