Devoto: motín nuevo, debate viejo

Actualmente, mucho se debate la seguridad en la República Argentina, tanto por parte de los gobernantes, como por parte de la sociedad que forma al Estado. Parece ser que el encarcelamiento de los condenados por el quebrantamiento de la Constitución Nacional y sus leyes es la forma correcta de alcanzar la seguridad tan deseada, pero no lo es y eso ha quedado claro en los últimos motines generados, particularmente, en la ciudad y provincia de Buenos Aires.

Las instituciones carcelarias “deben ocuparse de todos los aspectos del individuo, de su educación física, de su aptitud para el trabajo, de su conducta cotidiana, de su actitud moral, de sus disposiciones; la prisión, mucho más que la escuela, el taller o el ejército” Foucault (1945). Sin embargo, eso no sucede en la actualidad. Las prisiones no son más que calabozos “modernos” donde el recluso es insertado en un ambiente que lejos de ayudarlo, termina empeorando su comportamiento causando en él una “identidad negativa”. Una identidad negativa que se genera en el condenado y que, a su vez, hace que sea imposible su reinserción dado que la sociedad lo ve como un enemigo y el delincuente ve a la sociedad de la misma manera.

El agrupamiento de delincuentes dentro del espacio penitenciario no hace más que potenciar los actos delictivos de los mismos. La cárcel debe formarlos, educarlos, más que un instituto, más que un colegio militar o un psiquiátrico. En un estado de agrupamiento, donde el que delinque se reúne con otros que han delinquido de la misma manera o aún peor, “el primer deseo que va a nacer en él será el de aprender de los hábiles cómo se eluden los rigores de la ley; la primera lección se tomará de esa lógica ceñida de los ladrones que les hace considerar a la sociedad como un enemigo; la primera moral será la delación, el espionaje glorificado en nuestras prisiones”. Es por ello, que la pena no solo debe ser individual sino también debe ser individualizante. La prisión debe ser concebida de manera que borre por sí misma las consecuencias nefastas que provoca el reunir en un mismo lugar a condenados muy diferentes.

El sistema punitivo y penitenciario actual necesita de una reforma total para lograr el objetivo de educación y reinserción en la sociedad del condenado. La duración y motivo de condena no puede y no debe derivar de la misma manera en todos los individuos. Tal como lo explica Foucault (1947) “La duración de la pena solo tiene sentido en relación con una corrección posible y con una utilización económica de los criminales corregidos”. El castigo pasional frente a una persona que ha delinquido no tiene ningún beneficio para la sociedad en cuanto a las relaciones económicas y sociales frente al condenado.

Un recluso que entra en las prisiones de la Argentina hoy en día, con sus condiciones deplorables, el amontonamiento de individuos y las sociedades de delincuentes que se forman, sale de la prisión como un “enemigo” de la sociedad y él mismo se acepta como tal. No forma parte de la misma sociedad que se encuentra fuera de ese espacio cerrado, rodeado de policías y criminales, dentro se ha formado una nueva sociedad de la que él forma parte. Una sociedad que, a la hora de haber cumplido su condena, no le ha dado ninguna ventaja, por lo contrario, ha aumentado su capacidad de delinquir mediante el rodeo de condenados por causas mayores.

El hostigamiento desmedido afecta a la individualización del código penal planteada por Foucault. Es imposible pensar en una individualización del castigo con una posterior reinserción en la sociedad cuando en la actualidad parece no importar las relaciones de poder y la racionalización económica del castigador al castigado. Se ejecuta el castigo como una situación de “venganza”, tal como lo hacía el verdugo en la Edad Media, cuando era obligado a castigar al delincuente para que el resto de la sociedad vea y aprenda lo que no debía hacer y lo que sucedía en caso de hacerlo.

Para una persona que mata, la condena a largo plazo probablemente sea un castigo menos costoso que el acto de asesinato; para el que cometió un hurto, la condena en una prisión en condiciones reprobables y en un ámbito colectivista de delincuencia, probablemente sea excesiva. Es imposible pensar en una reinserción en la sociedad cuando la condena no es favorable para el acusado. 

