¿Hay auspicio estadounidense en el Taiwán rebelde?

La vorágine de la geopolítica internacional del 2021 pone sus ojos en lo que diferentes entidades, analistas y políticos identifican como uno de los nodos de mayor tensión en el plano internacional, en estos tiempos del post-trumpismo, la aún latente pandemia y las perspectivas de la República Popular China para el resto de las naciones: nos referimos a Taiwán, la isla asiática también conocida como República China o, tal cómo la podemos encontrar por ejemplo en las eliminatorias que disputó rumbo a la Copa del Mundo 2022, China Taipei. Que en aquella campaña el combinado isleño haya culminado último en su grupo y sin ninguna chance de acudir a la cita mundialista es la menor de preocupaciones para su población: observar el presente taiwanés es ver a dicha nación con un pié en la ambiciosa política de reunificación china y otro en las ansias independentistas que cuentan con un ambiguo auspicio estadounidense, balanceándose esta figura sobre las turbulentas aguas que modera un Xi Jinping decidido a no extraviar lo que el académico de la Universidad Nacional Central de Taiwán, Tanguy Lepesant, identificó como “la pieza faltante del ‘sueño chino’” que se ha tornado “un peón caliente entre dos mundos”.

Dicha apreciación quedó plasmada en la edición de octubre de Le Monde Diplomatique, en un claro ejemplo de cómo la agenda de política internacional empieza a interesarse no sólo por los intereses de las dos potencias respecto a la isla, sino respecto a cómo se encuentra el sentir taiwanés respecto a la estancada política de “un país, dos sistemas” que desde la República Popular China se ofrece y estiliza desde hace cuatro décadas a Taiwán, ésta como sendero hacia la única alternativa posible para el gobierno chino respecto a la isla: su anexo a la RPC y la concreción de la reunificación absoluta. Cualquier autonomía taiwanesa sería estrictamente monitoreada por Pekín, bajo la promesa de los beneficios sociales, comerciales y logísticos del aproximamiento continental.

Sin embargo, una autonomía regida por un agente externo, ¿no termina hundiéndose en lo meramente artificial? Es menester regresar al excelente trabajo de Lepesant para Le Monde en nombre de identificar los puntos de ruptura entre la comunidad taiwanesa y la gran China unificada: la “urgencia” de Xi Jinping de completar “su sueño chino” recuperando “el último territorio perdido”, comparando a Taiwán con las experiencias de Hong Kong y de Macao, como punto de partida para entender el asunto. La descomposición del lazo entre China y Taiwán se promovió sobre todo al calor de las protestas sociales que desde 2014 comenzaron a cuestionar fuertemente los acuerdos comerciales afines al libre comercio que favorecían la potenciación de la influencia china en la matriz laboral, económica y comercial de Taiwán, en desmedro de la producción doméstica, siendo semilla aquello -valga la ironía- del Movimiento Girasol, una corriente estudiantil que ocupó durante casi un mes el parlamento taiwanés para impedir la profundización de esta clase de políticas. Y a esto se le debe complementar un contexto de cambio de paradigma en la percepción generacional respecto a qué significa China para la percepción de un taiwanés. El think thank Pew Research Center arrojó una contundente encuesta a comienzos de este mismo año, desnudando cómo la autopercepción de los locales cada vez abraza más al suelo que habitan por sobre el históricamente prolongado nexo con la RPC: 66% de los encuestados se percibía taiwanés, el 28% chino-taiwanés y solo un 4% afirmaba ser chino.

Desde hace casi una década, la devaluación de las promesas chinas, los apuros de Xi Jinping en concretar su misión unificadora, el desencanto taiwanés en torno a los modelos propuestos por la República Popular y el incremento de un sentir autónomo en la isla comenzaron a posicionar la idea de una disputa independentista en el concatenamiento de hechos. Sin embargo, dónde bailan dos, bailan tres: la fotografía se completa identificando el rol de los Estados Unidos en el proceso de degradación del vínculo chino-taiwanés.

La periodista Alice Hérait realiza un formidable análisis en Le Monde Diplomatique sobre la percepción del país del Norte en torno a Taiwán: ¿es Estados Unidos un auspiciante del fervor independentista taiwanés, a fin de rebajar el poderío global chino? No, no lo es. Eso no impide que ambas naciones rosqueén su quehacer diplomático al borde de la tensión con la República Popular China. Ejes a tener en cuenta: “Las relaciones taiwano-estadounidenses toman un cariz cada vez más oficial” explica Hérait, poniendo como un punto clave en este proceso a una de las últimas decisiones diplomáticas de la administración de Donald Trump: el levantar “todas las restricciones relativas a los contactos entre oficiales estadounidenses y taiwaneses”, medida inédita ante la limitada muñeca diplomática que la sombra de la República Popular establecía en la isla. La jugada, tejida bajo el ala del secretario de Estado, Mike Pompeo, se dió a tan solo cuatro días del asalto al Capitolio a comienzos de este año, por ende pasó casi desapercibida.

¿Qué ha hecho al respecto Joe Biden y qué motoriza la presencia estadounidense en la isla? El artículo de Hérait exhibe que tanto demócratas como republicanos “apoyan una política ‘dura’ hacia Pekín”, posibilitada por la Acta de Relaciones de Taiwan, que data de 1979, y que postula a Estados Unidos como proveedor “de medios para defenderse” a la población local, y promueve así también a los estadounidenses como poseedores de un “cuasi-monopolio” respecto a la distribución armamentística en el lugar. Y fue durante los años de Trump que se puso en práctica un “sistema de evaluación de necesidades” para dinamizar la rapidez en la respuesta para provisión de armamento de Estados Unidos hacia Taiwán, complementado con el desarrollo de procesos de formación militar de soldados taiwaneses bajo la órbita de marines estadounidenses, desde fines del 2020.

