Este domingo Brasil vuelve a las urnas para definir la Presidencia en el balotaje quizá más disputado e impredecible de este siglo. Lula da Silva busca su cuarto mandato frente a Flávio Bolsonaro, que busca devolver a su familia a la Presidencia. En el medio, las apuestas, la religión y la relación con Estados Unidos. Aunque algunos de los últimos sondeos le dan una leve ventaja a Bolsonaro, la diferencia se mantiene dentro del margen de error y aún no se vislumbra un ganador claro.
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro se impuso sobre Lula por casi dos puntos porcentuales en la primera vuelta electoral, pero ninguno alcanzó la mayoría necesaria para evitar el balotaje. La campaña electoral estuvo marcada por la polarización y la desinformación. Las redes sociales también ocuparon un lugar central en el debate público: en septiembre, Meta suspendió temporalmente la cuenta publicitaria de Lula en Facebook. Durante octubre se registraron nuevas restricciones a la promoción de sus publicaciones en Instagram, que, según estimaciones de su campaña, impidieron que 1,3 millones de personas vieran sus anuncios. Aunque Meta atribuyó los incidentes a problemas técnicos, el Tribunal Superior Electoral abrió una investigación para determinar si existió un trato desigual entre las candidaturas.
En paralelo, el presidente Lula prohibió las apuestas deportivas y los juegos online mediante una medida provisional. Esta decisión buscaba proteger a las familias del endeudamiento generado por las apuestas. Sin embargo, varios de los principales clubes de fútbol de la liga brasileña, que recibían importantes ingresos por patrocinios de estas empresas, se mostraron contrarios a la medida y lo hicieron saber en el campo de juego: Flamengo, Fluminense y São Paulo exhibieron en sus camisetas el mensaje «Prohibir no es proteger» en el espacio antes reservado a sus patrocinadores de apuestas.
Asimismo, estas elecciones cobraron un cariz particular al presentar una polarización en términos religiosos. En las últimas décadas, la presencia de iglesias neopentecostales en Brasil y su influencia sobre el electorado han dado origen a una nueva fuerza política vinculada con el evangelismo, en un país que sigue contando con la mayor cantidad de católicos del mundo. El discurso de estas iglesias tiende a ser más individualista, en contraste con la visión comunitaria que propone y pregona la Iglesia católica. En esta oportunidad, la polarización religiosa adquirió un carácter ideológico: Lula concentra mayor apoyo entre los católicos, mientras que los evangélicos se inclinan mayoritariamente por Bolsonaro.
Otro factor importante para analizar estas elecciones es la política exterior de Brasil y su relación con Estados Unidos. Mientras el gobierno de Donald Trump busca imponer la llamada «doctrina Donroe» en el hemisferio occidental, Lula defiende una política exterior centrada en el Sur Global y las potencias medias. Flávio Bolsonaro, por su parte, propone estrechar los vínculos con Washington.
El domingo 25 de octubre todos los escenarios son posibles: tanto Bolsonaro como Lula tienen altas chances de acceder a la Presidencia. Si el actual presidente de Brasil consigue la victoria, enfrentará un escenario de fragmentación política, con un Senado de mayoría de derecha y una fuerte presencia bolsonarista, lo que podría ocasionar problemas de gobernabilidad. Si gana Bolsonaro, probablemente se reavivarán las dudas sobre el compromiso democrático del bolsonarismo, sobre todo después del asalto a las sedes de los tres poderes protagonizado por seguidores de su padre en enero de 2023 y la posterior condena de Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado.
En definitiva, los resultados de estas elecciones podrían marcar un parteaguas para la política regional, que se debate entre la «ola azul», protagonizada por candidatos de derecha, y una visión más cercana al Sur Global y a las ideas de la «marea rosa», que tuvo su apogeo a principios del siglo XXI.




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