A 200 años de la muerte de Napoleón: la vida de un hombre obsesionado con las islas

La figura de Napoleón ha sido estudiada desde muchas perspectivas. Abundan anécdotas y datos tanto en libros como en internet acerca de su extraordinaria vida. Los detalles, en efecto, están al alcance de todos. Por eso hoy, a 200 años de su muerte, lejos de realizar un minucioso recorrido cronológico de su vida resulta más oportuno enfatizar un aspecto a simple vista no evidente en la vida del francés: su obsesión por las islas.

Cada 5 de mayo resuena el nombre del lugar en que Napoleón pasó a la inmortalidad. Santa Elena es una pequeña isla, parte de los territorios de ultramar británicos, ubicada en el Océano Atlántico a una distancia para nada reducida de la costa africana. Allí pasó los últimos seis años de su vida tras ser derrotado. Su vida acabó en una isla. Empezó, no obstante, también en una.

Napoleón Bonaparte llegó al mundo, valga el anacronismo, más italiano que francés: su nombre era Napoleone Buonaparte. Nació en Ajaccio, capital de Córcega, el 15 de agosto de 1769, meses después de que esta isla fuera anexada por el Reino de Francia. Su lengua nativa era el dialecto corso y, a pesar de que las circunstancias de su vida le permitieron formarse en Francia y aprender el idioma, sus primeras ambiciones no estaban dirigidas a la nación continental: quería, como buen patriota, liberar a Córcega de los franceses.

Napoleone odiaba a Francia, pero sobre todo detestaba a la monarquía. Y si bien su desprecio por la aristocracia era notorio, incorporó en las instituciones francesas los conocimientos militares que habrían de servirle en la guerra: la guerra, según él, para liberar a su amada isla. La obsesión de Napoleone con Córcega se mantuvo durante su adolescencia. Pero, como es sabido, sus futuras batallas terminarían siendo no contra Francia, sino a favor de ella.

La Revolución Francesa en 1789 marcó un giro en la vida de Napoleone, quien compartía con los principios de libertad e igualdad. No de fraternidad, hasta ese momento, porque los franceses no eran sus hermanos, sino sus enemigos. La independencia de Córcega había sido su principal objetivo; pero los ideales de la revolución ofrecían ahora un nuevo camino para aquel corso que, con 20 años, ya había sido suficientemente afrancesado.

Quizás, Córcega podía ser parte de Francia si recibía mayor libertad. Pero en esta isla, para los independentistas más radicales, dicha posibilidad era inaceptable. Tras una serie de eventos trágicos y de fuertes desacuerdos, Napoleone y su familia fueron expulsados por sus compatriotas de su isla natal, acusados de traición. Córcega jamás sería independiente; pero desde este momento, abandonada la idea de ocupar un rol importante en su isla natal, Napoleón comenzó su extraordinaria carrera militar al servicio de la república francesa.

Desde 1792, el país se encontró insertado en una guerra total contra otras potencias europeas. Estas circunstancias constituyeron el caldo de cultivo para el meteórico ascenso del general Buonaparte, que poco después habría de quitar la “u” de su apellido para que sonara más francés. Sus éxitos militares comenzaron en 1793. Continuaron con la represión de una protesta popular. Siguieron con su victoriosa campaña en Italia. Y con 29 años, ya apuntaba a conquistar Medio Oriente. En esta aventura, aun así, su antiguo amor por Córcega pareció mutar manifestando una nueva obsesión hacia otra isla: el odio a Gran Bretaña. La campaña de Egipto en 1798 fue el primer gran desastre militar de Napoleón. Si bien en Francia fue considerado un héroe, jamás olvidó que el fracaso de esta campaña radicó principalmente en la fuerza naval de Gran Bretaña. Esta isla sería a partir de aquel momento la mayor frustración en los planes napoleónicos.

En la campaña de Egipto, Napoleón vivió su primer gran fracaso militar.