¿Cómo se explica la habilitación de dicha campaña militar estadounidense en suelo taiwanés? Bien puede identificarse en lo que el portal France 24 ya advertía a fines de octubre de este año: “En las últimas semanas (de dicho mes), la República Popular ha enviado un número récord de aviones de combate al espacio aéreo internacional contiguo a la isla y también ha promovido una campaña de presión diplomática y económica”. A mediados de octubre, el Ministerio de Defensa local denunciaba poco más de 150 presencias de aviones de guerra chino en total presentes en el último período en el espacio aéreo taiwanés. Desde la propia cartera identificaron aquel hecho en la búsqueda china de una persuasión hacia la isla para desistir de sus proyectos independentistas, tanto a nivel de fuerza local como en la búsqueda de apoyos en el extranjero, más aún si Estados Unidos ingresa a la ecuación.

Cabe decir, sin embargo, que el caso naufraga en lo inconcluso al observar las grandes ambigüedades de los estadounidenses en la letra chica de sus acuerdos con Taiwán: límites a las características del armamento exportado y un sumamente medido empuje al sentir independentista de los isleños. La propia Alice Hérait entrevistó a jefe del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Saint Thomas, Yein Yao-Yuan, para entender el modus operandi estadounidense en el aprovisionamiento a su par asiático: “Washington se rehúsa a vender (aviones) F-35 capaces de enfrentar a los aviones de caza chinos, ya que quiere permanecer como sólo y único guardián del equilibrio geoestratégico de la región.” analiza Hérait, mientras Yao-Yuan afirma:“El objetivo no es invertir la relación de fuerzas actual” señaló en Le Monde.

El intercambio pareciera darse en nombre de una sociedad que Estados Unidos y Taiwán integran con fines diferentes, pero mirando hacia un mismo antagonista: China. Los primeros, buscando consagrar un punto geopolítico esencial para el abordaje del crecimiento chino y los fines integracionistas de su gobierno. En cuanto a los locales, la aventura soberana que cada vez cobra mayor ímpetu independentista puede tener una suerte de garantía logística y comercial al trazar buenas migas con los estadounidenses y evitar un claro juego en desventaja mano a mano con su todopoderoso vecino.

Claro que pareciese que son los isleños quienes apuestan a más en ese matrimonio por conveniencia construido al ritmo de la descomposición del lazo histórico entre chinos y taiwaneses: hace pocos días, Joe Biden dió demostración de esto, cuando mencionó que los Estados Unidos tienen el compromiso de defender a Taiwán, ante una pregunta de la CNN en torno a la constante presión que se padece en aquel sitio desde Pekín. ¿Se abría la puerta, entonces, hacia una abierta defensa estadounidense hacia la isla en caso de una potencial intervención china? No tan así: desde las entrañas de la propia Casa Blanca “recolocaron” la posición del país del Norte en la ambigüedad estratégica en torno a Taiwán, aclarando que las palabras de Biden se referían a garantizar la capacidad de “autodefensa” de aquel país, en el marco del Acta de Relaciones de Taiwán que regula las relaciones entre ambas naciones, y que muy bien repasa en este particular marco el análisis de Escenario Mundial.

Afortunadamente no hubo ningún nuevo asalto al Capitolio que escondiera el debate diplomático que encendió la frase del dirigente demócrata.

Factores domésticos a tener en cuenta para concluir: el capital político construido por la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, relecta hace un año con poco más del 57% de los votos, siendo una cuestionadora férrea de la política de reunificación china y posicionando a la autonomía taiwanesa como un hecho en los días que corren; de hecho el día de su mencionada victoria llamó a la República Popular China a examinar su posición sobre la isla, “afrontar la realidad” y dejó en clara su posición en torno al independentismo: “No tenemos por qué declararnos como un Estado independiente, y es que ya somos un país independiente, y así nos llamamos: la República de China, Taiwán” le detalló la lideresa a la BBC en un reportaje. 

Político y The Washington Post remarcaron el enojo desde el gobierno chino hacia los lazos y apoyos que está cosechando Ing-wen con las misiones diplomáticas de Estados Unidos y de la Unión Europea que han visitado Taipéi durante noviembre del 2021. Los primeros, deambularon Taiwán con el senador republicano John Cornyn a la cabeza, quién detalló: “La clave pasa por confiar en lo que China no tiene: nuestros amigos y nuestros aliados en la región”. La misión del a UE concluyó con un mensaje que se complementan a las apreciaciones del enviado estadounidense: “Vinimos acá con un mensaje muy claro: Taiwán no está solo. Europa los apoya en defensa de la libertad, de la ley y de la dignidad humana” enfatizó Raphaël Glucksmann, quien encabeza el Comité Especial de Interferencia Extranjera del parlamento europeo.

El escenario se agudiza si traemos a colación lo que Hérait identifica en su análisis sobre la posición del gobierno taiwanés para Le Monde Diplomatique: “El Partido Demócrata Progresista (al que pertenece la presidenta Tsai Ing-wen) ve a Estados Unidos como un aliado primordial para bloquear la presión china y encaminarse a la independencia, ampliamente apoyada por las jóvenes generaciones”.

Escrito por

De Zona Sur. Estudiante de Ciencia Política en la UBA, conductor de Contra Todo Pronóstico y bebedor de café negro.

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