Qué custodia se va a armar

Allá afuera, a diario, miles regresan en el tiempo a la noche del jueves primero de septiembre, al momento de que, en la hora de la cena, la televisión, algún mensaje de WhatsApp o el apilamiento de contenido en una red social, les advirtió que un sujeto había intentado matar a la expresidenta y actual vice, Cristina Fernández de Kirchner. En los tiempos en dónde podemos amurallar nuestro itinerario 2.0 al calor de algoritmos, silenciamientos y bloqueos, un evento de características mayúsculas que hubiera atravesado y modificado irreversiblemente el mapa nacional, salpicando para todos los rincones de la ciudadanía, hace que quede desnuda la fragilidad de la normalidad argentina.

Esa normalidad que día a día advertimos como imperfecta y desgastante, pero que hubiera mutado a proporciones terroríficas si acribillaban a la principal líder política a nivel nacional frente a las cámaras de TV transmitiendo en vivo.

Haber accedido a esta línea de tiempo en dónde los disparos jamás impactaron en CFK y esta siguió saludando a afines en su domicilio de dominio popular en el barrio porteño de Recoleta nos coloca en una posición de privilegio: tenemos que resolver cuestiones de envergadura sumamente seria, pero de peso pluma en comparación a la ira y el desconcierto que un magnicidio de esa escala y registrado en directo hubiera impuesto en nuestra hoja de ruta como país.

En este eje, una cuestión para reflexionar sobre la pérdida de inocencia colectiva al ritmo de gatillazos: siendo un movimiento que hace oda de la horizontalidad en actos populares, el abrazo cuerpo a cuerpo con sus militantes y el derribo de vallas no solo si estas son colocadas por un dirigente opositor, sino también para burlarlas y enroscarse con la muchedumbre, ¿qué hace entonces el peronismo con lo que el atentado hizo con él?

Parte I: Unidos o Regalados

El culto al líder y la jerarquización en su organigrama dónde la cúspide se aleja y la muchedumbre por debajo suyo se confunde y se torna dependiente in extremis de la cima ha sido algo achacado al peronismo desde butacas académicas, opositoras e incluso como “autocrítica” al momento de las tensiones y las internas. En la noche del jueves, sin embargo, esa supuesta devoción pareció brillar por su ausencia, y ello pudo confirmarse a partir de lo difundido por el periodista Diego Genoud en La Política Online, en un artículo a 48 horas del intento de magnicidio en aquella velada Cristina Fernández de Kirchner estaba “regalada”.

El día después del hecho, el diario Página 12 difundió un artículo que describe que, jornadas previas al intento de asesinato, el presidente Alberto Fernández le había manifestado su preocupación a CFK por estar “al tanto de dos detenciones por amenazas a partir de investigaciones realizadas por el área de Cibercrimen de la Policía Federal”, que incluían fotografías de ambos funcionarios ingresando o dejando sus residencias. El 25 de agosto, una semana exacta antes de que Fernando Sabag Montiel intentara matar a la vicepresidenta, la noticia de que el presidente había recibido amenazas de muerte estaba en todos los portales del país.

Es normal imaginar ante este cuadro una acentuación de la vigilancia e inteligencia alrededor de los dos principales referentes de la coalición oficialista. Pero ese es un escenario que en los hechos jamás existió, y es lo que deja en claro el mencionado Genoud en sus líneas tecleadas al son de una plaza llena en defensa de la democracia y que oscilaba entre la preocupación por lo acontecido y la calma de que Cristina siguiera con vida.

