A la hora de pensar en países exitosos en términos de calidad de vida, solidez democrática y calidad institucional, los países nórdicos se encuentran siempre en los primeros puestos. En especial Dinamarca, una monarquía constitucional con una tradición milenaria, se abrió paso a la democracia gracias al impulso de medidas reformistas que permitieron al Reino de Dinamarca construir un Estado de bienestar sumamente eficiente.
En 1848, cuando Europa se vio convulsionada por el estallido de revoluciones a lo largo de todo el continente, Dinamarca no fue la excepción. A diferencia de otros casos donde la exigencia de reformas y apertura democrática fue desoída por las monarquías autoritarias que gobernaban los países europeos en ese entonces, el caso danés fue un éxito.
A mediados del siglo XIX, las tensiones entre la burguesía y la monarquía absoluta en Dinamarca alcanzaron su punto máximo. Para evitar un derramamiento de sangre, el Rey Federico VII accedió a los reclamos ciudadanos que pedían mayores libertades y derechos políticos. De esta forma, el Reino de Dinamarca se convirtió en una democracia constitucional donde el Parlamento tenía ahora la potestad de limitar el poder del rey. Estás reformas fueron incluídas en la Constitución del 5 de junio de 1849.
Este espíritu reformista se volvió a observar medio siglo después, con el estallido de la Revolución Rusa. En un contexto marcado por la Primera Guerra Mundial y la escisión de los partidos socialistas y comunistas europeos, la izquierda escandinava logró poner en práctica sus reformas políticas y sociales dentro de una democracia liberal.
La instauración del voto femenino, así como las tensiones sociales que se cristalizaron durante la Gran Guerra, permitieron al Partido Socialdemócrata de Dinamarca ganar poder y lograr formar un gobierno. Durante los duros años de la posguerra, el gobierno danés implementó una serie de medidas destinadas a paliar los efectos del conflicto y avanzar hacia un Estado de bienestar. Fue así como nació la socialdemocracia en los países nórdicos, se construyó un ejemplo socialista de éxito que basó su eficacia en un espíritu reformista del Estado. Aunque en la actualidad esté modelo parece estar en crisis -en las elecciones del pasado 24 de marzo el Partido Socialdemócrata perdió una gran cantidad de escaños- es innegable la influencia del socialismo danés en muchas experiencias similares en Europa.
Desde el Partido Socialista Obrero español hasta el Partido Socialdemócrata de Alemania, muchos partidos socialistas europeos se inspiraron en el caso danés para lograr reformas de éxito en los años 60. Con una gran inversión en educación y salud, así como una fuerte presión impositiva, la socialdemocracia en Dinamarca logró construir un Estado fuerte y eficiente, basado en la solidaridad colectiva y la importancia de la comunidad por sobre el individuo.





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