Alberto, el tecnócrata

Aproximándose las elecciones legislativas de este año, se hace momento para ponderar los retos a los que el peronismo se enfrenta si desea conservar sus posiciones en el Congreso, mejorarlas o en su defecto, no perderlas ni ante la oposición ni a posibles fracturas internas (esta última, una posibilidad que cuya posibilidad aumenta conforme avanza la gestión). La interna peronista no alivia ni con la renegociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, ni con tener a Argentina de los primeros países en iniciar el proceso de vacunación, y ahora además, produciendo nacionalmente la vacuna Sputnik VIDA, tampoco con lograr la legalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo ni avanzar en la reforma judicial, entre otros logros que se le pueden atribuir a la actual gestión.Por otro lado en el seno peronista se ven desde una Alicia Castro que renuncia a su puesto como Embajadora ante Rusia en protesta por la actual política exterior Argentina respecto a Venezuela, a un Guillermo Moreno cada vez más crítico a la nostalgia alfonsinista de Alberto Fernández, hasta un Juan Grabois, que se desencanta con el liderazgo de este y pide uno “más fuerte”, la crítica dentro del bloque peronista recrudece.

Lo más probable es que las críticas no aminoren, no mientras no parezca haber un alivio en la situación económica por lo menos. En el segundo semestre del 2020, el índice de pobreza del INDEC aumentó al 42%, junto al de Indigencia que aumentó al 10,5%. Esto se suma a una inflación acumulada desde enero hasta abril del 17,6%, y la tensa situación respecto al precio de las carnes, el asado para abril habría tenido en un año un aumento del 95%, mientras la nalga y el cuadril aumentaron alrededor del 75% En una reciente edición de OffTheRecord, Ivan Schargrodsky señalaba cómo “el 78% de la población considera que la situación económica actual es negativa y un 65% es pesimista respecto al futuro del país. Un 54% no aseguró llegar a fin de mes y un 57% identificó el precio de alimentos como el aumento de precios que más lo afecta”. Y son sentimientos generalizados como estos dan sostén a una crítica bastante particular y relevante, la del Secretario General de la Central de Trabajadores de la Argentina Autónoma, Pablo Micheli, quien a comienzos del año acusó al gobierno de estarse volviendo tibio ante las presiones de la clase alta, no realizando los cambios económicos necesarios y, por tanto, pareciese que “el gobierno necesita más Cristina y menos Albertismo”. 

Era tendencia durante la campaña presidencial del 2019 observar a los sectores contrarios al peronismo y a los no-kirchneristas dentro de este, acusar al Presidente Alberto Fernández de ser un títere de su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, seguramente una aseveración que en el presente alguno habrá de repetir aún, y sin embargo, dentro de las muchas ramas del peronismo pareciese pensarse todo lo contrario: Alberto no solo no es titere de Cristina, sino que es algo muy distinto, tan distinto que a algunos no a todos agrada ni convence. ¿Qué significa más Cristina y menos Alberto? y ¿qué significa Albertismo, que no se puede entender como Cristinismo? Serán las preguntas a cuyo intento de respuesta este artículo acudirá de la mano de una lectura de la reciente obra de María Esperanza Casullo, “¿Por qué funciona el Populismo?”, con su propuesta analítica del populismo como un género discursivo. Casullo (2019: 53-54) conceptualiza al populismo como “un movimiento en el que confluye un líder y un pueblo movilizado detrás de un discurso que divide el campo político en un ‘nosotros’ popular y una élite mediante la enunciación de un mito político que hace referencia a un daño hacia el pueblo por parte de una élite”.

Es así que el populismo acaba entendido como un género discursivo que está formalmente vacío y, por lo tanto, sirve de molde para casi cualquier contenido político. Es un discurso performativo, es decir, con la capacidad de generar efectos de verdad sobre la realidad, y además cuenta con una estructura mítica que construye su relato alrededor de un héroe dual, el pueblo y su líder, un villano dual, el enemigo externo y el traidor interno, y que moviliza a los primeros contra los segundos en búsqueda de remedio a un daño hecho por este contra aquel (ídem, 2019).

