Durante la Copa Mundial de Fútbol, celebrada entre junio y julio de este año, una ola de mensajes contra la Selección Argentina puso en cuestión debates que parecían ya saldados en nuestra sociedad. La política exterior del actual gobierno se presenta como un factor de peso a la hora de pensar en la imagen que la Argentina quiere mostrar al mundo. Cuando la Argentina ganó el Mundial de Fútbol de Qatar 2022, parecía atravesar uno de sus mejores momentos en términos de imagen internacional y soft power. El mundo miraba con admiración a nuestro país: en Bangladesh, cientos de miles de personas salían a las calles con la bandera argentina, mientras que jóvenes surcoreanos compraban indumentaria de la Selección para estar a la moda.
En el Mundial de 2026, sin embargo, la percepción internacional sobre nuestro país parece haber cambiado considerablemente. Usuarios de distintas partes del mundo denunciaron en redes sociales que la Argentina era un ejemplo paradigmático de racismo y xenofobia. De más está decir que estos comentarios, difundidos en buena medida por usuarios estadounidenses, terminan por reducir y simplificar la identidad argentina, la de un país que demostró ser un ejemplo de integración para muchos migrantes y sus descendientes. Asimismo, la expresión “campaña antiargentina” resulta problemática, en tanto remite directamente a las acusaciones esgrimidas por la última dictadura militar contra las organizaciones de derechos humanos que denunciaban las violaciones cometidas por el régimen.
Esto no implica desconocer que nuestro país tiene una deuda importante con las comunidades indígenas que habitan su territorio, a menudo desplazadas del imaginario nacional argentino. También persisten distintas formas de discriminación contra los migrantes de países vecinos, quienes muchas veces experimentan situaciones de xenofobia en sus lugares de trabajo.
Pero, más allá de la desproporción de considerar a la Argentina “el país más racista del mundo”, es importante comprender cómo la política exterior implementada por el actual gobierno contribuyó a desarrollar una imagen del país afín a la llamada Internacional Reaccionaria, liderada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu. El discurso del presidente en el Foro de Davos de 2025, en el que asoció a las personas pertenecientes a la comunidad LGBTQ+ con la pedofilia, o su alianza acrítica e incondicional con Donald Trump son ejemplos de ello. Este último contribuyó a erosionar el orden internacional basado en reglas en el que la Argentina siempre creyó.
La forma en la que Javier Milei se presentó ante la opinión pública internacional, ignorando los valores que la Argentina siempre defendió, provocó el rechazo de muchas personas alrededor del mundo que, en otro contexto, hubieran apoyado a la Argentina en el Mundial. Además, las fotos del embajador argentino en Israel, Axel Wahnish, alentando a la Selección junto al ministro extremista Bezalel Smotrich, o las declaraciones de Netanyahu deseando que la Argentina se coronara campeona justamente por su simpatía hacia Milei, desataron la indignación de una parte de la comunidad internacional, que empezó a rechazar de forma rotunda a la Argentina y a su selección de fútbol. Recordemos que sobre Netanyahu pesa una orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional, que lo acusa de crímenes de guerra y de lesa humanidad. La Argentina es Estado parte del Estatuto de Roma, tratado que dio origen a la Corte Penal Internacional, y tiene la obligación legal de detener a Netanyahu en caso de que ingrese al país.
Por supuesto, sería muy injusto igualar a toda la población argentina con el gobierno de Milei, pero la forma en que este se presenta ante el mundo influye en la imagen que el concierto de naciones tendrá de nuestro país. Ejercer una política exterior responsable es fundamental para asegurar la confianza de la comunidad internacional hacia la Argentina. Una política exterior irresponsable solo generará rechazo por parte del resto de los países.




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