¿Qué pedirle al 8M?

En 1975 la Organización de Naciones Unidas institucionalizó el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, con el objetivo de universalizar distintas prácticas conmemorativas que venían desarrollándose en diferentes puntos del globo bajo el nombre “Día de la Mujer Trabajadora”.  

Dos años más tarde, vio la luz la resolución 32/142 de Asamblea General, titulada “Participación de la mujer en el fortalecimiento de la paz y la seguridad internacionales y en la lucha contra el colonialismo, el racismo, la discriminación racial, la agresión y la ocupación extranjeras, y todas las formas de dominación extranjera”. La misma invitó a los Estados miembros, de acuerdo a sus tradiciones históricas y costumbres nacionales, a proclamar un día del año como Día de las  Naciones Unidas para los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional. La justificación de la decisión se basó en que la participación activa de la mujer, su igualdad y promoción eran fundamentales para conseguir una paz estable, progreso social, un nuevo orden económico internacional y el pleno disfrute de los Derechos Humanos y las libertades fundamentales.

Es así que el intento de dar homenaje al sujeto “mujer” en abstracto se topó con la historia y las luchas sociales. Ellas la reclamaban como protagonista en cuanto parte de las relaciones sociales, y como eje fundamental de un cambio necesario y urgente de las mismas. En otras palabras, el 8M no conmemora a una “mujer” por el mero hecho de serlo, sino por su conexión con el mundo que la rodea; o en su defecto, por ser algo más que una mujer -ser una “mujer trabajadora”, “mujer luchadora”, “mujer decolonial”-.

Lejos de ser una discusión semántica o de mera nominación, la cuestión de la “mujer” y el 8 de Marzo es un debate social abierto:

¿A quién está dirigido el 8 M?¿Qué se conmemora el 8 de marzo?¿Para qué?¿Cuál es el futuro del 8M?

¿Qué es ser una mujer?¿Quién es una mujer?

Nuestra sociedad se rige por binarismos: lo bello en oposición a lo feo, lo positivo en oposición a lo negativo, lo blanco en oposición a lo negro; y el varón en oposición a la mujer.

Este último par tiene como criterio divisor al sexo, que clasifica a los seres humanos en 2 grupos diferenciados: masculino o femenino. Pertenecer a uno u otro dependerá estrictamente de los gametos que produzca el cuerpo (espermatozoides y óvulos respectivamente); y de manera ampliada, de ciertas características físicas que reflejan las funciones que cumplirá cada humano en la persecución de la reproducción.

A cada persona recién nacida se le adjudica un rol que se considera adecuado para su sexo. Es decir, se le asignan comportamientos, actividades y atributos que se consideran apropiados según el sexo de la persona. Este paso por el cual componentes biológicos determinan el rol social del ser humano se conoce como relación sexo-género.

Sin embargo, esta relación es contingente: No hay lazos indisociables ni exclusivos entre sexo y género. Muchas mujeres no producen óvulos, y sin embargo, se identifican, han sido socializadas y viven como mujeres. Muchas mujeres no tienen caderas anchas ni pecho prominente, y existen como mujeres. Muchas mujeres tienen vello facial, espaldas anchas, músculos fuertes y actúan como mujeres. Muchas mujeres trabajan en construcción, juegan al fútbol, son el sostén económico del hogar y siguen sintiéndose mujeres. 

Ser mujer es una forma de identificarse, de socializar, de vivir, de existir, de actuar, de sentir en el mundo. 

“Mujer” es un concepto relacional, y que por tanto, sólo puede entenderse por oposición a otros conceptos. Lo que constituye a una mujer cambia constantemente, y no puede ser determinado por la biología. En un período de 100 años hechos cotidianos como asistir a la escuela, usar pantalones, tener un oficio, recibir un salario, administrar bienes, votar y ejercer cargos públicos dejaron de ser propios del rol masculino para considerarse “apropiados” o al menos “aceptables” para ambos.

Consecuentemente también ha cambiado qué significa ser “varón”, qué se espera de ellos y cómo viven el espacio y tiempo. Los tiempos actuales proponen nuevas formas de masculinidad, diversas e inclusivas, que rompen los duros mandatos impuestos sobre los cuerpos masculinos.

Estas transformaciones permiten pensar nuevas formas de relación entre los géneros, menos estrictas e impuestas desde fuera. Nuevas formas de ser mujer y ser varón permiten nuevos futuros posibles, un mayor involucramiento con el mundo que deseamos tener, más libertad para los sujetos y contextos menos opresivos.

