En la Argentina de 2026, las identidades políticas dejaron de ser estables. El dirigente que hoy es oficialista, mañana es opositor, y pasado vuelve a ser oficialista. La candidata de la derecha tradicional termina en el espacio liberal. No se está descubriendo la pólvora, pero sí cabe destacar que en ese entramado el debate como pilar de la democracia se cae. Y mientras tanto, el ciberespacio, ese plano inédito, masivo e inmediato, se consolidó como el único escenario donde la política parece ocurrir. En repetidas ocasiones se ha señalado que las elecciones de 2023 revelaron un fenómeno inédito, figuras sin aparato territorial, cuyo público no se mide en plazas ni en unidades básicas, sino en likes, reproducciones y comentarios.
Lara Tzvir, en su artículo «El ciberespacio mató a la política: los tiempos democráticos del 2023», plantea una pregunta incómoda: ese mundo cibernético que habitamos, ¿es algo paralelo o complementario de la política? ¿O existe algo más profundo? La autora anuncia una mutación insoslayable de la política. Pero lo que ella describe como una novedad en 2023, hoy se ha profundizado hasta volverse rutina. La desterritorialización es apenas la primera capa de un problema más grave: la desaparición del otro como interlocutor, consecuencia directa de una inestabilidad identitaria que ya no nos permite saber contra quién debatimos y con quién se hace política.
La política sin territorio
La política desterritorializada gana en alcance y velocidad, pero pierde en densidad, deliberación y arraigo. Lo que está ocurriendo no es solo una migración de la política al ciberespacio, es una transformación en la naturaleza misma del disenso. El debate político, tal como lo conocimos, esa práctica de enfrentar argumentos, ceder ante otras razones, acordar reglas mínimas para la convivencia y el bien común, está desapareciendo. Paradójicamente, eso no se debe a que la gente haya dejado de opinar sino todo lo contrario: nunca se opinó tanto. El problema es que las opiniones carecen de una vuelta, porque opinar no es debatir.
Durante décadas la militancia, ya sea activista, dirigente, ciudadano comprometido, debía sí o sí “bajar al territorio” como síntesis de todo estudio social o político. La política tenía un anclaje físico, una geografía, un hacer y mostrar en el barrio, la fábrica, la escuela o el club. Pero internet y la hipercomunicación tuvieron otros planes. La política tomó formas innovadoras y, como producto de ello, también nacieron nuevas formas de disputa. Pero la paradoja es cruel y en internet la política se despolitiza.
El formato que mata el debate
Milei es una figura moldeada por el marketing político bajo esta nueva lógica. No necesita aparato territorial, sus adeptos están en redes y su campaña fue más efectiva con mucho menos presupuesto. Los artífices de su plataforma política entendieron que la batalla ya no se gana en el barrio, sino en el feed. También entendieron que en un mundo sin debate no hay necesidad de propuestas complejas. Alcanza con consignas gruesas, excusas viejas, enemigos claros y una presencia incesante.
La democracia deliberativa presupone ciudadanos dispuestos a cambiar de opinión, con el fin último de ponernos de acuerdo en asuntos claves y urgentes. Pero en el ecosistema digital, cambiar de opinión es una derrota. Uno dice, el otro contradice y al no encontrar un punto de llegada, no hay síntesis. El objetivo ya ni siquiera es convencer, sino exhibir la propia postura con la mayor contundencia posible. La democracia y la discusión sobre cómo vivir en comunidad tuvieron que adaptarse a internet, no al revés. Esa jerarquía ya parece irrompible. Así, la participación y la militancia hoy están limitadas y dispuestas a dar una lucha reducida al mero posteo.
El debate requiere tiempo, escucha, paciencia y una cierta humildad para aceptar que podemos estar equivocados. El debate se construye con pausas, pero el algoritmo no premia la pausa, premia la reacción. La inmediatez es su combustible. De esta manera la complejidad desaparece, y con ella el argumento y el debate. Al otro puedo bloquearlo, silenciarlo, reportarlo, porque las plataformas le han ofrecido a la política la posibilidad de eliminar lo que molesta. Pero la democracia es precisamente el arte de soportar aquello que estorba. Lo que hemos perdido no es la discusión, es la posibilidad de que esa discusión termine en algo. Un debate político serio podía concluir con un acuerdo, una votación, una ley, o al menos con un desacuerdo claramente delimitado.
