Cada cuatro años, el Mundial de Fútbol consigue algo que parece imposible: detener, aunque sea por un instante, la rutina, las preocupaciones y las diferencias. Millones de argentinos vuelven a ilusionarse con la Selección Nacional y con la posibilidad de sumar una cuarta estrella. Las calles se llenan de banderas, los horarios se reorganizan en función de los partidos y el país entero parece latir al ritmo de una pelota.
No es casualidad. El fútbol ocupa un lugar privilegiado en la identidad argentina. Como expresó Diego Armando Maradona, «La camiseta de la Selección Argentina es la cosa más linda que hay». Esa frase resume un sentimiento que atraviesa generaciones y explica por qué, incluso en los momentos más difíciles, el deporte logra reunir a personas con ideas, realidades y experiencias muy diferentes.
La conquista de la tercera Copa del Mundo en Qatar 2022 fue mucho más que un logro deportivo: se convirtió en un acontecimiento social. Durante aquellos días quedaron en segundo plano las discusiones políticas, la inflación, la incertidumbre económica y las preocupaciones y asuntos de la pandemia. La imagen de millones de personas celebrando en las calles reflejó a un país unido por una misma emoción.
Sin embargo, la Argentina que hoy acompaña a la Selección es muy distinta de la que festejó en diciembre de 2022. Entre un Mundial y otro cambió el gobierno, se modificaron numerosas políticas públicas y también se transformó el contexto económico y social que atraviesan millones de ciudadanos.
Desde la asunción del presidente Javier Milei, en diciembre de 2023, comenzó un profundo proceso de reorganización del Estado basado en la reducción del gasto público, la desregulación económica y la reestructuración de organismos nacionales. Entre las principales reformas aprobadas por el Congreso se destacan la Ley Bases y el Paquete de Medidas Fiscales, consideradas por el oficialismo como herramientas centrales para impulsar su programa económico.
En ese marco, el Gobierno redujo la cantidad de ministerios nacionales. Organismos como los ministerios de Mujeres, Géneros y Diversidad; Ciencia, Tecnología e Innovación; Cultura; Ambiente y Desarrollo Sostenible; y Turismo y Deportes fueron eliminados o absorbidos por otras áreas como parte de la reorganización administrativa iniciada con el Decreto de Necesidad y Urgencia N.º 70/2023 y posteriormente consolidada mediante la Ley Bases. Asimismo, se avanzó en la disolución, fusión o transformación de diversos organismos descentralizados, entre ellos el INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), la AFIP, reemplazada por la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA), la agencia estatal de noticias Télam, el Ente Nacional de Obras Hídricas de Saneamiento (ENOHSA), así como distintos institutos y organismos vinculados a las áreas de cultura, derechos humanos, agricultura, infraestructura y administración pública. Además, el Ejecutivo impulsó la reducción de estructuras administrativas, la eliminación de secretarías y subsecretarías, la fusión de organismos con funciones superpuestas y una disminución significativa del empleo público como parte de su política de reforma y racionalización del Estado.
Las modificaciones también alcanzaron distintas políticas públicas. Durante los dos primeros años de gestión, el Congreso Nacional aprobó 57 leyes. Entre las normas de mayor impacto institucional y económico se destacan la Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos (Ley N.º 27.742) y la Ley de Medidas Fiscales Paliativas y Relevantes (Ley N.º 27.743), que introdujeron reformas en materia administrativa, laboral, tributaria, energética, de inversiones y de reorganización del Estado. Asimismo, se sancionaron otras normas relevantes, como la Ley de Juicio en Ausencia, la denominada Ley de Inocencia Fiscal y diversas reformas en materia penal, tributaria y administrativa impulsadas por el Poder Ejecutivo.
