Sé que no me esperaban. Yo tampoco.
Pero la quietud, el no decir nada, el “mejor no meterse”, últimamente me destruye. Así que acá estoy. En esta invitación recurrente a que nos tomemos un whisky o un mate (nadie juzga a qué hora sería cada cosa) para bajar un poco y charlar mano a mano de lo que creo que nos puede interesar.
Bienvenidos a Todo pasa.

A veces lo que parece calmo no es paz. Es estrategia. Es tensa espera. Es el silencio que antecede al movimiento. El cierre de alianzas de estas elecciones legislativas no trajo gritos, ni traiciones escandalosas, ni pases sorpresivos. No hubo ese ruido de política vieja que tanto extrañan, o desprecian, algunos. Pero en esa falsa quietud se empezó a delinear un mapa nuevo.

Mientras muchos veían inacción, los engranajes giraban bajito. La Libertad Avanza y el PRO sellaron un acuerdo que, sin aspavientos, se volvió el núcleo del frente antiperonista más extendido en años. En paralelo, cinco gobernadores del centro, con estilos y colores distintos, lanzaron una nueva alianza federal que quiere salirse de la lógica de los extremos. Y el peronismo, por su parte, se mantuvo unido donde pudo y dividido donde no hubo forma de evitarlo. Todos se movieron. Solo que lo hicieron sin levantar tanto polvo.

Y ahí está el problema: cuando parece que no pasa nada, en realidad pasa todo.

Yo, argentino 

El otro día, mientras hacíamos un asado, mi viejo me tiró una de esas frases que te quedan rebotando:
¿Sabés por qué el peronismo nunca va a dejar de existir? Porque es el único producto político 100 % argentino. Todo lo demás son ideas importadas. Y lo argentino, cuando es original, no se extingue.

Lo dijo con esa certeza que tienen los que vivieron la rosca de adentro, con todo lo que viene después: traiciones, reconciliaciones, operaciones, lealtades que duran lo que una sobremesa y también gestos que te salvan la carrera. Me quedé pensando si no hay algo de eso en esta etapa rara que estamos viviendo. Porque justo cuando todo parece en silencio, reaparece esa cosa ineludible: la política como ADN nacional.

Mientras La Libertad Avanza y el PRO se abrazan en la mayoría de los distritos, formando un frente que grita “antiperonismo” o “antikirchnerismo”, el peronismo hace lo que sabe hacer cuando lo arrinconan: busca una forma de rearmarse. No es épico, no es místico: es técnico. En 17 distritos va unido. En otros, no le dio. Pero la máquina sigue encendida.

Y en el medio, cinco gobernadores, Llaryora, Pullaro, Torres, Sadir y Vidal, armaron su propio espacio. Se llama Un grito federal, pero bien podría llamarse “no nos metan en esa”. No se alinean ni con Milei ni con la foto nostálgica del PJ. Son lo que puede venir si lo que ya conocemos sigue sin gustar.

Es curioso. Mientras muchos dicen que “la política ya fue”, la política se está reconfigurando. Como siempre. Como si todo pasara, pero en el fondo todo se reinventara.

El desencanto ronda

En la calle se percibe un aire derrotista: esa sensación de que nada, o muy poco, puede cambiar ya. Las promesas de libertad chocan con la cruda realidad: inflación persistente, instituciones que tardan en responder, discursos que se diluyen en Twitter en segundos. Y el monstruo estatal, ese aparato voraz y lento, capaz de comerse hasta las motosierras mejor afiladas.

La gente elige mirar un stream en el fondo del mar del CONICET antes que escuchar a políticos de turno en medio de la campaña electoral. Cualquiera diría que preferimos ver corales que a Milei, Máximo Kirchner, Caputo en Carajo, Neura o Cenital. La política, entendida como espectáculo o como herramienta, ¿ya no capta como antes?

No es que la gente viva con odio hacia la política. Es que le da paja. Esta apatía no es indiferencia; es cansancio. Y ese cansancio se mide en ausentismo electoral, en redes donde la ironía reemplaza al debate, porque debatir exige tiempo, convicciones y, sobre todo, ganas.

Quizás el verdadero antagonismo hoy no sea peronismo versus antiperonismo, ni tampoco el centro contra los bordes. Tal vez el verdadero enfrentamiento sea entre quienes todavía creen que la política es una herramienta de transformación, imperfecta, sucia, humana, y quienes ya bajaron los brazos, convencidos de que nada puede cambiar.

Porque estos modelos que se reacomodan, se alían, se reagrupan, no solo se enfrentan entre sí. Se enfrentan también a algo más profundo y más peligroso: la quietud. Esa sensación extendida de que da paja ir a votar, de que todo da igual, de que no vale la pena interesarse por un juego que ya parece arreglado.

Y ahí está la pregunta que no se va: ¿No será que, más allá del nombre del frente, lo que hace falta es que alguien, o algo, vuelva a mover a la gente? A encantarla, a interpelarla, a convocarla. A volver a las bases o a inventar algo nuevo. Pero, sobre todo, a sacarla de ese estadio de quietud que hoy es el mayor obstáculo para cualquier cambio.

No hay política sin deseo. Y hoy lo que falta no es poder, ni discurso, ni estrategia. Lo que falta es ganas.
El resto, más temprano que tarde, va a volver.
Porque en Argentina todo pasa.

Nos leemos en la próxima, cuando me canse de estar quieto.

Créditos imagen: Nehuen Rovediello

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