“Pero si somos un país rico…”: La maldición de los recursos naturales

Es común escuchar que Argentina es un país lleno de recursos naturales. Para muchos resulta inaceptable que un territorio que parece tenerlo todo, caiga una y otra vez en profundas crisis macroeconómicas. ¿Qué tanto tienen de realidad estas afirmaciones? ¿por qué países sin prácticamente ningún recurso natural como Suiza tienen economías estables? ¿y por qué Venezuela con sus reservas de petróleo transita una crisis humanitaria sin precedentes?

Un informe del Banco Mundial titulado The Changing Wealth of Nations y publicado en 2018, se propuso medir el “capital natural” de los países. Este indicador tiene en cuenta las tierras aptas para la agricultura, los bosques madereros, recursos energéticos, minerales y áreas protegidas. De este informe se desprende que Argentina tiene un capital natural de US$ 16.185 por habitante. Para ponerlo en perspectiva, se encuentra por debajo de Chile (US$ 55.113), Brasil (US$ 36.978), Uruguay (US$ 22.001), Paraguay (US$ 21.358) y Bolivia (US$ 17.527). Es decir, Argentina posee menos capital natural que todos sus vecinos. 1 

Países como Alemania, Francia, Italia y Japón, por ejemplo, tienen valores inferiores a los de Argentina. Dinamarca, China y Finlandia poseen cifras similares. Mientras que Estados Unidos y Canadá tienen valores superiores (US$ 23.624 y US$ 54.438 respectivamente). Qatar es el líder del ranking, con US$ 660.305. 

Con números y países en situaciones tan diferentes, parecería que el problema no pasa por la cantidad de recursos, sino por el nivel de dependencia que cada nación desarrolla sobre ellos. Los países exportadores de materia prima que concentran factores de producción en el sector primario, descuidando la industria y los servicios, pierden diversificación en su economía, haciéndola más vulnerable a crisis externas e internas. Es así como Suiza, con su notable sector terciario, logra sobrellevar contextos mundiales desfavorables y es incluso visto como un refugio para los inversores en épocas de crisis. Lo contrario sucede con Venezuela, su economía sujeta al precio del petróleo es altamente volátil.

Existe una teoría económica que hace referencia a esta problemática:

“La maldición de los recursos” o “paradoja de la abundancia”, sostiene que los países con mayores recursos naturales (especialmente minerales y combustibles) son también aquellos que tienen menor crecimiento y desarrollo.

El descubrimiento de un recurso natural en abundancia puede ser realmente una maldición para un país que no está preparado. Por ejemplo, el ingreso excesivo de divisas por ese recurso puede generar una apreciación del tipo de cambio, lo que disminuye la competitividad de otras exportaciones (fenómeno conocido como “El mal holandés”). Además, estos ingresos excesivos pueden ser desviados y generar corrupción en países con instituciones débiles y líderes irresponsables. 

“El mal holandés” es un término que surge en la década de 1960, cuando se descubrieron grandes yacimientos de gas en los Países Bajos. Las inversiones comenzaron a llover y el ingreso de divisas generó una apreciación de la moneda holandesa, quitando competitividad a las demás exportaciones y poniendo en aprietos a las actividades no relacionadas con el petróleo. Mucho se habló de este fenómeno durante el ‘boom’ de los commodities de los años 2000, cuando los países en desarrollo experimentaron un importante ingreso de divisas por sus exportaciones. 

Un país que centra su economía en la exportación de materias primas está atado a los vaivenes de sus precios en el mercado internacional.

Un nombre más propicio para la paradoja quizás sería “La maldición de no saber qué hacer con los recursos”, el desafío está en usar los ingresos de estos recursos para mejorar la capacidad productiva del país y desarrollar otros sectores de la economía. El gran obstáculo es la falta de visión a futuro y la falta de políticas de Estado que abarquen estas cuestiones. 

Más allá de que Argentina no posee la cantidad de recursos que muchos creen, es cierto que sus condiciones climáticas y territoriales son excepcionales y sus oportunidades innumerables. Estas oportunidades deben aprovecharse de manera inteligente. Por ejemplo, vender un grano tal cual fue cosechado deja pocas ganancias. Transformar ese grano en una alimento empaquetado y listo para comer tiene un mayor valor exportable y no está atado al precio internacional del grano que se usó para producirlo. Se requiere educación, innovación, ciencia y tecnología, para producir bienes atractivos y con mayor valor agregado. Ahí está la clave, exportar únicamente las materias primas deja a los países productores con pocas ganancias, que están sujetas a los precios que define el mercado internacional.

