Catolicismo y política: no son asuntos separados

Dedicado a todxs lxs creyentes que sufrieron ostracismo eclesiástico por su género, orientación sexual y convicciones políticas. A Enrique Angelelli, a las feministas católicas, a la comunidad LGBTI+, a lxs descartadxs. A quienes nos amigan con la teologìa, como el profesor Franco Aguirre, pero sobre todo a Carlos J. Asselborn quien inspiró este artículo al ponerle rostro humano y militancia al Mensaje.

La relación religión católica-política se encuentra en momentos de rupturas y reconfiguraciones, especialmente en América Latina.

Aunque la región sigue siendo la que congrega a la mayor cantidad de creyentes católicos del mundo, en los últimos 60 años el porcentaje de personas que se identifican como católicas disminuyó más de un 30%. A la par, ha crecido notablemente la población evangélica y de otras religiones que apuestan a una exégesis más “severa y literal” del texto religioso; junto con el número de personas que no practican ninguna religión, o al menos se encuentran en una posición de sospecha frente a la existencia de Divinidades.

La historia no está exenta de momentos donde la estructura eclesiástica se vio ante la necesidad de replantearse su relación con sus “propios” y “otros”. Entre las más representativas se encuentra el Concilio Vaticano II, que se llevó a cabo entre 1963 y 1965, con el fin de re-pensar la relación de la Iglesia con sus creyentes y el Mensaje. En él, se presentaron 2 propuestas mayoritarias:

  • Un proyecto apoyado por las delegaciones europeas, apostaba por abrir la Iglesia a la modernidad poniéndola a dialogar con la Ciencia y la Academia.
  • Otro, de corte latinoamericano, pretendía instalar una nueva clave hermenéutica para leer las escrituras, que daba por resultado un Mensaje no moralizante y una Iglesia pobre para pobres.

El primero fue el abrazado por la entidad. Optar por él implicó institucionalizar la creencia de que la Iglesia tuvo en el pasado una óptica “correcta” frente a los problemas sociales, y que los fieles se habían alejado porque en algún punto esa mirada se “desvió”.

Lejos de ser neutral, estas decisiones tienen una inmensa carga política. En primer lugar, negaron nuevamente a Latinoamérica como interlocutor válido del discurso católico y lo reafirmaron como un mero cuenco receptor. En segundo, petrificaron aún más las duras jerarquías institucionales de la Iglesia, donde los “intermediarios” europeos del Padre parecían tener privilegios no sólo sociales, sino eclesiásticos -y los latinoamericanos debían amoldarse a sus dichos para sobrevivir dentro de la estructura-. En tercero, aniquilaron la posibilidad de una conversación real con las ciencias, puesto que las sociales pueden otorgar claves de lectura para leer las “señales de los tiempos” que Dios envía a lo largo de la historia.

Así, la Iglesia despojó a la Teología y a sí misma de su potencial emancipatorio: frente a un mundo que parecía cada vez más difícil de leerse, optó por sacralizar y petrificar los ritos y dogmas que ayudaron a sostener un status quo injusto. La Iglesia se transformó en lo absoluto, y la convivencia humana en lo relativo.

Esta postura se ejercitó plenamente en la posición política que tomaron las cúpulas eclesiásticas en las dictaduras militares del continente. En su ambivalencia, re-afirmaban a la Fe como un acto personal, a la vez que apoyaban regímenes crueles alegando que se era necesario enderezar una moral que iba contra el Mensaje de Cristo.

De esta manera, la institución no sólo se alejó de sus fieles y fue perdiendo propósito, sino que aportó a cimentar la idea de que la religión y la política debían normativamente permanecer en esferas separadas: militantes partidarios, instituciones estatales, agrupaciones de la sociedad civil organizada y sujetxs particulares exigieron y exigen a la Iglesia Católica y a sus adeptos (y simpatizantes del catolicismo en general) que recluyan sus creencias al ámbito privado cada vez que toman partido en una disputa política.

Esto se constituye no son sólo como un banco de arena a nivel político, sino que aportan a continuar reproduciendo relaciones de dominación.

Por un lado, porque ser religioso es mucho más que seguir ritos y alabar divinidades. Pertenecer a una religión es también asumir sus valores como propios, sus maneras de interactuar con el mundo y su consideración sobre qué es o no un futuro deseable a construir.

Y por otro, porque siguen relegando y ocultando la importante labor que realizan grupos como los Curas Villeros, lxs Teólogxs de la Liberación, Teólogas feministas entre tantos otros; que son menospreciadxs no sólo dentro de los círculos eclesiásticos sino por la sociedad en general.

Pero si no se le puede pedir una retirada, ¿qué deben lxs creyentes y no creyentes latinoamericanxs demandarle a la Iglesia Católica?

Se le debe exigir una nueva clave hermenéutica para leer las escrituras. Autores como David Roldán, Juan Luis Segundo y Franz Hinklammert  proponen nuevas formas de diálogo, donde las ciencias sociales interpelan constantemente a la producción teológica para la construcción de órdenes justos. Nuevas formas de leer los libros, parábolas y personajes de la Biblia permiten nuevas interpretaciones y accionares para los sujetos políticos católicos. En palabras de Hinklammert, hay que preguntarle al Evangelio con lo que se creen son las premisas con las que el Evangelio fue proclamado.

Pero, y sobre todo, debe exigirse que la Iglesia se alinee con el núcleo del Mensaje de Jesús: la Iglesia existe en cuanto y en tanto para devolverle la dignidad a lxs pobres, y la única forma de hacerlo, es logrando que no haya ningunx. De esta forma, el Reino no es de los no-pecadores, sino de lxs pobres, lxs excluídxs, lxs descartadxs. La Iglesia se vuelve un actor alterno, enfrentado al poder: no sólo no es neutral, sino que está del lado de lxs vencidxs.

En disputas políticas donde la Iglesia, su congregación, y los católicos en general tomen parte -sea la legalización del aborto, la toma de poder en Bolivia, u otros temas claves para el subcontinente- no hay que pedir que se dejen las convicciones religiosas en el ámbito privado, sino exigirles que interpreten la historia. Unx verdaderx cristianx no es un sujeto pasivo, sino uno activo y comprometido con sus pares y su tiempo.

En este contexto, los seres humanos y nuestras relaciones se volverían en valor absoluto, y los sacramentos y demás dogmas eclesiáticos se tornarían herramientas con valor relativo para cumplir con el propósito de crear un mundo de relaciones sociales justas.

El desafío es construir una Iglesia latinoamericana abierta a los problemas contemporáneos, pero sobre todo, una Iglesia que no sirva al poder sino a los descartados.

Aunque muchos discursos progresistas contemporáneos quieran a la Iglesia puertas adentro, su lugar es en la calle. Lo que hay que discutir es por qué parece quedar en la vereda equivocada tantas veces.

“El Reino no puede establecerse de manera estable y profunda si el pueblo no aprende a interpretar su voluntad para saber qué dice su Palabra y seguir su Plan” – Juan Luis Segundo.

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