El poder de la Fe

Este artículo fue escrito en conjunto con Sebastián D'agrosa Okita

Este artículo es la entrega introductoria de una pequeña saga que indagará sobre dos claves del devenir político de Sudamérica para el 2022. Los episodios subsiguientes profundizarán sobre la influencia que tendrá la religión, más precisamente el evangelio, en las elecciones presidenciales de los dos países más poblados del continente: Colombia y Brasil.

El mapa de América Latina se encuentra atravesado, desde hace un par de décadas, por el cambio de rol de la religión en la conformación del poder político: de la injerencia externa a la participación directa. Poco a poco, sus implicancias se vieron reflejadas de forma nítida en la llegada al poder de diversos candidatos que se han consagrado como jefes de estado en sus respectivos países. Entre ellos se destacan Donald Trump (Estados Unidos), Jair Bolsonaro (Brasil), Jimmy Morales (Guatemala) e incluso el gobierno de facto de Jeanine Añez (Bolivia). Ello sin omitir que en las capas medias de la esfera política, tales como gobiernos locales o carteras ministeriales, hayan tenido concesiones para el ejercicio del poder por parte de integrantes de las cúpulas religiosas.

En primer lugar, al pensar el rol del poder religioso en la política, es posible mencionar el latente entrecruce entre el credo religioso y la sensibilidad para extender su ámbito de influencia. Este entrecruzamiento adquiere mayor interés si se trae a colación la discusión de gran difusión en torno a que la secularización podría ser (o no) capaz de anular los intercambios entre el mundo de la religión y la política.

Sin lugar a dudas, el nuevo milenio tuvo a la Iglesia enfrentando un sostenido proceso de secularización que, junto con el impulso que tomaron otras formas de religión cristiana y movimientos pentecostales, se tradujo en una significativa pérdida de fieles. No obstante, hubo una tendencia peculiar: muchos laicos y sacerdotes se involucraron en diversos movimientos afines a los gobiernos progresistas e incluso en otros espacios, contribuyendo a los procesos de repolitización y participación social que se reabrieron en el nuevo milenio en Latinoamérica.

En este sentido, se podría decir que el fenómeno religioso ha trascendido a las urnas, en tanto se ha convertido en una dimensión que moviliza una considerable parte de la sociedad al interior de cada país. No obstante, sí se debe discernir entre los rasgos distintivos de las corrientes religiosas, su decisión de participar activa y abiertamente en la política. Al respecto, se puede decir que a lo largo de los años, el evangelismo adoptó para sí una presencia mayor respecto del catolicismo en la arena electoral, a tono con su carácter protestante.

Ahora bien, para ambas formas de aproximación, lo cierto es que devinieron en un socio de poder en el proceso de toma de decisiones. A su vez, este proceso también trajo consigo la promoción de políticas afines a la iglesia y a los valores que defienden, lo que sustenta la polémica entre el arco político y la sociedad. De esta manera, se debe mantener la atención en el volumen de influencia que ejercen hacia la dirigencia política para traducir sus ideales en políticas de Estado.

Lo mencionado tiene raíz en el hecho de que, con los años de ruedo en la arena sociopolítica, han aprendido a permear el mundo de los partidos políticos y, con ello, adecuar su comunicación, al tiempo que no vacilan en alinearse con alguna figura que pueda pertenecer a la izquierda o a la derecha del espectro ideológico. Lo que podría significar que se conjugaron, por un lado, ciertas singularidades en las candidaturas, pero, por otro lado y quizás con mayor trascendencia, la capacidad de presión a los partidos políticos tradicionales. Esto sucede desde el capital que han sabido acumular y movilizar: fieles que se transforman en votos. 

Empero, la mayoría de casos demuestra que su doctrina, sus valores y su ferviente proclamación discursiva los situó más cerca de los sectores conservadores, como así también lo reflejó el contenido de sus plataformas políticas. De ello se desprende su “agenda moral”, cuyos pilares son el rechazo absoluto al reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y a toda iniciativa que permita despenalizar el aborto.

En ese marco, se fueron dando instancias de negociación en las que se puso sobre la mesa la permanencia en el poder de ciertas figuras políticas a cambio de la provisión de numerosos espacios para los cuales los actores evangélicos dispondrían de margen para tomar decisiones.

Al respecto, la primera consideración es que, tanto los evangelistas como otras vertientes religiosas que se desarrollan por fuera del cristianismo tradicional tienen una gran amplitud de miembros a lo largo de Latinoamérica. También es menester aclarar que el fenómeno al cual nos remitimos en el presente artículo, el evangelismo, es considerablemente diverso como para delimitarlo siquiera conceptualmente. En ese sentido, en América Latina, entre el siglo XIX y el siglo XX tuvo lugar un péndulo en lo que a la religión refiere, marcado por olas de marcado crecimiento y momentos más tenues de fervor religioso.