Lógicamente, el actor de un delito debe ser condenado para que no sea repetido, al mismo tiempo que será un ejemplo para que el resto de la sociedad entienda que no debe incumplir las normas. Sin embargo, si el castigo pasa a ser una “venganza” por parte del Estado, un aislamiento colectivo en donde los que hayan delinquido encuentren relaciones criminales y no educativas o trato psicológico, es imposible pensar en esa reinserción. El castigo al delincuente debe ser lo suficientemente duro para que el costo de este haya sido más grande que la ventaja que haya sacado del acto de delinquir, pero a su vez, no debe ser lo extremadamente duro como para forjar una identidad en contra de la sociedad. Una vez forjada esa identidad, el mismo no se verá frente a la sociedad como un par, sino como un excluido y un excluido no respeta las normas de una sociedad de la que no es parte.

La labor de las penitenciarías debe ser educar, analizar y tratar al individuo para lograr advertir de los problemas que tiene la sociedad. Un delincuente nace en el mismo territorio en el cual vive el resto de la sociedad, no es un problema ajeno a ella, es un problema de ella. Dicha cuestión debe ser resuelta con la modernización del sistema punitivo, que incluya la individualización de las penas a la misma vez que la individualización de la condena.

El recluso que pasa su condena en prisión debe poder usar su tiempo para hallar las circunstancias que lo llevaron a delinquir, con ayuda de profesionales puestos por el Estado. No debe pasar su tiempo de reclusión junto con otros convictos forjando asociaciones criminales para poder seguir con el mismo estilo de vida una vez en libertad. El sistema punitivo debe asegurar que el mismo individuo que reciba una condena, comprenda su condena y entienda en qué lo favorece dicha condena. Si el convicto no logra hallar esas soluciones, no logra encontrar la ventaja en la condena, entonces la condena de nada habrá servido. Una vez terminado su plazo en prisión, si el individuo no ha sido educado, el mismo seguirá haciendo lo único que ha aprendido en la misma: delinquir.

Este es un problema de base, que claramente no solo existe en la República Argentina, potencias mundiales como Estados Unidos también lo tienen. Pero de la misma manera que se ha cambiado el sistema punitivo desde la Edad Media a la actualidad, hoy en día es necesaria una nueva reforma. Las cárceles no pueden ni deben ser una herramienta de tortura, no es su finalidad. La condena fue la quita de la libertad para el individuo, una vez dada el individuo no debe seguir recibiendo condenas ilegítimas dentro de la prisión. Los actos de “venganza” policiales, los abusos y las relaciones criminales, fomentan la agresión dentro del condenado que, una vez libre, tendrá más violencia que la que tenía en primera instancia.

Actualmente los presidiarios no están siendo educados o reformados, se busca reunirlos en un espacio bien definido, fichado, que pudiese ser un arma con fines políticos. Se ha perdido el concepto de “aislamiento individualista” en las instituciones penitenciarias, por lo menos y particularmente en Argentina.      

Los datos brindados por el Servicio Penitenciario Federal y la Procuración Penitenciaria Federal demuestran que en los últimos años la condena a prisión ha sido el castigo mayoritario -y casi único- del Estado hacia los delincuentes.

Fuente: Procuración Penitenciaria de la Nación Argentina.

El fenómeno carcelario no debe generalizar a todos los delincuentes. Se tiene que entender la pena como una situación económica y de relaciones de poder en la cual, mediante la individualización del código penal, sumado a un castigo que para el que delinque sea más doloroso que la ganancia dada por el acto de vandalismo, dé como resultado un castigo al “alma” y no al cuerpo para lograr transformar el recuerdo y darle una nueva salida moral. 

Lógicamente la solución no radica en la liberación indiscriminada de delincuentes, reinsertándolos en la sociedad cuando aún no han cumplido con su castigo o entendido su condena, pero a su vez tampoco se debe creer que la solución es la condena pasional y vengativa frente al delincuente. No es un cambio fácil, debe ser un cambio mental en la sociedad, una sociedad que entienda los beneficios de un castigo individualizante y que entienda las consecuencias de un castigo generalizado.

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