Durante ese mismo período también se registraron distintos vetos presidenciales sobre leyes aprobadas por el Congreso, entre ellos los referidos al aumento extraordinario para jubilaciones, la moratoria previsional, la Ley de Financiamiento Universitario, la emergencia en discapacidad, la emergencia pediátrica, la asistencia extraordinaria para Bahía Blanca tras las inundaciones y la modificación del régimen de distribución de los Aportes del Tesoro Nacional. En algunos casos, el Congreso insistió con la sanción de las normas, lo que dio lugar a nuevos debates institucionales sobre su implementación y financiamiento. Estas diferencias entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo derivaron en diversas presentaciones judiciales y planteos de constitucionalidad, muchos de los cuales permanecieron durante un tiempo sin resolución definitiva por parte de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, reflejando tanto la complejidad jurídica de las reformas como los tiempos propios del control judicial (Honorable Congreso de la Nación Argentina, 2026; Infoleg, 2026).
En materia de política exterior, el Gobierno adoptó un giro hacia un mayor alineamiento con Estados Unidos e Israel y una menor participación en algunos espacios multilaterales. Entre las principales decisiones se encuentran el anuncio del retiro de Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la decisión de no incorporarse al grupo BRICS, pese a que el ingreso había sido aprobado por sus miembros en 2023, y la renuncia a postular al país para integrar el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, organismo del que Argentina había formado parte en distintas oportunidades. Asimismo, el Gobierno modificó su posición en diversas votaciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, votando en contra o absteniéndose en resoluciones vinculadas con derechos humanos, igualdad de género, desarrollo sostenible y cooperación internacional, posiciones que marcaron un cambio respecto de la política exterior sostenida durante las últimas décadas.
Mientras tanto, millones de argentinos experimentaron un fuerte incremento en el costo de vida. Los aumentos en las tarifas de electricidad, gas, transporte público, medicamentos y otros servicios esenciales impactaron directamente en la economía de los hogares. Aunque los indicadores oficiales muestran una desaceleración de la inflación respecto de los niveles registrados en 2023, la pérdida del poder adquisitivo continúa siendo una de las principales preocupaciones sociales (Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC], 2025).
En este contexto, el Mundial vuelve a convertirse en un refugio emocional y, para muchos, en un antídoto frente a las preocupaciones cotidianas. Sin embargo, cuando el último partido termina y la euforia se desvanece, surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre con la realidad que quedó en pausa?
La pasión por la Selección no debería impedir mirar el presente. El fútbol emociona, une y constituye una parte esencial de la identidad cultural argentina. Pero ningún campeonato puede reemplazar los debates que nuestra democracia necesita sostener ni las transformaciones que la sociedad demanda.
Quizás la verdadera ilusión que necesita la Argentina no sea únicamente conquistar una cuarta Copa del Mundo. Tal vez el desafío más importante consista en recuperar la esperanza de vivir en un país donde la solidaridad y el sentido de comunidad que emergen durante un Mundial también formen parte de la vida cotidiana. Un país en el que la emoción colectiva no solo se exprese en un gol, sino también en la construcción de consensos, en el fortalecimiento de las instituciones y en la búsqueda de mejores condiciones de vida para todos.
Más allá de las diferencias políticas, este artículo no pretende defender una ideología ni cuestionar la pasión por el fútbol. Su propósito es invitar a una reflexión: preguntarnos cómo ha cambiado la sociedad argentina desde aquel inolvidable 2022 y qué futuro desea construir. Porque una nueva estrella en el escudo podrá volver a llenar las calles de alegría, pero difícilmente resuelva, por sí sola, los desafíos estructurales que atraviesa el país.
Quizás la pregunta que debería permanecer cuando los estadios se vacíen y los festejos terminen no sea si Argentina conquistará una cuarta estrella, sino qué país queremos encontrar cuando volvamos a la vida cotidiana. Si somos capaces de transformar la pasión, la solidaridad y el compromiso que despierta un Mundial en la misma energía para fortalecer nuestras instituciones, exigir mejores políticas públicas y construir una sociedad más justa y participativa, entonces el mayor triunfo no estará únicamente en una copa levantada cada cuatro años, sino en una democracia que logre despertar ese mismo entusiasmo todos los días. Ese, probablemente, sea el campeonato más difícil de ganar y, al mismo tiempo, el más importante.




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