Por otra parte, es importante rescatar lo sostenido por el politólogo Sebastián D’agrosa Okita en su artículo sobre la geopolítica de las religiones. Allí, se refiere a la conjunción de la teología y la política como condición de posibilidad para allanar una nueva variable explicativa del comportamiento electoral. Precisamente, en la región sobre la cual nos estamos enfocando, el sur global, surgió un concepto interesante para comprender el accionar humano. Esta es la “teología de la prosperidad”, que versa esencialmente sobre un viraje en el discurso religioso tradicional. Para ello, saca provecho en la búsqueda de popularidad entre los estamentos bajos y medios de la sociedad, bajo el pretexto de que el éxito está sujeto a Dios.

A colación de haber mencionado la “teología de la prosperidad”, no se puede omitir mencionar que América Latina ha sido (y particularmente Brasil) nicho del estadío previo, que se conoció como “teología de la liberación”. Su perspectiva anidada en la década del 60’, cargada de efervescencia regional, dio en la tecla de la acción colectiva y generó la popularización de la fe. Tal es así que hubo quienes llegaron a considerarla como una desviación de la doctrina católica.

Pero, el encastre entre las elites evangélicas y conservadurismo político a partir del pasaje a la “teología de la prosperidad” fue determinante para poder ganar terreno sosteniendo convicciones de mutuo entendimiento. Una estrategia que hasta hace algunos años se pensaba estrictamente en partidos políticos tradicionales viene dando un salto hacia nuevas y modernas agrupaciones políticas. Estamos entonces ante una nueva discusión sobre el discreto pero punzante lugar del movimiento neopentecostal en el terreno político.

La diversidad religiosa e ideológica hace difícil asimilar un patrón idéntico. No obstante, hay otras variables que permiten cuantificar su alcance, tanto regional como global. Ello incluye su influencia centralmente en África y América Latina, pero también hay otros países donde han calado con cierta profundidad (Filipinas, Corea del Sur, entre otros). Ello trajo consigo, por supuesto, figuras conservadoras al espacio público e incluso al ejercicio de cargos públicos.

Retomando el plano estrictamente sociopolítico, el siglo XXI trajo muchos cambios y avances en materia social apuntalados desde el progresismo, sobre todo, en la región occidental. Tanto en sus expresiones de izquierda como de derecha, estas transformaciones son vistas como necesarios avances para una sociedad más justa, igualitaria y moderna. Sin embargo, persisten muchas visiones que se oponen a estos cambios, ya sea por motivos sociales, económicos o culturales, y es en este campo en donde la religión puede hacerse fuerte como referente.

Ahora bien, suponiendo que progresismo y religión son opuestos, se encuentra un paradigma que puede expresarse desde un ejemplo argentino: Esta encuesta del Conicet sobre las religiones del país en 2019 muestra que la franja etaria más numerosa del evangelio (y la más pequeña del catolicismo) está entre los 18 y 29 años. ¿En esta religión los jóvenes encuentran balance entre ideales juveniles y la fe en una edad propia de rebeliones contra el conservadurismo?

Las razones del crecimiento latinoamericano del evangelio, además de las desarrolladas teologías de la liberación y la prosperidad, se traslucen en la adaptabilidad de esta religión a las nuevas tecnologías y otras maneras de expresar la fe. Contrariamente a las tranquilas misas, las iglesias evangélicas llaman la atención por sus efusivos pastores y variantes musicales, acercándose de manera directa a los jóvenes. Por ejemplo, ésta página lo escenifica: Bienvenidos a GodTube.

En tierras sudamericanas, Colombia se encuentra a las puertas de un posible primer gobierno progresista en la historia, con influencia evangelista dentro de la coalición. Mientras que Brasil vive el auge de la polarización, donde el voto evangelico fue clave en 2018 hacia una opción conservadora, ¿Puede serlo nuevamente en un PT coalicionista con el progresismo? Estos serán los tópicos de los próximos capítulos. Los esperamos para continuar la saga.

Bonus Track

Para continuar la saga de artículos y para profundizar sobre el crecimiento y peso del evangelio en la política, recomendamos la serie de Netflix El Reino. Esta producción argentina escenifica de una manera clara como a la postre la fe puede mover montañas y, también, urnas.

Escrito por

Casi Planificador Comunicacional y Profesor en Comunicación Social por la UNLP. Especializándome en Marketing y Comunicación Política. Fanático del mapamundi.

2 comentarios sobre “El poder de la Fe

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