Sin embargo, este no es el único tipo de discurso existente, sino que existe en oposición a un segundo discurso, el tecnocrático, con el que forma dos límites de un mismo continuum. Este segundo tipo de liderazgo y discurso “hablará en términos de procesos históricos, abundará en cifras y utilizará un tono más pausado y profesoral” (ídem, 2019, p. 67): se sustenta así en datos, mantiene un tono más impersonal y suele afirmar que su objetivo es el de hallar el bien común general. Vale aclarar que no existen discursos tecnocráticos y populistas puros, de ahí que se presente este continuum donde los liderazgos pueden ser identificados por su grado de populismo/tecnocracia, según cuan radicalizado (y populista) o moderado (tecnocrático) sea (ídem, 2019, p. 119).

Con tales pautas en mente, se puede identificar los caracteres populistas del discurso kirchnerista, un populismo menos moderado que el que llegaron a tener presidentes como Fernando Lugo en Paraguay, y mucho menos radicalizado que el de Hugo Chávez. La moderación del discurso kirchnerista, que lo acerca al discurso tecnocrático, radica en una primera instancia a la tradición institucionalista del peronismo en el que se inserta (ídem, 2019, p.110), y en un segundo momento, en lo impersonal que suelen ser sus enemigos externos: el neoliberalismo y las finanzas, y los traidores internos, los Fondos Buitres, medios de comunicación, entre otros; y solo halla mayor radicalización después de la crisis del 2008, época que acá se entenderá más propia de la variante Cristinista del Kirchnerismo, cuando este traidor interno se hace más concreto y particular, expresándose en los agentes económicos del Campo (idem, 2019: p. 118).

Pero cuando se trata de Alberto Fernández, la tendencia cambia. Es cierto que en su discurso, de vez en vez, suele apelar contra el capitalismo financiero, en defensa de un capitalismo productivo, una división, que si bien antagoniza, continúa apelando a entidades impersonales antes que a sujetos particulares (como un discurso populista más radical haría). Sin embargo, es posible argumentar que su discurso resulta no solo más tecnocrático, sino marcadamente liberal (otra forma de mito político, distinto al mito populista que se desarrollará más abajo).

Si se toman los discursos dados por el Presidente Fernández durante su juramentación el 10 de diciembre del 2019 y en las Aperturas de Sesiones del Congreso del 1 de Marzo del 2020 y del 1 de Marzo del 2021, se hallarán en ellos algunos rasgos particulares, característicos y reiterados de su discurso: primero, los rasgos explícitamente tecnocráticos, científicos y programáticos que le caracterizan su discurso, puesto a que Fernández no escatima el tiempo para desarrollar desde datos macroeconómicos, estadísticos, sociométricos y, ya en 2021 con en el contexto de la pandemia, sanitarios; enlista y desarrolla por áreas temáticas los distintos  proyectos de ley que planea enviar al Congreso durante cada periodo legislativo y a lo largo de su gobierno, los programas que desde la Presidencia buscará ejecutar, y los acuerdos a los que aspira alcanzar con los múltiples sectores de la economía y la sociedad.

Fernández, por lo menos en sus discursos del 2019 y 2020, reitera su compromiso con la palabra empeñada, su interés en llevar adelante un gobierno bajo la lógica del compromiso y el cumplimiento de lo prometido, y de ello puede comprenderse su preocupación por desarrollar su plan de gobierno de forma tan explícita y detallada para que eventualmente pueda servir para juzgar su desempeño y el cumplimiento de sus promesas. Y su preocupación por los datos y las estadísticas viene de la mano con la autocalificación que hace Fernández de sí mismo y de su gabinete, un gobierno de científicos afirmaría. Esto es relevante, porque mientras para Casullo (2019), estos caracteres del interés en datos y estadísticas y la orientación programática responden a un discurso tecnocrático, para el Presidente pareciese ser lo propio y requerido del Científico, mientras que el Tecnócrata para él tiene otro tipo de conductas, que rechazada y enfrentar: el Tecnócrata serán para él la calificación que el gobierno anterior tendría de sí mismo, gestores basados en datos y ciencia, pero que, actúa a espaldas del pueblo, a puertas cerradas, desconociéndose los criterios para la toma de sus decisiones y los intereses que defienden.

De esta manera, Fernández parece salpicar de vez en cuando a lo largo de sus discursos algunas porciones de algún relato populista bastante diluido. De vez en vez detiene su narración tecnocrática para mencionar un pueblo, o la porción de un pueblo con la que mayor compromiso siente de ayudar, y que llama los olvidados, los caídos, los últimos por los cuales planea empezar para luego alcanzar a todos en la sociedad, las víctimas de las lógicas perversas de la desorganización productiva y la especulación. A los villanos de su relato tampoco les dedica mucho tiempo en sus discursos: si son externos, resultan figuras demasiado impersonales, son lógicas, son culturas, son intereses, son prácticas especulativas, financieras, desindustrializantes; y son internos, nunca tienen nombre, y apenas se menciona a cada uno una o dos veces a lo largo de los discursos estudiados: grupos económicos concentrados, un oligopolio de jueces federales, y de vez en vez, los representantes de la gestión anterior.

