Irán atraviesa, desde fines de 2025, una fase de conflictividad social que no puede leerse como un episodio aislado ni como una simple reacción coyuntural ante el deterioro económico. Las protestas que hoy recorren el país expresan algo más profundo: la erosión sostenida del vínculo de obediencia entre la sociedad y un Estado que ya no logra sostener su autoridad por consenso y recurre crecientemente a la coerción. En ese sentido, lo que sucede no es únicamente una crisis política, sino una crisis de legitimidad, cuyas raíces se hunden en al menos dos décadas de tensiones acumuladas.
Tres antecedentes clave: 2007, 2019 y 2022
Para comprender el estallido actual es imprescindible un repaso, necesariamente breve, por los principales ciclos de protesta del siglo XXI. En 2007 comenzaron a visibilizarse movilizaciones urbanas vinculadas al encarecimiento del costo de vida y al desempleo juvenil, en un contexto de crecimiento económico desigual. Aquellas protestas no pusieron en jaque al régimen, pero marcaron el inicio de un descontento persistente.
El segundo quiebre se produjo en noviembre de 2019, cuando el aumento del precio de los combustibles desencadenó manifestaciones masivas en distintas provincias. La represión fue especialmente violenta y dejó cientos de muertos, consolidando una percepción social de que el Estado respondía a las demandas populares exclusivamente mediante la fuerza. Ese episodio debilitó aún más la idea de un régimen capaz de canalizar el conflicto por vías institucionales.
El tercer momento clave llegó en 2022, tras la muerte de Mahsa Amini, que dio origen al movimiento “Mujer, Vida, Libertad”. A diferencia de protestas previas, esta ola incorporó un cuestionamiento simbólico directo al control estatal sobre los cuerpos y la vida cotidiana, especialmente de las mujeres, y tuvo un impacto duradero en la cultura política iraní.
2025–2026: de la crisis económica al desafío político
Las protestas iniciadas en diciembre de 2025 se activaron, una vez más, por factores económicos: inflación persistente, devaluación de la moneda y pérdida del poder adquisitivo. Sin embargo, su rápida expansión territorial —alcanzando las 31 provincias— y su diversidad social revelan que el malestar excede largamente el plano material. Comerciantes, jóvenes, trabajadores precarios y sectores periféricos convergen en una protesta descentralizada que no reclama ajustes puntuales, sino que cuestiona la forma misma en que se ejerce el poder.
Uno de los rasgos más significativos de esta etapa es la ruptura del miedo. La quema de imágenes del Líder Supremo y de símbolos fundacionales de la República Islámica constituye un quiebre del tabú político central del régimen. Como advierte Max Weber, “toda dominación necesita, en algún grado, ser reconocida como legítima” (Weber, 1978). Cuando ese reconocimiento se pierde, el poder subsiste solo a través de la coerción.
¿Protesta feminista? Una lectura necesaria, pero incompleta
Una de las preguntas más recurrentes sobre el ciclo de protestas iraníes desde 2022 es si constituyen una revolución feminista. La respuesta no puede ser simplista ni reducida, porque la realidad social y política en Irán es compleja y contradictoria. Sí es cierto que la protesta “Mujer, Vida, Libertad” se originó tras la muerte de Mahsa Amini y que esa muerte catalizó demandas públicas vinculadas a la libertad corporal, a la autonomía de las mujeres y a las desigualdades de género que la sociedad iraní ha enfrentado por décadas. En ese sentido, el movimiento incorporó temas de género como parte de su horizonte de protesta, y no únicamente como ejes vacíos de significado.
No obstante, reducir a las protestas actuales a una “revolución feminista” exclusiva es problemático. Aunque las mujeres han sido protagonistas visibles y valientes en las movilizaciones —participando activamente en todas las regiones y arriesgando su libertad y su vida—, el levantamiento no es solo ni exclusivamente un movimiento feminista en un sentido teórico estricto. Se trata, más bien, de un movimiento social amplio con una dimensión de género significativa, en el que las demandas por igualdad y libertad de las mujeres se entrelazan con reclamos más amplios de justicia económica, política y civil. Esta interseccionalidad implica que la lucha por la igualdad de género es una parte importante, pero no la totalidad, de un proceso de protesta que involucra a gran parte de la sociedad iraní en su conjunto.
Represión, apagón informativo y reconocimiento del límite
La reacción del régimen fue inmediata: represión policial con al menos 648 muertos, detenciones masivas y un apagón casi total de internet y telecomunicaciones. Lejos de ser una simple estrategia preventiva, el corte informativo revela un reconocimiento tácito de la pérdida de control. El Estado ya no puede gestionar la protesta en el espacio público sin aislarse del mundo, una señal clara de debilitamiento de su capacidad hegemónica.
Organizaciones de derechos humanos y medios internacionales han documentado todo esto, mientras el gobierno insiste en atribuir las protestas a conspiraciones externas a cargo de Estados Unidos e Israel. Esta narrativa, sin embargo, choca con la persistencia y extensión de las movilizaciones, que difícilmente puedan explicarse solamente por la injerencia extranjera.
Un régimen bajo presión interna y externa
Irán continúa siendo una república islámica teocrática, donde el poder real se concentra en el Líder Supremo y en los Guardianes de la Revolución. En el plano internacional, el país enfrenta un contexto adverso: tensiones regionales, sanciones económicas y reconfiguraciones del equilibrio de poder en Medio Oriente. Estos factores externos no explican por sí solos las protestas, pero sí contribuyen a agravar una crisis interna ya profunda.
Las protestas que hoy atraviesan Irán no anuncian necesariamente una caída inmediata del régimen, pero sí marcan un punto de inflexión. El miedo dejó de funcionar como mecanismo central de control, y la obediencia ya no puede darse por sentada. En ese escenario, la estabilidad del Estado se apoya cada vez menos en el consenso y cada vez más en la fuerza.
Irán no enfrenta solo una crisis económica ni una revuelta episódica: enfrenta una sociedad que ha aprendido a protestar, a desafiar símbolos y a imaginar alternativas. El desenlace es incierto, pero el quiebre ya es un hecho.




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