Feminismo y Comunismo

El mes de noviembre marca los 30 años de la caída del Muro de Berlín y la descomposición del régimen comunista impuesto en los países de Europa Central y del Este por parte de la Unión Soviética. Distintas revoluciones democráticas se llevaron a cabo en estos países y  lograron llevar a cabo un proceso acelerado de democratización: la cortina de hierro había caído y los países de Europa se sumaban a las reglas democráticas y el capitalismo provenientes de occidente. 

En general, la democracia siempre se ha asociado con igualdad y mejores oportunidades de representación, lo que contribuyó a la creencia de que la democratización europea llevaría a los Estados a establecer regímenes con igualdad de género. Sin embargo, eso no fue lo que sucedió y, si bien el último siglo representó un siglo de victorias en materia de derechos para todas las mujeres alrededor del mundo, algo diferente pasó hace 30 años en Europa Central y del Este con la caída del comunismo.

La igualdad de género era una de las banderas centrales de la ideología comunista: Engels consideraba que en la familia el hombre era el burgués y la mujer el proletariado; Lenin también se refería a la “esclavitud doméstica” de la mujer. Pero rechazaban al feminismo tradicional, ya que lo consideraban como algo propio del capitalismo; en contraste, la ideología bolchevique entendía que con el final del capitalismo y la revolución del proletariado desaparecerían las diferencias entre hombres y mujeres.

En consecuencia, las mujeres eran tratadas como iguales en todas las esferas, incluyendo la política. Es por esto que los regímenes comunistas impusieron cuotas de un 30% de representación para las mujeres en los parlamentos. Sin embargo, esta dinámica estaba lejos de ser ideal, porque el verdadero poder no se encontraba en el poder legislativo, sino que se concentraba en el Partido Comunista, espacio que nunca era encabezado por mujeres o integrado en una manera dentro de todo igualitaria. 

En los regímenes comunistas todos debían trabajar, esto permitió que las mujeres ingresaran al mundo laboral y se desarrollaran profesionalmente en cargos tradicionalmente masculinos. Esto era posible principalmente porque las tareas de cuidado, si bien estaban a cargo de mujeres en su mayoría, se realizaban en el sector público de forma comunitaria en distintas guarderías y centros de cuidado maternal administrados por el estado. En algunos casos (Alemania del Este, por ejemplo), se impusieron reglas de “igual pago por igual trabajo”, aunque en la práctica no funcionaba sin fallas porque las mujeres generalmente eran relegadas a trabajos y sectores de menor paga que los hombres. Así mismo, lejos de sentirse liberadas y en posiciones de igualdad, si bien ingresaron al mercado laboral, las mujeres tenían que conciliar la jornada laboral completa con numerosas tareas domésticas que seguian siendo su responsabilidad. 

Con la caída del comunismo, la representación de las mujeres cayó de un 30% en las últimas elecciones comunistas a un 10% en promedio a lo largo de Europa central y del Este. La falta de representación de mujeres no se explica por la falta de oferta, por el contrario, un gran porcentaje de mujeres con experiencia política en el proceso de democratización, mujeres que habían participado en los movimientos que derrocaron al comunismo, fueron dejadas fuera de la esfera política.  A las mujeres se las forzó a volver a la esfera privada, a la familia, y a abandonar sus trabajos y dejar la política. 

Entonces, ¿Qué explica la falta de poder político de las mujeres? Algunos de los factores que obligaron a la salida de las mujeres de la esfera pùblica pueden ser las creencias tradicionales de los roles de género, las actitudes antifeministas originadas por asociar al feminismo con el comunismo y la falta de movilizaciones de mujeres después del proceso de democratización (se impusieron leyes de toques de queda que imposibilitaron las asociaciones de mujeres).

Teniendo estos puntos en cuenta, la situación de la mujer empeoró considerablemente con la caída del comunismo. Los efectos son visibles en muchos países ex comunistas que todavía siguen contando con culturas profundamente machistas y niveles de participación femenina extremadamente bajos. Sin embargo, lejos se está de decir que la situación en la Europa comunista era ideal; por el contrario, se trataba de una “igualdad” forzada por el Estado que obligaba a todos los ciudadanos a trabajar y que imponía en las mujeres una doble jornada laboral, la profesional y la doméstica, y eso sin tener en cuenta los problemas de estos regímenes autoritarios y opresores.

Para concluir, muchos movimientos feministas plantean que lucha de género y de clase no van de la mano: el comunismo antepone la lucha de clases y consideran las cuestiones de género resueltas una vez que la mujer es “reconocida como una igual” con respecto al hombre en términos económicos y de trabajo; considerando por tanto a la lucha de clases como el único camino de la emancipación de la mujer. Y, sin embargo, el feminismo plantea que estos discursos se resisten a incorporar la objetividad de reconocer que la dominación, sometimiento y explotación que sufrimos las mujeres es independiente de otros tipos de discriminación, aunque se ve reforzada por ellas.

Escrito por

Analista política y futura politóloga. Feminismo y relaciones internacionales. Cofundadora de @molunenas

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