Cuando habla de sí mismo y de su gobierno (que las ocasiones son mucho más raras que en las que referencia al pueblo o a los villanos), lo hace como gobierno de científicos y como el presidente que escucha, el presidente del diálogo. Esto último resulta relevante, puesto que antes que a aspirar Fernández de antagonizar contra sus villanos, apunta a la reconciliación, al acuerdo y a la negociación con ellos. Un gesto bastante relevante, y marcada ruptura con el discurso más cristinista, ocurre en su discurso del 2019, donde invita al Campo, otrora villano interno del discurso radicalizado kirchnerista, a la negociación y el acuerdo, reconociéndolo como un protagonista importante; también se incluye su interés por negociar y no antagonizar con el Fondo Monetario Internacional, otro actor poco querido dentro del Peronismo, y con las fuerzas de oposición, o al menos con aquellos que reconoce tener una crítica de buena fe e intereses de dialogar y colaborar, una división que en algún momento delimitó Fernandez, durante los tiempos de la intervención a Vicentin, entre los opositores que gobiernan y los que escriben en twitter.

Este interés, y de su efectivo esfuerzo por negociar con la oposición con críticas de buena fe, los opositores que gobiernan, puede pensarse como una influencia para lo que luego sería una marcada tensión dentro del partido opositor PRO, donde surgirían dos alas, los Halcones o el Ala Dura, en el que se encuentran Patricia Bullrich y Mauricio Macri, quienes para Fernández probablemente sean de “los que escriben en Twitter”, y las Palomas o el Ala Dialoguista, donde se encontraría Horacio Rodríguez Larreta, con quien, desde el inicio de la pandemia, Fernández frecuentaría para coordinar acciones de contención sanitaria en CABA. El mismo interés por acercarse y hallar lazos de unión con sus opositores podría verse en su frecuente apelación a la figura de Alfonsín, histórico dirigente radical y primer presidente civil después de la dictadura del 76, en sus discursos; y luego en el efectivo esfuerzo por sentarse a negociar con cualquier agente económico o social, incluso cuando haya llegado a provocar descontento entre figuras insignes dentro del campo Nacional y Popular, como lo sucedió con Hebe de Bonafini, quién no dejó de expresarse críticamente ante tales actitudes, cuando entre los invitados a reunión estuvieron sujetos vinculados económicamente a la dictadura del ‘76. 

Pero el aspecto quizás más relevante en el discurso de Fernández es su apelación a un nuevo contrato de ciudadanía social, al establecimiento de acuerdos básicos con todos los sectores de la sociedad, con todos los grupos y agentes sociales, políticos y económicos de la nación argentina, de un gran pacto que supere la grieta histórica del país. Ya se ha dicho que el discurso de Fernández se aleja de la antagonización contra villanos, no pareciera ser interés del Presidente la clásica movilización de un pueblo contra enemigos, la unificación de sectores de la población alrededor de la figura de un líder redentor, sino, por el contrario, lograr una reunión a través de un acuerdo, de un contrato social, que valorice la palabra, la palabra empeñada, la confianza a la palabra, y que de alguna manera no dependa de su liderazgo, sino que con el tiempo lo supere. 

Casullo (2019: pp. 70-71) afirma que además del Mito Populista, es posible identificar otros Mitos Políticos, como, por ejemplo, los fundacionales del Liberalismo y del Marxismo, el primero que encuentra a su héroe y villano en el individuo y el Estado, el segundo en el proletariado y la burguesía. Con Fernández se podría argumentar que existe una figura mítica, que ya no es de por sí la de un populista, sino la de un liberalismo más heterodoxo. Si se parte de que el discurso liberal clásico enfrenta al héroe-individuo contra el villano-Estado-lo colectivo, y además, controla a este segundo por medio de un contrato social, que resulta también indispensable para la convivencia entre todos los individuos como sociedad, en discurso heterodoxo de Fernández rescata la lógica del contrato social, pero antes que poner el énfasis en la defensa de la individualidad y el individualismo, sostiene al héroe como la sociedad ya existente, y sitúa al villano en la grieta, en la desunión, en los intentos de fraccionar esa sociedad, para lo cual será necesario este nuevo contrato de ciudadanía que supere estas amenazas para la unidad nacional. Es un Liberalismo, que en todo caso, podría hallar raíces en pensamientos como los del filósofo francés, Jean Jacques Rousseau, quien por su parte también defendía una lógica comunitaria, que no suprimía a la individualidad y que, de alguna manera, buscaba evitar la desunión social producto de la lucha entre facciones. 

