En la noche del domingo 25 de octubre, el actual presidente de Brasil logró un hito impensado en la historia electoral reciente del país: revertir en el balotaje un resultado adverso en primera vuelta. Luiz Inácio Lula da Silva se impuso ante Flávio Bolsonaro por 3,58 puntos porcentuales. Apenas tres semanas antes, Bolsonaro había obtenido el 47,03 % de los votos frente al 45,16 % de Lula, una ventaja que parecía difícil de revertir. En una elección que parecía perdida, Lula demostró toda su fuerza política al sumar más de diez millones de votos respecto de la primera vuelta.

La impresionante capacidad de movilización de Lula coincidió con una reducción considerable del ausentismo: del 21,08 % en la primera vuelta al 19,22 % en el balotaje, una diferencia de 1,86 puntos porcentuales. Aunque no todos los nuevos votantes pueden atribuirse a la campaña oficialista, el presidente brasileño logró ampliar considerablemente su caudal electoral. Una de las iniciativas más visibles fue el «Ejército de Lula», un canal de WhatsApp impulsado por el diputado André Janones que llegó a reunir a más de diez millones de seguidores durante la campaña. Este resultado también puede interpretarse a partir del liderazgo de Lula y su capacidad para capitalizar el miedo y la frustración que genera la familia Bolsonaro en gran parte del electorado brasileño. En este sentido, se podría afirmar que Lula se convirtió en un líder político capaz de vencer a su tiempo; una época en la que el avance de la extrema derecha parecía inevitable en América Latina. En vez de corroborar esa hipótesis, el balotaje en Brasil puso en evidencia los límites de la estrategia de campaña del bolsonarismo.

Sin embargo, la correlación de fuerzas que se vislumbra entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo durante su cuarto mandato augura un enorme desafío de gobernabilidad para Lula da Silva. Los resultados de la primera vuelta muestran un fuerte avance del bolsonarismo en el Parlamento, sobre todo en el Senado. El Partido Liberal contará con 121 diputados y 29 senadores, las bancadas más numerosas de ambas cámaras, aunque sin mayoría propia. A Lula le espera entonces un Congreso adverso, con sectores dispuestos a impulsar las propuestas de campaña de Bolsonaro, sobre todo en lo que concierne a los pedidos de juicio político contra ministros del Supremo Tribunal Federal. La victoria presidencial, por lo tanto, no se traduce automáticamente en una correlación de fuerzas favorable para gobernar.

Ni el presidente de la Argentina ni el de Estados Unidos felicitaron a Lula por su victoria. A esto se sumó la salida de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos a través de territorio argentino, pese a las restricciones que le había impuesto la Justicia brasileña. El vocero del Gobierno argentino llegó a presentar el episodio como un rescate frente a una supuesta persecución política. Según fuentes diplomáticas brasileñas, Brasil pidió explicaciones a la representación argentina por lo ocurrido, aunque la Cancillería argentina negó haber recibido ese pedido. El episodio constituye otro hecho que contribuye a la erosión de las relaciones entre Argentina y Brasil, un socio estratégico con el que la República Argentina mantiene fuertes vínculos políticos y económicos desde hace más de cuatro décadas.

Las elecciones en Brasil son tan solo una muestra de un posible futuro electoral que ya se vuelve presente en distintos países de América Latina: una primera vuelta polarizada, con dos candidatos que avanzan al balotaje aunque susciten un gran rechazo en sectores importantes de la población y varios candidatos que se ubican muy por detrás, sin superar el umbral del 5 %. La segunda vuelta puede presentar una mayor incertidumbre y dejar, como en el caso de Lula, a un ganador que no controla el Congreso. Estos comicios sirven para cuestionar la idea de un avance inevitable de las extremas derechas en la región, aunque la derrota de Bolsonaro no suponga su desaparición como fuerza política. La negativa inicial de Flávio Bolsonaro a reconocer el triunfo de Lula y sus denuncias de «fraude» sin pruebas recuerdan la estrategia de desconocimiento de los resultados que llevó adelante su padre tras la derrota de 2022, antes del intento de golpe de Estado por el que fue condenado. Lula logró imponerse una vez más, pero tendrá que gobernar un país donde el bolsonarismo conserva una parte considerable del poder político.

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