Alguien estornuda en Moscú (y alguien se resfría en Europa)

La escala en tensiones y la extensión en tiempo del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania encendió una (de tantas) alarma(s) en la Unión Europea la cual obligó a sus componentes principales a atender los cabos sueltos y las secuelas en su objetivo de aislar política, social y económicamente a la administración de Vladimir Putin. Las necesidades en cuanto a recursos que diferentes países del continente satisfacían a partir de los acuerdos con sus pares rusos parece ser un factor que desde la UE se subestimó al momento de las sanciones por la invasión a territorio ucraniano, y el imperativo moral de castigar a Rusia hoy no contiene a las preocupaciones de los gobiernos interpelados por el nuevo escenario en el continente con respecto al recurso del gas: en su afán de ahorcar a la economía rusa, Europa se está fisurando varios dedos.

En un interesantísimo artículo titulado La Batalla Energética, y publicado en el Le Monde Diplomatique del mes de junio, los economistas Mathias Reymond y Pierre Rimbert confirman la sensibilidad de dicho contexto con dos factores contundentes: uno que ya existía al momento de las sanciones contra Rusia, que era la “dependencia del gas (…) 45% a principios del 2022 (…) y del petróleo (…) 27%” que dicho país ejercía sobre la Unión Europea. A partir de las sanciones, los autores identifican de forma crítica un segundo ítem, esto es el reducir dicha dependencia, al calor de la guerra, “de forma precipitada y no planificada, sin disponer antes de una solución alternativa de una fiabilidad y costo equivalentes”. 

La búsqueda a contrarreloj de mercados alternativos, el reposicionamiento frente a la energía nuclear y las explicaciones de diferentes encargados de carteras energéticas respecto al racionar un recurso como el gas son marcas del grado de tensión que se atraviesa en la administración de recursos naturales, materia que la guerra en Ucrania obligó a repensar a nivel global y especialmente continental. La cuestión ya repercute directamente en los bolsillos de los usuarios, y ello conlleva a un descontento social que los oficialismos pueden llegar a padecerlo en las urnas: “La seguridad energética vuelve a estar en la primera plana” explica en entrevista el politólogo y director del programa de Derecho de los Hidrocarburos, Energía y Sostenibilidad de la Universidad de Buenos Aires, Juan José Carbajales. “La guerra generó una disparada de la inflación a nivel global. La población tiene que destinar presupuesto propio al  costo energético, y eso repercute en los planes de racionamiento”’ profundiza.

El reordenamiento en la estrategia de abordaje de recursos energéticos ve al advenimiento del próximo invierno europeo como el deadline para encontrar, si no es soluciones definitivas, parches para atenuar lo que el propio ministro de economía de Alemania, Robert Habeck, categorizó como “una crisis del gas, que se ha convertido en un recurso raro«. La disponibilidad de los mercados alternativos para abastecerse del recurso en cuestión (Estados Unidos y Medio Oriente, principalmente) se encuentra limitada por carencias técnicas, productivas o de calendarización de exportaciones ya pactadas: “las negociaciones no se traducirán en flujos de gas significativos hasta dentro de unos meses o incluso años” explica el mencionado artículo de El Diplo

La resistencia a los recursos made in Russia comienza a generar ciertos resquebrajamientos en la cohesión europeísta. El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, confirmó la ruptura con el posicionamiento de la Unión Europea (y de Washington, claro) respecto a las sanciones, y aceptó negociar con Rusia incluso haciendo esto en rublos, tal como lo había decretado la administración Putin. Para fines de abril, el gobierno de Eslovaquia trasnochaba en sus oficinas intentando sostener un acuerdo con la compañía gasífera rusa Gazprom, a fin de continuar la provisión de gas hacia el país realizando las tratativas en euros, aún a pesar de la resistencia del Kremlin. 

Húngaros y eslovacos fueron pioneros en la excepción a la regla con respecto a la táctica de la UE sobre los hidrocarburos rusos, a causa de su extrema dependencia de éstos. Sin embargo, República Checa ya advirtió que necesitará una suerte de “tiempo extra” para afianzar las sanciones sin daños a su economía. En palabras de Mikulas Bek, enlace del gobierno con la Unión Europea, su país no puede “simplemente dejar de importar suministros rusos, ya que ello habría de paralizar la producción de combustible, lo que tendría un efecto en el transporte y la industria”. En Grecia, una encuesta de principios de mayo realizada por Eurobarometer mostró un nada despreciable 40% de la opinión pública oponiéndose a las sanciones a Rusia. La forma abordar el recurso del gas en este nuevo plató repercute, por supuesto, en la provisión del mismo, y ello en la tarifa que abonan los usuarios, así como en la disponibilidad y accesibilidad del recurso para los hogares, promoviendo un descontento que bien puede reflejarse en resultados electorales adversos para los oficialismos: no en vano a fin de la última semana el gobierno helénico se opuso al plan de la Unión Europea de reducción de uso de gas en un 15% entre el próximo mes de agosto y marzo.

Respecto a la misma propuesta, apareció también oposición desde España: una de las principales titulares del área energética local, Teresa Ribera, deslizó a Reuters que: «Lamento profundamente decir que España no apoya esta propuesta«, y amonestó a la falta de consenso en torno a la iniciativa: «No pueden exigir un sacrificio del que ni siquiera han pedido nuestra opinión previa«. Clara amonestación al nivel de intercambio de visiones desenvuelto en las entrañas de la UE respecto al problema en cuestión, en una dinámica más preocupada por agilizar tiempos sin sacrificar sanciones establecidas antes de verificar que, efectivamente, todos sus miembros estén en la misma página.