La inestabilidad identitaria: la otra muerte
Pero no es solo que el debate sea imposible por el formato de las redes. Los propios actores políticos volvieron irrelevante el debate, ¿qué debate se puede tener cuando las identidades políticas dejaron de ser estables en sus convicciones? No hay una “esquina” fija, para utilizar un término boxístico. Cuando un dirigente estuvo de un lado y del otro, resulta difícil identificar a los interlocutores. Quizás el ciberespacio no sea el único que aniquiló el debate.
Para entender por qué esta inestabilidad identitaria es tan devastadora, conviene traer a Carl Schmitt. El jurista alemán definió lo político a partir de una distinción simple pero radical: la diferencia entre amigo y enemigo. Para Schmitt, la gracia de esta distinción es marcar el grado máximo de intensidad de una unión o separación, de una asociación o una disociación. No hace falta que el enemigo sea odiado ni que la lucha sea violenta. Basta con que exista una alteridad definida contra la cual la comunidad política se constituye.
El enemigo, para Schmitt, garantiza la propia identidad y determina nuestra propia individualidad. Las diferencias entre nosotros y los otros permiten identificar quién es el enemigo. Schmitt se pregunta: “¿De qué forma podría definirse a quién afectar, a quién negar, a quién combatir, a quién refutar?” (Schmitt 1984, 61). Sin esa línea divisoria, para Schmitt no hay política propiamente dicha, solo administración, técnica o, en el peor de los casos, puro entretenimiento. Schmitt presuponía que los bandos son estables, algo que la política argentina hace ya mucho tiempo se encargó de demoler. Para Schmitt, el concepto de lo político está dado por la relación entre amigos y enemigos y el grado de intensidad que la caracteriza.
La política argentina reciente es una máquina de producir esa confusión. Como dijimos, la misma persona es oficialista, luego opositora y oficialista otra vez. Aquí, uno de los principales referentes «anti-casta» termina investigado por enriquecimiento ilícito, como ocurrió con Manuel Adorni en mayo de 2026. El gobierno que prometió una distinción clara se vuelve indistinguible de aquello que juró destruir.
Otro ejemplo local es el del ex diputado de La Libertad Avanza José Luis Espert. Espert renunció a la presidencia de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de Diputados y bajó su candidatura, después de que se revelara su vínculo con un narcotraficante buscado por la justicia estadounidense. La oposición ya preparaba un pedido para removerlo de la comisión cuando él mismo renunció para evitar el escándalo. No asumió la responsabilidad, renunció a la comisión, pero siguió siendo diputado hasta que se le venció el mandato. El mismo oficialismo que llegó para ‘romper la casta’ tuvo a su diputado José Luis Espert renunciando no por un debate ideológico, sino por su vínculo con un narcotraficante internacional, un escándalo que copó las portadas de los diarios en octubre del 2025.
Un desmarque por voluntad propia parece ser lo que sucede con Patricia Bullrich, que fue ministra de Milei, después senadora oficialista, y ahora comienza a vislumbrar una posible candidatura para 2027. En definitiva, nadie sabe si es oficialista, opositora, o candidata presidencial (una vez más). El patrón se repite, la línea que separaba al adversario del amigo se borra del todo en el ajedrez político actual.
Como conclusión, el fin del debate no es solo un problema nacido del ciberespacio, sino también de los propios actores políticos que disolvieron la condición esencial para la posibilidad de un debate: la existencia de un «otro» definido contra el cual discutir. Cuando todos pueden ser amigos o enemigos según el día, la distinción schmittiana se vuelve imposible. Y sin esa distinción, lo político se vacía. Solo queda el espectáculo. La doble muerte del debate, por la inestabilidad identitaria de los propios actores y por las redes, es peor que una catástrofe. Es rutina.




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