Córdoba, 1969: la crisis del empate

Quizás no sea una simple casualidad que haya sido un intelectual cordobés quien sintetizó la mejor clave de lectura para la Argentina de la segunda mitad del siglo XX. En un artículo ya clásico, Juan Carlos Portantiero definió la etapa histórica que nace con el golpe de Estado de 1955 y culmina con el de 1976 como de “empate hegemónico”. Es decir, como una situación duradera en la cual ninguna clase social o sector político lograba imponer su dominio al resto. Repasando la historia económica del período, o incluso limitándonos a un análisis meramente institucional (con cuatro golpes de Estado en veintiún años) podemos comprender la pertinencia de la categoría.

El capitalismo industrial que guiaba el desenvolvimiento económico de la Argentina de aquellos años, en efecto, mostraba dos clases sociales fundamentales que no conseguían moldear al país de acuerdo con sus intereses estratégicos. La clase obrera industrial, por un lado, constituía el grueso de la población económicamente activa y no se trataba de una simple clase “objetiva”: su existencia masiva se traducía en organizaciones sindicales con un notable poder de movilización y en una identidad política singular (el peronismo). En la proscripción y persecución desde el Estado de dicha pertenencia partidaria residirá la principal explicación de que su peso numérico y corporativo no logrará traducirse en hegemonía política. La burguesía industrial, por otra parte, no sólo no lograba imponer su política a otros sectores patronales (las desavenencias recurrentes con la burguesía agraria son el ejemplo más obvio) sino que fracasaba sistemáticamente en sus intentos de gobernar al grueso de los sectores populares a través de alguna forma de dominación sustentable y basada en algo más que la fuerza.

Esta situación de “empate” comenzaría a modificarse en 1966. Con el golpe de Estado conducido por Onganía y la entronización de Krieger Vasena como ministro de economía, comenzaba una dictadura de perfiles notoriamente más “fundacionales” que “normalizadores”. Se intentaría reestructurar el capitalismo argentino sobre nuevas bases, favorables a una hegemonía duradera del capital industrial monopolista. Dicho proyecto requería sostener a los sectores menos dinámicos de las clases dominantes como aliados subordinados, y reforzar de maneras novedosas la explotación de las clases trabajadoras. La respuesta a ese intento de los sectores más concentrados del capital tendría como fecha-símbolo el año 1969 y una serie de estallidos sociales (auténticas rebeliones populares) con el sufijo “azo” como seña de identidad común: dos “rosariazos”, un “tucumanazo” y el que goza de mayor memoria, el primer “Cordobazo” ocurrido entre el 29 y el 30 de mayo. La dinámica de este último es tan reveladora de la variedad de dinámicas de intervención al interior del movimiento obrero como de la incapacidad del gobierno y de las clases dominantes para estabilizar la situación.

El día 29 comenzó con la convocatoria a un paro nacional que profundizaba (sin romper) la convocatoria nacional de la CGT (prevista sólo para el día 30). La violenta respuesta represiva ante la movilización (que provocaría las primeras muertes de manifestantes ese día) radicalizará la protesta hasta el punto de que el mismo Agustín Tosco, dirigente sindical combativo y símbolo de aquellas jornadas, declarará que para ese momento él ya no estaba al frente de una manifestación que estaba actuando por iniciativa propia. La clase obrera y los sectores medios de la capital cordobesa derrotarán militarmente a la policía provincial, que se acuartelará pasado el mediodía, forzando la intervención del gobierno nacional a través del envío de tropas del Ejército. Estas últimas, luego de ser hostigadas durante casi un día entero en formas tan significativas como la acción de francotiradores en las terrazas, lograrán controlar la ciudad para el día 30. La secuencia, en resumen, es la siguiente: comienza con un paro nacional, que es replicado por la CGT regional extendiéndolo en su duración e incluyendo una gran movilización callejera, se produce una violenta represión armada por parte del Estado,  que provoca el “desborde” de la situación por parte de los manifestantes, el repliegue de la policía y la necesidad de recurrir a tropas nacionales. Dicha secuencia es ilustrativa de un punto de inflexión en el cual el mentado “empate” empieza a ser cuestionado por otros medios que ya no eran sólo los del capital concentrado y la dictadura militar. En efecto, podemos pensar al período 1969-1976 como un momento de crisis orgánica del capitalismo argentino.

Según el italiano Antonio Gramsci, una crisis orgánica es “una crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto” en la cual las grandes mayorías “han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución”. Es notable el énfasis gramsciano en este último punto: esas acciones encarnan el peligro de una revolución aunque lo hagan en un sentido “no orgánico”, es decir, no consciente y quizás no deseado explícitamente por la mayoría de la población puesta repentinamente en marcha. Las clases dominantes no encontrarán respuestas sustentables a este primer desafío, y navegarán a la deriva durante algunos años. Finalmente, en 1976 volverán a recurrir a las fuerzas armadas para cerrar la crisis y resolver el empate: en la dictadura militar-empresaria que comenzará ese año darán el primer golpe estratégico para una reestructuración radical de la economía argentina cuyas consecuencias regresivas perduran hasta hoy.

Mayo de 1969, como los diciembres de 2001 y 2017, constituyen hitos notoriamente diferentes de una misma vara de medida: aquella que señala hasta dónde llega la capacidad de decir “no” por parte de una mayoría popular en un momento histórico preciso.

Escrito por

Politólogo, docente y heavy metal. Participo de este podcast sobre ciencias sociales: https://pod.link/1525044535

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