UN PAÍS NORMAL

A menos que un cisne negro emerja del Río de la Plata y devore a la Argentina con dos o tres picotazos -escenario improbable, pero posible en un país con avistamiento cotidiano de esa fauna-, el acuerdo con el FMI está virtualmente aprobado. Solo falta que los senadores aprieten el botón verde. A juzgar por la votación en la Cámara Baja y los trascendidos que pueblan los portales de noticias, el apoyo legislativo será robusto, con una combinación de abstenciones y votos en contra que estará lejos de bloquear la aprobación. Se cierra una etapa. ¿Qué se abre?

Horizonte Hundido

Más allá de la grieta, más allá de los halcones, las palomas y los cisnes negros, algo une al pueblo argentino: la idea compartida de que no hay salida. Luego, cada cual imputa responsabilidades amarillas o azules o, simplemente, mete a todos en una misma bolsa que dice “casta”. Pero el diagnóstico terminal es prácticamente universal.

Desde algunos ministerios y voceros de eso que llamamos albertismo surge una defensa intuitiva: la de tirar números de crecimiento, de producción, series temporales. Ciertas o no, sesgadas como cualquier estadística que pone la lupa en un conjunto de datos más o menos arbitrarios, las personas de a pie no decodificamos fácilmente esos números, no los sentimos en nuestro metro cuadrado. Sí decodificamos, en cambio, la inflación, los salarios deprimidos, el sálvese quien pueda. ¿La oposición y algún sector de los medios lo alimentan con, por ejemplo, cataratas de relatos exagerados de físicos nucleares que debían manejar un taxi en Argentina y ahora se están haciendo la América en Europa? Sí. Eureka: quienes tienen la responsabilidad de gobernar descubren que existe la política. Personalmente esperaba más.

Mi impresión: hace falta alguien que dibuje un horizonte. ¿Parece una obviedad, no?

Veamos: ¿qué NO es un horizonte? Tirar al voleo categorías con las que no se identifica la opinión pública a la que se busca interpelar, por ejemplo. Si nos tapan los ojos y nos sueltan en un grupo de votantes de Vidal, o lo hacen con votantes de López Murphy o Milei, posiblemente erremos al identificar quiénes son halcones y quiénes palomas solo escuchando opiniones sobre la coyuntura. Esas categorías no ordenan la cabeza de la gente. No hay ideología ahí, al menos en la mayoría de los casos (es decir, en la mayoría que puede inclinar el humor social o, por caso, una elección). ¿Qué se pide? Soluciones. Endurecerse o moderarse son vistos como medios para llegar a un fin, no como fines en sí mismos. Y de vuelta al principio: lo que falta es un fin. El sistema político se cocina en su propia salsa, y cuando se siente ese aroma ya sabemos en qué cabecera de la mesa se sientan los comensales.

En resumen: hay quienes ofrecen estabilidad, pero sin proponer bonanza: todo Juntos por el Cambio, cuya historia de gobierno y su propuesta es de ajuste y ajuste y más ajuste; el Frente de Todos no kirchnerista, que trae un acuerdo de ajuste; los libertarios, cuyo curioso ajuste a la clase política se llevaría puesta, por añadidura, a toda la población que debería afrontar el aumento de todos los precios y la desregulación total del mercado laboral, del sistema previsional de cuanto sostén estatal haya.

Pero también están los que proponen bonanza, pero sin un camino creíble para llegar a ella. La figura más resonante de este bloque es Máximo Kirchner. Las pruebas están a la vista: las encuestas indican que aproximadamente dos tercios de la población está de acuerdo con pactar con el FMI, y el número no es demasiado menor entre los seguidores de la vicepresidenta. Para vencer primero hay que convencer, y la pataleta de este lado de la grieta dentro de la grieta no convenció a nadie.

Nestor Kirchner para armar

Otro revoleo más al que nos acostumbramos esta última semana: Néstor Kirchner. Para unos, un líder épico que bajó de Sierra Maestra para ajustar cuentas con los mandamases del FMI; para otros, un pagador compulsivo capaz de decir, por su propia boca y la de su Ministro de Economía Martín Guzmán, un 28 de enero, que había logrado cerrar un acuerdo sin ajuste… perdón, eso fue este año. Mala mía.

Las palabras no suelen ser las mismas, pero es bueno mirar al pasado, sobre todo cuando parecen faltar las ideas. ¿Qué decía Néstor Kirchner, por ejemplo, en 2003? Ni bajar de Sierra Maestra, ni firmar lo que viniera. Mucho más simple que eso:

Casi en la misma época, unos meses antes, La Nación tomaba un textual del entonces gobernador y ya candidato presidencial:

Simple, ¿no? En resumen: no hay ideología en la opinión pública. O, mejor dicho, hay procesos de radicalización o moderación, hay autojustificaciones a posteriori; pero, paradójicamente, hay una ideología compartida por todos y extraordinariamente: la de la estabilidad. Eso que llamamos la gente quiere vivir tranquila, proyectar al menos a un par de meses, que le resuelvan los problemas, no sentir que su cabeza está a punto de explotar porque, mire para donde mire, solo hay abismo. Votar como halcón o votar como paloma es, en todo caso, una decisión coyuntural, un medio para llegar a un fin. ¿Quién puede dibujar un horizonte creíble, un objetivo y un camino para llegar a él?  Porque la radicalización por sí sola no alcanza, y la moderación por sí sola tampoco. Me pongo pesado con esto, ya sé, pero me obsesiona que el canal de escucha entre arriba y abajo parezca destruido cuando el mensaje de la calle debería ser obvio.

Comentario final para fanáticos de la historia: las obreras y obreros, campesinas y campesinos, soldados que llevaron adelante el acto más radicalizado de que se tenga registro histórico en la Rusia de 1917 no recitaban el Manifiesto Comunista por las calles, ni enarbolaban banderas con las once tesis sobre Feuerbach que escribió Marx setena años antes. Pedían, simplemente, “paz, pan y tierra”. Traducido a esta época, pedían un país normal.

Escrito por

Licenciado en Ciencia Política (UBA). Posgrado en Opinión pública y Comunicación política (FLACSO). Investigador.

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