Migrantes, pandemia y nacionalismos: ¿hacia dónde vamos?

El año 2020 parece estar caracterizado por una sola palabra que resuena constantemente: “pandemia”. Sin embargo, tanto este año como los venideros estarán marcados por conflictos irresueltos y crisis que aún no tienen su desenlace. Una de estas crisis es la migratoria, la cual desplaza a más de 258 millones de personas en todo el mundo. Estas personas huyen en busca de trabajo o refugio como medio para mitigar su situación de pobreza, inseguridad o subdesarrollo en sus países de origen. 

Desde sus inicios, los Estados modernos que integran el Sistema Internacional han establecido intercambios económicos, culturales y sociales, pero a pesar de ello, en la actualidad el mundo se abre a una novedosa etapa de comunicación e interdependencia global entre actores tanto estatales como no estatales. Este proceso es conocido como “globalización”. El concepto según Beck es entendido como:

“Los procesos en virtud de los cuales los Estados nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios”.

Así, la globalización como proceso complejo y de difícil definición, da lugar a nuevos actores y nuevas formas de relación no sólo entre Estados, sino también entre las poblaciones internas que habitan estos territorios cada vez más interconectados.

A consecuencia de esto, se produce una desterritorialidad y una lucha entre aquello que representa el “Estado” y aquello que representa la “Nación”. Los Estados en su afán de mostrarse en contra de la globalidad y dar una perspectiva local dentro de lo global buscan representar a la Nación. Dentro de esta lucha de identidades, representaciones e ideas globales y locales resurgen los llamados nacionalismos, entendidos según Ernest Gellner como:

“Un principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política estatal”.

La unidad entonces, es llevada a cabo por los gobernantes nacionalistas mediante la formación de un imaginario identitario que busca homogeneizar a través de la diferenciación entre un “ellos” y un “nosotros”. El imaginario “nosotros” refleja así la soberanía nacional, el trabajo solo para residentes nativos, las costumbres y religiones tradicionales y un fuerte rechazo a todo lo externo/ajeno. Este concepto relacional del nosotros/ellos es constitutivo de la realidad tanto nacional como internacional y puede conllevar en más de una ocasión al fervor por ideas xenófobas y racistas en pos de proteger lo nacional de esa identidad entendida como un “ellos”. 

En los últimos años ha habido un rebrote de los nacionalismos a nivel mundial, los cuales eran pensados como ideologías del pasado. Un nuevo conjunto de líderes nacionalistas ejemplifican esta tendencia, entre ellos: Donald Trump con su campaña por el “Make America Great Again”, Narenda Modi con su nacionalismo hindú con fuerte rechazo al Islam, Boris Johnson y la salida del Reino Unido del bloque europeo y por último, el caso latinoamericano de Jair Bolsonaro como político de ultraderecha, evangelista y de carácter altamente conservador.

Dentro del proceso identitario y de aquello considerado como “nacional” o como “extranjero” entra en juego una antigua problemática: la gran inmigración internacional. Según la ONU, en 2017 el número de migrantes internacionales alcanzó los 258 millones de personas en todo el mundo. Asia acoge aproximadamente el 31% de esta población, Europa el 30%, las Américas el 26%, África el 10% y Oceanía el 3%. De esta forma, millones de personas se ven desplazadas, pero no necesariamente aceptadas en sus lugares de destino. 

Europa es uno de los territorios más deseados por los inmigrantes. Según Eurostat, para el 1 de enero de 2019  alrededor de 22 millones de ciudadanos no pertenecientes a la Unión Europea residían en algún Estado parte del bloque. El mayor número de no nacionales vive en Alemania, Italia, Francia y España. Los no nacionales asentados en estos cuatro Estados representan colectivamente el 71% del total de los extranjeros que habitan en la Unión. A pesar de que las políticas migratorias europeas sean flexibles para los inmigrantes radicados dentro del espacio Schengen, las políticas aplicadas hacia todos aquellos arribados de zonas ajenas a este territorio suelen estar llenas de requisitos y exclusividades con el fin de controlar la inmigración ilegal.

En el año 2020, sin embargo, la inmigración irregular de Europa ha caído estrepitosamente debido a la pandemia del Covid-19. En el mes de abril se registró un número de entradas clandestinas de 900 personas, mostrando así un descenso del 85% de las entradas con respecto a marzo. A pesar de ello, el viejo continente fue de los territorios más golpeados por la pandemia. Según la OMS ocurrieron alrededor doscientos mil fallecimientos y más de tres millones de personas fueron contagiadas por el virus. 

De esta manera, en estos tiempos de crisis cabe el interrogante a las ideologías neo-nacionalistas que protegen lo “propio” y excluyen lo “ajeno”, ahora dentro de un contexto pandémico. Europa, como el caso en donde nuevos partidos apoyan la causa nacional y veneran el bienestar del “nosotros”, fue duramente golpeada por el Covid-19 a pesar de estar “protegida” debido a sus fronteras cerradas. Entonces ¿Cuál es el fundamento real de estas nuevas corrientes? ¿Está justificado el odio racial o xenofóbico? ¿Hasta dónde los migrantes son una amenaza al “nosotros”?

Los migrantes como personas que huyen forzosamente de sus territorios de origen constituyen el 1% de la población mundial. Una población que desconoce de hogar, seguridad, educación y alimento. La pandemia ha venido a sacudir el mundo entero y a detener por un instante – al menos – su constante velocidad para recordar la importancia de la salud y demostrar que la vulnerabilidad humana no entiende de etnias, religiones, género o clases sociales. Al fin y al cabo, todas las personas tienen la probabilidad de contraer enfermedades. Es momento de repensar y tener una actitud crítica hacia estas nuevas corrientes nacionalistas, no solo debido a sus posicionamientos acerca del tema migratorio sino también hacia sus visiones de la democracia pluralista y el Estado de derecho. El siglo XXI parece ser un siglo desafiante en más de una materia y esto requiere que todos los actores estén a la altura de las circunstancias.

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