Por último, bien podemos destacar como Alemania se encuentra percibiendo de lleno el peso del nuevo paradigma en torno a la dinámica de los recursos desde la invasión rusa a Ucrania, y tras las sanciones consecuentes. El caso alemán es citado por Reymond y Rimbert como una síntesis exacta de “la incoherencia europea”. El intercambio gasífero entre alemanes y rusos se encuentra cimentado a principios de siglo, con los acuerdos de una Rusia atravesando una fortísima crisis económica y una Unión Europea dispuesta a solventar lazos comerciales con dicha nación. En el caso de Alemania en específico, los autores hacen fuerte hincapié en la dependencia germana para con los hidrocarburos rusos debido a que “al decidir en 2011 el cese de la industria electronuclear, la canciller alemana Ángela Merkel acentuó la dependencia de Berlín hacia Moscú”. 

En la jornada del pasado 11 de julio, inicio de semana, el portal France24 dio la alerta de una noticia impactante para la propia vida cotidiana del país: “Alemania no tiene suministro de gas desde tempranas horas de este lunes”. El gasoducto Nord Stream 1 pausó el suministro en la materia “al menos” por diez días debido a ingresar en calendario de mantenimiento. Si bien las fechas coincidían con los tiempos de revisiones técnicas desarrollados en 2021, el gobierno alemán se puso en alerta por encontrarse ante un posible escenario de utilización desde Rusia de un recurso esencial como arma política. La provisión de gas ya había padecido en junio una caída de hasta el 60% respecto a lo acostumbrado a enviarse desde Rusia a Alemania. Las explicaciones “de fines técnicos” provenientes desde la tierra de Vladimir Putin fueron rechazadas por sus pares alemanes. El mencionado portal de noticias citaba las duras advertencias de la Asociación General de Arrendadores de Alemania respecto al impacto en el costo de vida que el cese en el Nord Stream 1 generaría en los ciudadanos de a pie, en un escenario dónde los precios de la energía habían escalado un 37% para el mes de mayo, lo que, en palabras de la entidad para France24: «representa un aumento de 508 euros anuales para una persona que vive sola y 938 euros para una familia de 4 personas”.

El asunto, al profundizar Rusia su argumento al respecto, se sintetizaba en una única palabra: turbina. Casi como si se tratase de la canción infantil “Sal de ahí chivita-chivita”, los rusos respondieron a los alemanes que el gasoducto no podía reactivar su provisión hasta que Canadá no liberase unas turbinas de gas imprescindibles para el funcionamiento del mecanismo, las cuales fueron enviadas al país de América del Norte para una reparación, y habían quedado retenidas como consecuencias de las sanciones. Los canadienses, aludiendo a la sensible situación económica a la cual se sometería a Alemania en caso de no reactivarse el suministro, enviaron a Europa las turbinas requeridas. Volodimir Zelensky, líder ucraniano, mantuvo fortísimas críticas hacia Justin Trudeau, primer ministro canadiense, tras el envío de dichos elementos. Acusó a la medida de violar el régimen de sanciones y alegó que «los ucranianos jamás aceptarían la decisión de Canadá«. Sus comentarios, sin embargo, transitaron con pisadas mudas en las negociaciones por el destrabe del gas ruso. 

El pasado jueves 21 de julio, el suministro de gas volvió a fluir. Los alemanes respiraron aliviados, pero con un pié ya colocado en la nueva fase de este proceso: un Nord Stream 1 que no suministrará el caudal usual del recurso en cuestión y que puede ser empleado desde Rusia como herramienta de coerción política, las medidas de racionamiento del gas como materia prima para la composición de una transición hacia un destino aún incierto, una contraofensiva de Putin a las sanciones que lejos está de disiparse y con el proyecto del Nord Stream 2, un nuevo gasoducto ruso-alemán que funcionaría en adhesión al primer Nord Stream y que potenciaría la capacidad de envío de gas desde Rusia, debatiéndose en torno a su futuro luego de la suspensión -decretada por el gobierno alemán- de su proceso de certificación a partir de la invasión a Ucrania, con los abocados al área analizando la posibilidad de una expropiación parcial del mismo por parte de Alemania, y con Estados Unidos bajándole el pulgar a cualquier “prórroga” en las sanciones que suavice el congelamiento en las relaciones internacionales para con Rusia, hecho que ha dejado en punto muerto a la mencionada construcción.

El gas natural está llamado a cumplir un rol preponderante. Hoy en día es un bien escaso. Respecto al gas natural licuado, habrá una competencia por lo menos en dos o tres lustros para apropiarse de éste” analiza con vistas a futuro Juan José Carbajales. Los líderes de la Unión Europea saben que cualquier imagen positiva capitalizada a partir del apoyo a Ucrania comienza a devaluarse entre su electorado a medida que las tarifas aumentan, los parches recaen y el invierno se aproxima.

Escrito por

De Zona Sur. Estudiante de Ciencia Política en la UBA, conductor de Contra Todo Pronóstico y bebedor de café negro.

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