En 1799, Napoleón llevó a cabo un golpe de Estado. Cinco años después, se coronó como Emperador de los Franceses. Con él, suele decirse, terminó la revolución. Las campañas terrestres contra las diversas coaliciones europeas (que no aceptaban los cambios ocurridos luego de 1789) no dejaban de aumentar su prestigio militar. En las campañas navales, aun así, la situación era muy diferente. En 1805 el Imperio francés confirmó su debilidad marítima con una desastrosa derrota más: en la batalla de Trafalgar la flota británica destruyó a la alianza franco-española. Los planes de Napoleón se enfocaron entonces en aislar económicamente a Gran Bretaña: en esta obsesión, su objetivo era prohibir en Europa el comercio con esta isla. Para esto, por supuesto, debía primero someter a las naciones que se resistieran. Una de ellas fue el Imperio ruso.

Una Rusia reacia a obedecer el bloqueo continental de Napoleón no puede desentenderse de la conocida campaña de 1812. En este año, las tropas francesas cruzaron las fronteras rusas para luchar contra un enemigo que, inicialmente, no se presentaba a combatir. La estrategia rusa de retirarse y evadir el conflicto demostró su eficacia. En pleno invierno y sin el equipo adecuado, el ejército napoleónico terminó desgastado. Cuando la retirada francesa fue entonces necesaria, comenzó la ofensiva rusa.

Una serie de derrotas posteriores frente a las potencias europeas marcaron el colapso del imperio napoleónico. En 1814, el emperador fue obligado a abdicar a favor de la vieja dinastía francesa. Había un consenso generalizado entre los vencedores de que Napoleón debía ser aislado de Francia. La propuesta: regresarlo a una isla. El emperador de los franceses y de gran parte de Europa recibió entonces un microestado: le concedieron el título de Príncipe de la isla de Elba, un pequeño territorio cerca de la costa toscana. Pero incapaz de permanecer en la diminuta isla, no pasó mucho tiempo antes de que decidiera escapar y regresar al continente.

Napoleón se encuentra con sus soldados tras regresar de la isla de Elba.

Por eso en 1815, sin derramar ni una gota de sangre, atravesó una Francia territorialmente reducida y, convertido en emperador por la aclamación de la gente, llegó a París. Con la mirada en Gran Bretaña, puso en marcha el plan de derrotar a la última coalición en una batalla decisiva: Waterloo. La confianza en sus innumerables victorias del pasado, sin embargo, no fue suficiente esta vez. En este último combate, su genio militar no obtuvo los resultados que esperaba contra su viejo enemigo. Sus expectativas rápidamente se desvanecieron.

Derrotado, Napoleón se retiró a París, donde abdicó por segunda vez. En esta ocasión, las potencias europeas no fueron generosas con su exilio. Gran Bretaña ofreció una prisión singular: Napoleón debía ser recluido en la isla de Santa Elena, lejos de su familia y de toda Europa. Como prisionero, no habría de pisar nuevamente el viejo continente: nació y moriría en una isla.

Los últimos años de su vida fueron desoladores. Falleció hace 200 años probablemente de un cáncer de estómago, rodeado por sus captores y algunos sirvientes fieles. Originalmente, los británicos no quisieron que su cuerpo fuera llevado a Francia: fue trasladado muchos años después, en 1840. Allí, en medio de la aclamación del pueblo y de soldados veteranos, recibió el grandioso funeral que le había sido negado en la isla de Santa Elena.

La tumba de Napoleón.

Hoy en día, la tumba de Napoleón se halla en Los Inválidos, París. Su testamento, en fin, fue tenido en cuenta: pidió descansar cerca del pueblo francés. Pero antes de morir también consideró dos deseos no menos importantes en torno a su vieja obsesión por las islas. Por un lado, exigió que no fuera enterrado en Gran Bretaña para evitar que las autoridades se beneficiaran políticamente de su muerte. Por el otro, contempló que sus restos, si no descansaban en París, regresaran entonces a la isla: Córcega, la tierra en la que había nacido.

Para saber más:

Broers, M. (2014). Napoleon. Soldier of Destiny. Pegasus Books.

Escrito por

Estudiante de Ciencia Política y Gobierno (UTDT).

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