¡Hola!

La semana pasada fue la semana de la ONU. Pero antes de meternos con eso, vamos a dedicar unas líneas a las inundaciones en Bangkok, a la nueva fórmula que Seúl propone para negociar con Corea del Norte y a las maniobras políticas de Xi Jinping en casa. También cumplió años Google, por si les interesa.

En Nueva York, Javier Milei habló de Malvinas y del proyecto Sea Lion, reafirmó el alineamiento con Estados Unidos e Israel, criticó a Irán y a la expansión de los organismos internacionales, y defendió una inteligencia artificial con poca regulación estatal.

Otro tema importante que quedó afuera esta semana: siete grupos armados etíopes, algunos antiguos enemigos durante la guerra de Tigray, formaron una alianza para intentar derrocar al gobierno de Abiy Ahmed.

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Bangkok bajo el agua

Más de 330 milímetros de lluvia cayeron en algunas zonas de Bangkok entre el jueves y el domingo, desbordando canales y sistemas de drenaje. Las inundaciones afectaron a unas 52.000 viviendas y obligaron a cerca de 4.900 personas a trasladarse a refugios temporales. La capital tailandesa terminó declarando zona de desastre a sus 50 distritos mientras las autoridades intentaban acelerar el drenaje de la ciudad.

Corea del Sur cambia la fórmula

El presidente surcoreano, Lee Jae Myung, propuso a Estados Unidos aliviar sanciones contra Corea del Norte a cambio de que Pyongyang congele el desarrollo de nuevas armas nucleares y misiles intercontinentales. El planteo supone alejarse de la fórmula de “desnuclearización primero” para buscar un congelamiento inicial y construir desde ahí nuevas negociaciones. La propuesta llega mientras Corea del Norte sigue ampliando sus capacidades militares y acaba de probar un nuevo misil de corto alcance que podría incorporar un vehículo de planeo hipersónico.

Xi sanea sus Fuerzas Armadas

China expulsó del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas a Zhang Youxia y Liu Zhenli, dos de los principales miembros de la Comisión Militar Central. Zhang era vicepresidente de la comisión y durante años fue considerado uno de los aliados militares más cercanos a Xi Jinping, mientras que Liu encabezaba su Departamento de Estado Mayor Conjunto. Las acusaciones incluyen corrupción, indisciplina y, de forma menos habitual, deslealtad y formación de facciones. La sucesión de purgas dejó apenas dos miembros activos en una Comisión Militar Central que originalmente tenía siete, incluido el propio Xi.

En la mesa:

¿Qué preocupa a los países?

Una vez por año, la Asamblea General de Naciones Unidas ofrece un escenario común para que decenas de gobiernos hablen durante pocos días sobre qué consideran urgente. La edición de 2026 reunió a cerca de 130 líderes en Nueva York, aunque con ausencias importantes como Xi Jinping, que eligió viajar a Washington para reunirse con Donald Trump. Más que una agenda común, los primeros días dejaron una combinación bastante clara de prioridades dispares: varias de las grandes potencias hablaron sobre todo de las guerras en las que están involucradas, buena parte de África volvió sobre quién tiene poder dentro de las instituciones internacionales, los países más expuestos al cambio climático reclamaron financiamiento y adaptación, y la inteligencia artificial apareció como uno de los pocos temas nuevos capaces de atravesar regiones.

La guerra ocupó, previsiblemente, buena parte del escenario, pero principalmente para que varios de quienes participan en ella defendieran sus decisiones. Donald Trump utilizó su discurso para defender la intervención estadounidense contra Irán y amenazó con “aniquilar” a la República Islámica si no se alcanza un acuerdo. Un día después, el presidente iraní Masoud Pezeshkian respondió que su país no se rendirá, aunque dejó abierta la puerta a una salida diplomática. En paralelo, Teherán llegó a Nueva York ofreciendo reabrir el estrecho de Ormuz si Estados Unidos reduce la presión militar y levanta el bloqueo sobre sus puertos. Incluso mientras continúa la guerra, ambos gobiernos utilizaron la Asamblea para combinar amenazas con señales de negociación.

Benjamin Netanyahu llevó otra guerra al mismo escenario. El primer ministro israelí defendió las operaciones de su país en Gaza frente a una sala parcialmente vacía después de que representantes de numerosos países abandonaran el recinto al comenzar su discurso. Más allá de las posiciones sobre cada conflicto, aparece una característica común: la Asamblea funciona también como el lugar donde los gobiernos intentan legitimar ante el resto del mundo el uso de la fuerza que ya están ejerciendo.

Para muchos países que no cuentan con ese peso militar, la discusión fue otra: quién tiene capacidad de decisión. Botswana reclamó una reforma del Consejo de Seguridad y señaló que un organismo sin representación permanente de África ni América Latina difícilmente refleje la distribución actual del poder. Kenya mantiene la posición africana de reclamar al menos dos puestos permanentes y cinco no permanentes para el continente. Incluso Paraguay, desde América Latina, cuestionó que una organización de casi doscientos miembros dependa para sus principales decisiones de seguridad de un Consejo diseñado hace ocho décadas. La reforma de Naciones Unidas aparece así menos como una discusión burocrática que como una disputa sobre representación.

Para los pequeños Estados insulares, en cambio, la urgencia es mucho más física. Tuvalu llegó a la semana de alto nivel insistiendo en que el aumento del nivel del mar ya está contaminando reservas de agua, dañando infraestructura y amenazando territorios. El clima convive así en la misma Asamblea con guerras que ocupan buena parte de la atención diplomática, pero para algunos gobiernos no es una amenaza futura, sino el principal problema de seguridad nacional.

Y después está la inteligencia artificial. António Guterres la ubicó junto con la guerra, la desigualdad y el clima entre los cuatro grandes desafíos de su último discurso ante la Asamblea y reclamó mecanismos internacionales de supervisión. Varios gobiernos hablaron de seguridad, desigualdad de acceso y reglas comunes. Javier Milei defendió un enfoque diferente: cuestionó que el miedo a la tecnología justifique mayor control estatal, afirmó que Argentina buscará competir en toda la cadena de valor de la IA y dijo compartir la visión de Trump sobre su desarrollo. En el mismo discurso volvió sobre Malvinas como ejemplo de una resolución que Naciones Unidas no consiguió traducir en resultados y reafirmó el alineamiento argentino con Estados Unidos e Israel.

Después de una semana de discursos, quizás la coincidencia más clara sea precisamente el desacuerdo. Las guerras, la reforma institucional, el clima y la inteligencia artificial aparecen una y otra vez, pero no significan lo mismo para todos. Estados Unidos e Irán utilizaron la Asamblea tanto para defender sus respectivas posiciones en la guerra como para dejar abiertas posibilidades de negociación. Para buena parte de África, es una estructura donde todavía falta conseguir mayor capacidad de decisión. Para Tuvalu, es uno de los pocos lugares donde convertir una amenaza territorial en un problema internacional. Y alrededor de la IA recién empieza a definirse una discusión que probablemente acompañe a muchas Asambleas futuras: no si la tecnología va a avanzar, sino quién va a decidir bajo qué reglas.

¡Hasta la próxima!

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