9/11: 20 años de un vacío

El 11 de septiembre de 2001, dos aviones comerciales fueron secuestrados con el objetivo de derribar los dos edificios más icónicos de la ciudad de Nueva York: las Torres Gemelas. Este ataque terrorista también alcanzaría al Pentágono en la ciudad de Washington DC, sede del Ministerio de Defensa del gobierno estadounidense y al vuelo 93 de United Airlines que terminaría estrellándose en Shanksville, Pennsylvania producto de la intervención de los propios pasajeros. Sin embargo, el número de víctimas todavía sigue aumentando más allá de las casi tres mil personas que fallecieron ese día.

Ben Rhodes, asesor de seguridad nacional entre los años 2009 y 2017 durante la presidencia de Barack Obama, señala por ejemplo que “más de 7000 militares estadounidenses han muerto en Afganistán e Irak, más de 50 mil resultaron heridos en combate y más de 30 mil veteranos de los conflictos posteriores al 11-S se han quitado la vida”. Afganos e iraquíes inocentes también han fallecido como consecuencia de la guerra y se estima que más de 37 millones de personas se vieron desplazadas por los conflictos. La frialdad de los números muestra el extendido sufrimiento, mas no cuenta la historia de vida de los miles de afectados, sin importar credo o nacionalidad (Rodhes, 2021). 

A dos décadas de lo ocurrido, la retirada de tropas de los Estados Unidos desde el aeropuerto internacional de Kabul a finales de agosto y la reaparición con fuerza del Talibán en el poder sólo aportan más pruebas para discutir dos puntos claves. Por un lado, los errores cometidos en política doméstica a partir del 2001 y, por el otro, la adopción sin miramientos de la teoría realista en el contexto internacional, que parece más propia de la antigua Guerra Fría que de la lucha contra el terrorismo en pleno siglo XXI. 

Rebeca Lee, todavía hoy representante demócrata en el Congreso por el Estado de California, destacó recientemente los dichos del reverendo Nathan Baxter durante el homenaje a las víctimas en la Catedral Nacional, celebrado el 14 de septiembre de 2001: “Conforme actuamos, no dejes que nos volvamos el mal que condenamos” (Knappenberger, 2021). Con el diario del lunes, sus expresiones parecen premonitorias si nos ponemos a pensar en los derechos de las mujeres en Afganistán tras el fin de la guerra y el retorno a una interpretación estricta del Islam; recordamos las imágenes de desesperación por abandonar el país cuando los talibanes retomaron el control de Kabul hace algunas semanas; o nos detenemos en el ataque terrorista perpetrado por el Estado Islámico (ISIS-K) en uno de los accesos al aeropuerto.

Asimismo, la legisladora es la única entre sus colegas de la época que se opuso a otorgarle poderes de guerra discrecionales al presidente estadounidense, a través de lo que luego fue conocido como la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF, por sus siglas en inglés). Entre sus argumentos, Lee señala la necesidad de que un representante pueda en momentos así sobreponerse a las emociones de la tragedia para poder pensar de manera racional, de no poner en peligro a las tropas por siempre y destaca lo ambiguo del permiso extendido a la Casa Blanca (Knappenberger, 2021).

Desde entonces una lógica políticamente dañina se reprodujo, a pesar de la falta de preparación de Osama bin Laden para una acción militar inmediata tras los atentados (Lahoud, 2021) o incluso de su propia muerte en el año 2011, hasta revictimizar incontables veces a las personas afectadas aquel día. En definitiva, un nuevo aniversario trae consigo otra oportunidad para marcar un punto de inflexión y cierre a la era post 9/11, en que la visión del mundo de Estados Unidos se centró en el combate al terrorismo -que probó ser un enemigo muchas veces esquivo- y olvidó la relevancia de temas como “el cambio climático, las epidemias, la creciente desigualdad, la disrupción tecnológica o la influencia estadounidense (a nivel global)”.

Esa perspectiva por garantizar una seguridad imposible de alcanzar provocó daños dentro y fuera del país, desde las víctimas directas de los atentados hasta las niñas afganas que probablemente vean afectada su educación en los próximos tiempos, repitiendo la historia del último régimen talibán (1996-2001). Quizás sea hora de transformar el apoyo popular a la guerra de un principio en uno que permita reorientar recursos a temas nacionales más apremiantes a lo largo y ancho del territorio de los Estados Unidos y abandonar políticas de intervención/control que vuelven a poner el dedo en la llaga de las víctimas. Tal vez así la política exterior del gobierno de turno encuentre una alternativa para evitar las consecuencias del terrorismo y un nuevo enfoque a nivel doméstico permita comenzar a sanar, pero sin olvidar, el 9/11.

Escrito por

Licenciado en Ciencia Política (UBA) y Periodista. Intento que las herramientas a mi alcance sirvan para comunicar mejor lo político.

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