Esta dependencia de precios fluctuantes tampoco permite tomar medidas y realizar cálculos a largo plazo. La idea de que Vaca Muerta podría convertirse en la “salvación” de Argentina ahora se ve cuestionada con la baja del precio del petróleo a causa del Coronavirus. Muchos productores del sector agroindustrial, el más competitivo del país y generador de dólares genuinos, tienen resultados negativos por esta baja del precio de los commodities. Para un país que no puede fijar el precio de los bienes que exporta, el contexto internacional influye y mucho.

“Cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado a nada”

Charly García. 

Mientras tanto, los servicios basados en el conocimiento, como el software y la publicidad, por su valor agregado resisten a la crisis e incluso algunos se benefician de esta. Son el tercer sector exportador de Argentina y configuran un importante ingreso de divisas, que requiere de una inversión en educación, ciencia e innovación para mantenerse. 3

El ex presidente de la Universidad Nacional de Singapur, Tan Chorh Chuan, dijo en una entrevista “Para nosotros, la educación es una cuestión de supervivencia. Singapur no tiene recursos naturales, de manera que no podemos sobrevivir si no explotamos nuestro potencial humano”.2 Es cierto, el capital natural de Singapur tiene la ínfima cifra de US$ 56 y, sin embargo, es uno de los países más prósperos del mundo. Es el tercer país con mayor PBI per cápita del mundo, y está en los primeros puestos internacionales de educación, sanidad, transparencia política y competitividad económica.

Entonces, ¿Cómo producir bienes de mayor valor? ¿Cómo dejar de estar sujetos a los movimientos del mercado internacional y a deudas impagables?

Mantener una visión realista sobre las capacidades del país es uno de los desafíos. Argentina, alimentada en parte por la falsa percepción de su cantidad de recursos naturales, sobreestima su riqueza. Esto ha conducido una y otra vez a endeudamientos que no se corresponden con la capacidad de pago del país. 

En la era del conocimiento, donde el desarrollo viene dado por la ciencia, la tecnología y la innovación, es imperante que haya una inversión considerable en estos campos. Este es el camino al crecimiento y no es fácil ni rápido, por eso requiere de dirigentes responsables con políticas de Estado transversales a todos los gobiernos. Es difícil  hacer propaganda política con una inversión cuyos resultados se ven a largo plazo. Por eso el compromiso con la educación no debe ser la prioridad de un gobierno, sino la de todos ellos.

Empresas como MercadoLibre y Despegar.com son claros ejemplos del potencial de Argentina en materia de servicios basados en el conocimiento. Crear las condiciones para que otras empresas como estas puedan ver la luz es un tema fundamental, y no debe verse eclipsado por el momento político o económico. 

La ciencia y la tecnología son el elemento clave de los productos del siglo veintiuno, y esto no comprende solo celulares, aplicaciones y páginas web. Argentina, con la inversión suficiente, puede llevar más tecnología a los campos y generar valor a través de temas en los que tiene tanta experiencia y renombre como la agricultura y la ganadería. El recurso más importante en los tiempos que corren es el conocimiento y el capital más valioso es el humano. Integrar estos factores tanto al sector primario para mejorar el uso de nuestros recursos naturales, como así también a la industria y a los servicios, es un arduo proceso, pero necesario para el crecimiento de un país. 

No existe la maldición de los recursos naturales, pero si la maldita costumbre de depender excesivamente de ellos. La pandemia dejó en claro las consecuencias de esta dependencia una vez más. Pensar que poseer recursos es suficiente para salvar a Argentina de sus recurrentes crisis, sólo ayudará a profundizarlas. En un mundo donde la única constante parece ser la incertidumbre, la ventaja la tienen aquellos países enfocados en la creación de conocimiento, que requiere de inversión, tiempo y esfuerzo.

Referencias

1. The World Bank Group (2018). The Changing Wealth of Nations 2018. Washington, USA: World Bank Publications.

2. Oppenheimer, Andrés (2010). Basta de historias. Buenos Aires, Argentina: Editorial Sudamericana S.A.

3. “Los servicios basados en conocimiento son el tercer rubro de exportación en Argentina”. Argencon. Recuperado de: http://www.argencon.org/

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