Independencia energética para Europa

La guerra en Ucrania alteró el paradigma energético de Europa. De 2010 en adelante, con Angela Merkel a la cabeza, Alemania y gran parte de los países del continente ataron sus necesidades energéticas al suministro ruso. Desoyendo a los que no se fiaban de Moscú, con el apoyo de gran parte de la Unión Europea, Berlín buscaba dejar atrás el pasado confrontativo con el Kremlin y apostaba no solo a ampliar el comercio sino también a abrirle las puertas de Occidente. Pero con la invasión del pasado 24 de febrero todo se fue por la borda y los faltantes de petróleo y, principalmente, de gas pusieron en jaque a millones de personas de cara al invierno.

El primer gran paso de Merkel fue la construcción del gasoducto Nord Stream I, a principios de la década pasada, que le abriría las puertas a la llegada de gas por el Mar Báltico de forma directa, barata y práctica. A pesar de la anexión rusa de Crimea entre febrero y marzo de 2014, un primer aviso de las intenciones de Vladímir Putin de cara al futuro, la canciller decidió seguir apostando al suministro ofrecido por Moscú y en 2018 comenzó con la construcción del Nord Stream II. 

De este modo, para inicios de 2021, la calefacción de la mitad de los hogares alemanes y el 55% del funcionamiento del sector industrial del país dependía del gas que llegaba desde Rusia. Por eso, ante el comienzo de la guerra, con gran parte de la Unión Europea y — sobre todo —Estados Unidos pidiendo y reclamando el fin de las relaciones con el Kremlin, Alemania y otros tantos países del continente se encontraron ante una encrucijada energética y, especialmente, en materia de infraestructura.

Con el invierno acechando, Berlín debió salir en busca de nuevos vendedores y, también, nuevas formas de recibir ese gas; ya que ante la falta de otros gasoductos, debería empezar a llegar en estado licuado (GNL). El problema es que durante los últimos doce años, Alemania casi no pensó en tener que enfrentar una situación de este tipo y, a fines de 2022, no cuenta con terminales que realicen el proceso de licuefacción (conversión de un gas en líquido por compresión a muy bajas temperaturas). 

La construcción de una planta fija que realice este trabajo ya comenzó pero se espera que recién esté lista para 2025. Por eso, a modo de solución intermedia, Olaf Scholz presentó la llegada de cuatro buques que se transportan hasta los puertos alemanes y, desde allí, realizan el proceso necesario. A pesar de esta primera solución, el camino hasta cortar por completo la dependencia energética de Rusia será largo. Los planes ahorrativos del tipo Save gas for a safe winter que impulsó la Unión Europea este año llegaron para quedarse por un largo tiempo, ya que las plantas de GNL que hay en el continente (por ejemplo, en Bélgica y Países Bajos) no son suficientes para recibir la cantidad necesaria. En 2023, el desafío de calentar los hogares y hacer funcionar el sector industrial (problemas que se remontan a los que tenía el continente 100 años atrás) seguirá siendo uno de los principales, sino el principal. La independencia energética para Europa es un deseo, una ambición y una necesidad.

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