Puntos clave en dónde Genoud detalla cómo CFK estaba librada a su suerte en aquella noche (casi) fatídica en Recoleta: Diego Carbone, quien encabeza la custodia de la VP, estaba de licencia durante esa jornada (“¿Alguien sabía que Carbone no iba a estar en la puerta del departamento de Recoleta?” se pregunta el periodista). No hubo plan de contención ni de salida de la situación: a segundos de casi ser ultimada, Cristina continuó firmando libros como si nada. El autor aporta un último dato que explica esta ausencia de reacción, haciendo hincapié en que la custodia entró en consciencia de la dimensión de lo sucedido casi media hora después de que Sabag Montiel gatillara en las narices de Cristina Fernández de Kirchner. Quienes velaban por la vida de la vice entraron en conocimiento del hecho casi en simultáneo que nosotros, NNs del otro lado de la pantalla ultimando una milanesa con ensalada cuando el video del intento de magnicidio empezaba a fluir por nuestros chats.

Sabag Montiel fue reducido por Federico García. Este último no es miembro de la custodia presidencial ni tampoco policía. Es un concejal del Frente de Todos perteneciente al municipio Presidente Perón. «Logré llegar, tomarlo del cuello y sacarlo del lugar. Lo llevamos a la vuelta y se lo entregué a la Policía Federal» expresó en una entrevista a la CNN. El héroe improvisado enciende las dudas de si en los Concejos Deliberantes de la provincia de Buenos Aires enseñan mejores técnicas de respuesta ante potenciales magnicidas que en las instituciones de formación de los custodios presidenciales.

Mientras el ambiente se envolvía con el cántico “Si la tocan a Cristina…”, la custodia descubrió tarde una ofensiva mientras aún acomodaba las medias. El peronismo recibe, entonces, una invitación obligada a repensar la materia de seguridad en su horizontalidad con las masas.

Parte II: La pérdida de la inocencia

Al momento de asumir en la Selección en el año 2007, Alfio Basile exclamó su filosofía al momento de abordar un grupo de trabajo: “Es bueno juntarse, comer y bañarse juntos, hacerse chistes”. Algo de eso hay en el gen peronista al momento de relacionarse. En la heterogeneidad de sus capas y dirigencias a lo largo de décadas, el peronismo puede descubrir transversalmente a la proximidad y el cuerpo a cuerpo de sus referentes como un valor innegociable. Es Ítalo Lúder extraviando un zapato entre la muchedumbre en el cierre de campaña de 1983. Es la caravana de Carlos Menem merodeando barrios y esquinas por doquier para el 89’. Es Néstor Kirchner saltando una valla para abrazar a la multitud y comerse de paso un lentazo de una cámara de fotos que le dejó una cicatriz en la frente el mismo día de su asunción, en 2003. Incluso Alberto Fernández, con su gestión enmarcada en su génesis por la pandemia, la cuarentena y el distanciamiento, llegó manejando su propio automóvil para asumir funciones en 2019.

Al menos por fuera de los quehaceres confidenciales de la Inteligencia, difícilmente una mayoría considerable analizó esas actitudes de “mezclarse” como escenas potables para el magnicidio. Eso es algo que sucede en otros países, hasta por poco el pasado jueves. Que algo cambia a partir de ahora en el dispositivo de seguridad gubernamental no hay dudas. ¿Cuánto cambiará en la superficie, en los actos y en el día a día, para los miembros del gobierno? ¿Cómo discriminarán el grado de protección para el presidente y la vice y para el gabinete? A favor del gobierno, cabe decir que esto tomó lugar en un momento de unidad altísima en el Frente de Todos, en el encolumnamiento detrás de la vicepresidenta ante las denuncias de persecución política a través del “partido judicial” en el marco de la llamada Causa Vialidad.

En los días posteriores al intento de asesinato, Santos Vargas, afilado analista de coyuntura política y otras yerbas en Instagram, ¿bromeaba? con el hecho de que lo único que nos separaba de una auténtica anarquía nacional era que haya fallado un revólver manipulado por un desconocido habitué en los márgenes ideológicos de la sociedad. Pedro Saborido reflexionó de lo sucedido en una entrevista con el periodista Adrián Murano. “Estamos en un momento de oscuridad absoluta, y la oscuridad es un momento dónde todo puede ser”. Cuando se posó sobre Sabag Montiel, el guionista profundizaba: “Es una síntesis también. Una síntesis de toda la mierda que se dice, de todas las frustraciones, de todas las cargas, de todas las noticias, de todos los comentarios, de todas las boludeces que se hablan. De pronto aparece sintetizado en algo, que interpreta que tenía que hacer eso. Y no sabemos por qué”.