En adición, muchas personas viven de maneras que no pueden ser encasilladas dentro de lo propio de una “mujer” o de un “varón”. Alrededor del 1,5% de la población mundial nace inter-sexual, es decir, con características físico-genitales que no cumplen al 100% los parámetros de lo que se considera masculino o femenino. A su vez, hay personas con sexo definido que no se sienten conformes con el género asignado al nacimiento, ya sea porque quieren transicionar a otro o porque no se sienten cómodxs dentro de un género en específico. Estas personas que proponen salir de las dicotomías construidas, que cohíben su forma de existencia y no les permiten identificarse como lxs sujetxs que sienten ser.

Con todo esto en cuenta, preguntas que parecían simples en realidad tienen múltiples y complejas respuestas. Qué es una mujer y quién es una mujer son interrogantes con respuestas en constante construcción.

¿El día de quién y para qué?

Como expone la introducción, el Día Internacional de la Mujer nació ignorando el bagaje de las conmemoraciones y homenajes precedentes. Alrededor del mundo, se conmemoraban tragedias sufridas por mujeres trabajadoras, como forma de reconocer las luchas que las habían unido, para hacer escuchar sus demandas y lograr el cambio social. La figura de la “mujer trabajadora” fue el centro de los homenajes durante la primera mitad del Siglo XX.

A finales de los 70’, como bien refleja la resolución 32/142 de la ONU, el foco pasó al rol de la mujer como pieza clave de pacificación luego o durante los procesos de descolonización posteriores a la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en gran parte de África y Asia. La mujer era reconocida como sujeto de resistencia frente a un colonizador material o discursivo racista, machista y eurocentrista.

Ya en el Siglo XXI, se crea ONU Mujeres en 2011, cuyo nombre oficial es Entidad de la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer. El organismo se ha encargado de dar lemas que subrayan las labores y distintos desafíos que enfrentan las mujeres. El propuesto para este 2020 es “Soy de la Generación Igualdad: Por los derechos de las mujeres”, en conmemoración del 25º aniversario de la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, la hoja de ruta de la organización para lograr el empoderamiento de las mujeres y las niñas. Las protagonistas son las mujeres y niñas “líderes y activistas en favor de la igualdad de género, defensoras de los derechos de la mujer y visionarias”.

Estos cambios no son aleatorios. El día de la mujer tiene distintas destinatarias, no sólo en función de las demandas -laborales, emancipatorias, etc-, sino de los discursos sociales prevalentes. A comienzos del Siglo pasado, las mujeres eran indispensables para el sostenimiento de la maquinaria bélica y los focos productivos de las sociedades industriales. En los 70’, debían asegurar la pacificación de un mundo revolucionado por la creación de nuevos Estados que se enfrentaban a las viejas fuerzas occidentales. En un mundo de capitalismo pos-industrial, las mujeres deben ser visionarias, líderes y constructoras de futuro.

No obstante, las mujeres no han sido meras marionetas del sistema, sino que han articulado sus propias demandas en favor de sus intereses y en contra del lugar que la sociedad les asigna. Ellas han trabajado incansablemente para superar pésimas condiciones laborales; reconstruir sus hogares arrasados y proteger sus cuerpos totalmente expuestos a la devastación material y humana y por construir un mundo donde ser mujer no sea sinónimo de desventaja.

El futuro del 8M: De Día Internacional de la Mujer a Vida Internacional de las Mujeres

Todo esto pone al descubierto una transformación total del concepto “mujer”. Sin embargo, institucionalmente se le sigue siendo representado de manera individual y total: una mujer, una sola, en su condición ontológica de mujer, que representa diferentes perspectivas, vivencias, desafíos y momentos históricos

Pero las mujeres no existen en el vacío ni son todas iguales. La fuerza se encuentra en la heterogeneidad de formas de ser mujer; en las diversas relaciones entre mujeres, entre mujeres y varones, entre quienes no son ni una ni el otro; en el enorme abanico de demandas; en los interminables debates siempre en reconfiguración; en la construcción de mil mañanas alternativos.

El verdadero sujeto político del 8M no es “la mujer” sino “las mujeres”; que posibilita la existencia de otras formas de masculinidad e identidades no-binarixs y nuevas formas de interacción y reconfiguración. Lo poderoso de los movimientos de mujeres es su capacidad de articular perspectivas, demandas y vivencias bajo un paraguas de justicia y esperanza.

Del día Internacional de la Mujer a la Vida Internacional de las Mujeres hay una lucha colectiva de distancia.

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