Concluyendo. Partiendo de los recursos análiticos proporcionados por la obra de Casullo (2019) se podría sostener que el discurso albertista, contrario al Cristinista, propiamente populista, pareciera ser uno eminentemente tecnocrático, apuntando a un mito mucho más liberal (heterodoxo) que populista, y que si algo de populismo le aparece, apunta más a la moderación que a una posible radicalización, aún incluso después de situaciones críticas. Ejemplo insigne de esto último fue el intento de expropiación de Vicentín, una empresa al borde de la quiebra y ya bajo intervención nacional, donde, ante la ofensiva de los medios de comunicación, la presión de liderazgos empresariales y la movilización convocada por partidos de la derecha en su contra, Fernández prefirió ceder y adoptar medidas menos radicales antes que directamente antagonizar a sus detractores -una opción que, dado los casos históricos estudiados por Casullo (2019: 120), pareciese dar mejores resultados para conservar al líder en el poder (Chávez en el golpe del 2002, Cristina Fernández en la crisis del campo del 2008).

Y si bien pareciese ser que este discurso albertista ha tenido sus efectos positivos, recomponiendo la alianza interperonistas de cara a las elecciones del 2019, y manteniendo dicha alianza con relativo éxito hasta el presente, es innegable que se aproxima a sus límites. El liderazgo de Alberto Fernández, como apropiadamente señaló alguna vez el politólogo Andrés Malamud, es más el de un equilibrista que el de un conductor o un auténtico líder. Fernández no solo ha de hacer equilibrio dentro del Peronismo, mediando las tensiones entre el Kirchnerismo, el Massismo y otras fuerzas internas, sino hacia afuera de él, mediando los intereses del empresariado, del FMI, pero también las presiones constantes de la oposición. Y debe hacerlo con un discurso marcadamente tecnocrático, que si bien puede servir, como señala Casullo (2019) para orientar a la acción de los sectores de la sociedad de forma racional hacia objetivos determinado, por ejemplo, el fin de la crisis económica imperante, escasamente logra tener los mismos efectos del discurso populista en la construcción y el reforzamiento de una identidad cohesionada que apoye y respalde al líder durante este curso de acción. 

No basta la palabra empeñada de Fernández para convencer a sus votantes de que la política económica vaya a tener éxito a mediano y largo plazo, y sin resultados convincentes a corto plazo, es fácil desconfiar. Esto lo debe saber el Presidente, quien ha de confiar bastante en sus expectativas de éxitos, para preferir mantener la línea discursiva tecnócrata, antes que a intentar apelar a un discurso populista que capaz, si tiene éxito, permita proteger la alianza Pueblo-Líder por una elección más, hasta que aquellas expectativas respecto a la actual política económica se materialicen (si es que efectivamente se materializarán). Pero debemos admitir también que es poco probable que Fernández pudiese preferir personalmente esta clase de discursos antes que el tecnocrático. Tampoco hay que quitarle mérito a su apuesta por el discurso liberal heterodoxo, el genuino interés de cerrar la tan nombrada grieta, sin embargo, la apelación a él ya levanta detractores: a fines de Marzo, Guillermo Moreno habría levantado contundentes críticas, tildando a Fernández de usurpador de la conducción del Partido Justicialista, de no ser un verdadero peronista, sino un socialdemócrata, y llamando a la desafiliación masiva del Partido.

A Alberto Fernández no le quedan opciones. Debe o materializar resultados económicos a corto plazo, y así legitimar su discurso tecnocrático, o conciliarse con el populismo y apostar a un discurso que logre cohesionar de vuelta al bloque y mantener fieles a sus votantes, llenando las carencias que va dejando el discurso liberal heterodoxo. Fernández tiene que decidir: confiar en su albertismo y mantenerlo, o abrazar aquello que no parece querer abrazar y cristinizarse.

Bibliografía

Casullo, M. E. (2019). ¿Por qué funciona el Populismo? Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Escrito por

Nacido en Caracas, Venezuela. Estudio Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Interesado en Política Latinoamericana, Poder Judicial y Fuerzas Armadas.

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