No daba la sensación de que Saborido abone necesariamente a la cada vez más elastizada concepción de los “discursos de odio”, sino de que Sabag Montiel es un desprendimiento, un caso extremo, de una marea que existe y que desconocemos o elegimos desconocer, pero con las cuales compartimos vagones de subtes y mesas aledañas en bares, que está allí.

Tomas Rebord, host del cada vez más viralizado MAGA en Nacional Rock, ironizó en la primera transmisión posterior al atentado con que ese peronismo al cual se le achaca desde el gorilaje ser agresivo y carente de escrúpulos, llenó una plaza a horas del intento de asesinato de su líder política, en dónde se realizaron cánticos, proliferaron las selfies, se vendieron choripanes, alfajores y bebidas y la principal oradora fue la presidenta de la Asociación Argentina de Actores. Parece entonces haber una necesidad de colectivizar el alivio y rebajar la angustia antes de entender cómo se continúa.

El peronismo camina nuevamente en una normalidad, concibiendo que su principal referente quedó desprotegida en el instante dónde todo pudo haberse resquebrajado irreversiblemente. Antes que cualquier “cruzada” contra el “odio”, jugada con altos riesgos de hundirse en el palabrerío y en lo abstracto, deberá ordenar el frente interno en materia de seguridad e incorporar dicha materia al momento de movilizarse, al menos hasta que el ambiente se calme, si eso sucede.

Dicho esto, es complicado imaginar cómo el oficialismo de repente podrá cimentar una campaña de concientización mediática, política y social en tiempo récord, con un intento de magnicidio como puntapié de la misma. Menos cuando una considerable parte de la oposición, imprescindible para un pacto de esta escala, ha optado por mirar a otro lado. Nobleza obliga, además, rifar intensidad de la cohesión en un debate de, por ejemplo, la ley de medios, no parece cotizar en alto para el Frente de Todos. Y respecto al eventual manual de sanciones para fake news y agravios mediáticos, se corre riesgo de que el oficialismo repita su libreto, advertir, especular, balbucear y recular. Vicentín, el debate por la soberanía de las vías navegables o la ampliación de la Corte Suprema son modelos de este tipo de accionar.

El atentado a CFK desnudó la fragilidad del sistema tal como lo concebimos, y el posteriori a ello está dejando al descubierto de que aún con las imágenes de la pistola gatillando a la vice sin cumplir una semana, puede que nada cambie demasiado a nivel social y político, no en vano Iván Schargrodsky tituló “Todo sigue igual” a su primer newsletter tras el hecho.

Da la impresión de que una porción importante de responsabilidad sobre qué quedará colectivamente de lo sucedido recaerá en la marea anónima, que deberá rápidamente deshabitar la angustia y apostar a activar el intercambio en charlas café de por medio, entre cubículos o en grupos de WhatsApp, sobre por qué no da lo mismo repudiar o ignorar, comprender o desentenderse o lo crítico de lo acrítico. Los comentarios sobre el intento de asesinato caminan entre grupos universitarios, after offices y cenas familiares. Tocará hablar y descubrir el hilo que une a las inconsistencias políticas, las fragilidades sociales y las insuficiencias institucionales con nuestro lugar en la mesa, y qué hacemos ante ello.

Este accionar no cura a la Argentina de sus males, pero regatea la tentación a resignarse. Menos cuando de la nada y al borde del abismo nos cayó una segunda oportunidad que es esencial no desaprovechar. Si concientizar es el primer punto de esto, el objetivo final es tan concreto como imprescindible: que esto no vuelva a suceder jamás.

Escrito por

De Zona Sur. Estudiante de Ciencia Política en la UBA, conductor de Contra Todo Pronóstico y bebedor de café negro.

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