Venezuela: ¿negligencia o ciberguerra?

En 2009 Hugo Chávez dijo “Dios puso el petróleo que China necesita los próximos 200 años en Venezuela” y diez años después, “la tierra del oro negro” está transitando una de sus peores crisis energéticas.

Durante este último año, y particularmente con mayor intensidad en el mes de marzo, Venezuela ha sufrido varios apagones masivos. El que tuvo más repercusión a escala internacional fue el apagón del 7 de marzo que afectó a 18 de los 23 estados venezolanos y tuvo una duración de cinco días. Los líderes de la oposición al régimen de Nicolás Maduro notificaron que el evento se llevó 26 vidas.

A partir de estos acontecimientos comenzaron a esbozarse distintas opiniones en torno a cuáles habían sido las causas de los cortes en la red eléctrica: para sintetizarlas en dos polos opuestos, por una parte, se argumentó que los apagones son consecuencia de un sabotaje por parte de los Estados Unidos donde, haciendo uso de sus altas capacidades ofensivas en el espacio cibernético, ejecutó múltiples ciberataques a las plantas eléctricas de Venezuela; y por otra, que las interrupciones de la red eléctrica son reflejo de la falta de mantenimiento de las plantas, cuestión que se vio agravada con la profundización de la situación de crisis del país sudamericano.

Nicolás Maduro fue quien defendió la idea del sabotaje, alegando que se había dado un complot entre el Pentágono, el Comando del Sur de los Estados Unidos y el líder opositor venezolano Juan Guaidó para paralizar el sistema eléctrico del país por medio de ciberataques y ataques electromagnéticos. Es así como él expresó que “Venezuela está viviendo la primera guerra de dimensiones no convencionales con ataques a los servicios públicos para imponer un cambio de régimen desde Estados Unidos”.

Ahora bien, por otro lado, múltiples expertos dan un argumento más prosaico y sostienen que los apagones son fruto de años de desinversión y el descuido de las plantas de energía. Sumado a esto, la militarización de la represa de Guri (central hidroeléctrica que envía energía a la mayoría de las grandes ciudades de Venezuela) y la fuga de cerebros que se dio con la diáspora venezolana hacen ver a la idea del sabotaje como posible, pero poco probable. Aún más, algunos expertos señalaron que por la naturaleza del diseño del sistema de la central eléctrica (siendo un sistema cerrado) no sería posible realizar una operación remota, descartando completamente el planteo de un ciberataque.

Considerando estas dos posturas, ¿quién dice la verdad y quién miente? La respuesta es que probablemente ambas tengan algo de razón. Si se argumenta desde el sabotaje, la idea de que un gobierno tan poderoso como el de Washington interfiera en las Infraestructuras Críticas de un país vulnerable como Venezuela es bastante realista. Estados Unidos tiene las capacidades para hacerlo y existen precedentes con Irán en el 2010 (caso Stuxnet), China en el 2013 (caso Snowden) y con Rusia durante este año con ciberataques dirigidos hacia su sistema de red eléctrica.

No obstante, la premisa de que las interrupciones de energía son consecuencia de la mala administración de la red tampoco puede cuestionarse. Si se hubiese hecho una correcta manutención nunca se hubiese generado el incendio de las líneas eléctricas porque la vegetación que desencadenó ese incendio nunca debería haber estado allí.

Por eso, si bien es más probable que la serie de apagones fueron resultado natural de una conducta negligente del régimen venezolano en términos de mala administración, financiación y mantenimiento de las centrales eléctricas, no debe desestimarse la posible intervención de Estados Unidos.

Independientemente de la constante acusación de Maduro a los Estados Unidos como perpetrador de todos los males que aquejan a la nación bolivariana, lo que resulta relevante destacar es que en un mundo interconectado la guerra cibernética es un hecho.

El uso del ciberespacio en el contexto de los llamados conflictos de baja intensidad es moneda corriente en el siglo XXI, y entender las nuevas dinámicas de las Relaciones Internacionales en el ámbito de la seguridad y la defensa implica concebir la idea de la ciberguerra ya no tanto como una posibilidad sino como una probabilidad.

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