Boris Johnson sobrevive entre la desconfianza de su propio partido y acciones legales de la Unión Europea

El Palacio de Westminster -edificio que alberga las dos cámaras del Parlamento del Reino Unido- vivió una semana turbulenta. Y en el centro de la escena, una vez más, estuvo el primer ministro Boris Johnson, quien a pesar de los escándalos extrapolíticos y los contratiempos que le genera el Brexit, se aferra como puede al poder.

Tras la publicación del informe final que derivó de las investigaciones sobre las fiestas que Johnson organizó en su residencia en junio de 2020, mientras la población británica se mantenía confinada por la pandemia de coronavirus, el líder del Partido Conservador debió someterse a una moción de confianza dentro de su propio espacio político.

A pesar de tratarse de una votación interna, sin la participación de los opositores, la contienda resultó bastante reñida para el primer ministro: obtuvo 211 votos a favor y 148 en contra. Si bien estos resultados le permiten a Johnson permanecer en su puesto, a la vez reflejan la crisis de liderazgo que atraviesa su mandato (más del 40% de su bancada optó por removerlo).

Luego del escándalo desatado por el partygate, la imagen del conservador se ha visto dañada entre los británicos. De hecho, este es uno de los factores que explican que gran parte de sus compañeros de espacio le hayan soltado la mano: muchos consideran que, manteniendo su figura al frente del partido, los laboristas podrían sacar ventaja en las próximas elecciones.

El conflicto con Bruselas por el Protocolo de Irlanda del Norte

Al mismo tiempo que intenta sortear los conflictos internos, Johnson continúa lidiando con los problemas que acarrea el Brexit. En este caso, se trata del controversial Protocolo de Irlanda del Norte, que mantuvo a esta nación constituyente del Reino Unido bajo el manto de la Unión Europea (UE) en varios aspectos.

Cuando en enero de 2020 el Brexit se hizo efectivo, Londres y Bruselas (capital de la UE) debieron volver a fijar límites fronterizos. Sin embargo, Irlanda del Norte representó un problema por dos cuestiones: en primer lugar, porque se encuentra en la isla de Irlanda (en frente de Gran Bretaña). Y en segundo término, porque los Acuerdos de Viernes Santos firmados en 1998 establecen que no puede haber una frontera física entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda.

De este modo, se firmó el Protocolo de Irlanda del Norte, que básicamente resolvió fijar el límite fronterizo en el mar de Irlanda, dejando a Irlanda del Norte dentro del paraguas de la Unión Europea.

Como era de esperar, esta medida no cayó para nada bien entre los unionistas de Belfast, ya que prácticamente los deja fuera de su propio país. Entonces, a modo de protesta, los líderes del Partido Unionista Democrático (DUP, por sus siglas en inglés) se niegan a formar un gobierno y prolongan un estancamiento político.

Por eso, con la intención de satisfacer a los norirlandeses, ahora Johnson ha decidido anular gran parte del Protocolo de Irlanda del Norte. No obstante, esta decisión encendió las alarmas en Bruselas, que ya anunció que emprenderá acciones legales contra el Reino Unido por violar lo previamente acordado.

Ante esta situación, el primer ministro conservador continúa al frente del Reino Unido, aunque cada vez se ve más presionado tanto en el plano interno, con una desconfianza creciente entre gran parte de la sociedad y hasta de su propio partido; y en el plano externo, a las puertas de una contienda legal con la Unión Europea. ¿Logrará Johnson aferrarse al poder por mucho tiempo más?

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