#PopPurrí N°2 – Criptoarte: Thanks, I hate it (Parte I)

El criptoarte entra campante al mundo del internet. Como sus hermanas, las criptomonedas,  se proclama como una opción alternativa y reaccionaria a los mercados tradicionales, que empoderará artistas al llenarles los bolsillos y quitarle la suciedad al injusto mundo del comercio del arte.

En esta edición, me comprometo a explicar qué es, cómo se presenta, y por qué deberíamos aproximarnos a él con una postura de desconfianza. En la próxima, vamos a analizar sus implicancias más allá de la compra-venta inmediata.

Esto se va a poner un poco técnico, pero espero me sigan. Sin embargo, puede que el vocabulario no sea 100% apropiado: mi meta es volver los términos accesibles (y soy graduada en Ciencias Sociales después de todo).

¿Pero qué es el criptoarte?

El criptoarte es un NFT o Tokens No fungibles: una unidad de valor emitida por una entidad privada cuyo uso no lleva a su extinción (puede seguir utilizándose después de su consumo). En palabras simples, es la representación de una obra de arte almacenada con el mismo mecanismo que utilizan las criptomonedas, el blockchain o cadena de bloques.

Este nació en Ethereum, una de las principales plataformas de cadenas de bloques, como espacio para la compra de pequeñas imágenes y gifs coleccionables. Sin embargo, hoy se ha extendido hasta representar piezas de arte físico en el mundo virtual.

Lo que diferencia a un NFT de las piezas que podés ver en las redes sociales y simplemente descargar en tu computadora, es que los primeros aseguran la autenticidad de la pieza, su propiedad, inmutabilidad y trazabilidad. Los NFT se obtienen a través de un procedimiento diseñado de manera tal que se pueda acceder a la data detrás de la compra, rastrear por qué manos ha pasado y dónde estuvieron almacenados sus fragmentos. 

Si decidieras adquirir uno no recibirías un PDF o PNG en tu correo, sino una dirección URL que te remitiría a una red de almacenamiento y distribución IPFS. Para acceder al archivo, deberías instalar un software IPFS para poder descargarlo en tu dispositivo. Además, recibirías un certificado de autenticidad que incluye título, año de producción, materiales usados, dimensiones, firma del artista, etc. 

Si la metáfora ayuda, comprarías la llave (URL) de una casa (IPFS), cuyos bienes se guardan en distintas habitaciones (la principal característica del IPFS es su descentralización) en pos de coleccionar los bienes que hay dentro (criptoarte). Además, obtenés los registros del constructor (la plataforma blockchain), los decoradores (artistas) y todos los dueños anteriores; y por supuesto, el título de propiedad (certificado de autenticidad).

En definitiva, en este intercambio el comprador recibe una pieza original, única, de la que puede disponer a piacere y conocer su historial completo; y el vendedor recibe a cambio un dinero no sujeto a disposiciones bancarias ni regulaciones gubernamentales, o sea, criptomonedas.

También es una mentira. 

Corto y al pie: El criptoarte no puede asegurar la autenticidad, ni propiedad ni durabilidad del bien. Ni siquiera los beneficios para los artistas.

En primer lugar, la autenticidad de la pieza está en cuestión. Artistas deben actualizar constantemente sus contratos por comisión para asegurarse que las obras realizadas a pedido no sean revendidas en el mundo virtual. Esto es aún más complejo en los casos de arte robado. Por ejemplo, si alguien vende ilegítimamente la propiedad de una pieza que yo misma creé (y que aún poseo), técnicamente, el título de propiedad del NFT me impediría adulterar la obra, destruirla o venderla a un comprador nuevo hasta que se pruebe que el bien es mío.

Sin embargo, los agujeros legales se hacen aún más grandes a la vez que otros nuevos aparecen. Salvo contadas excepciones, la legislación respecto de blockchain y los NFT es casi nula; sumado a que muy pocos artistas pueden cubrir los costos de servicios legales (y menos para procesos que podrían tomar años). 

Del otro lado de la moneda, la propiedad sobre el criptoarte tampoco es total. El título oficial es “Digital Ownership”, pero su uso es tan vago como el término. En la venta del NFT más caro de la historia, los términos y condiciones indicaban: “Se da por entendido que la propiedad de un NFT no acarrea derechos, expresos o implícitos, otros que los derechos de propiedad del lote (específicamente, el arte digital tokenizado por el NFT) […] Se da cuenta y representa que hay una incertidumbre sustancial respecto de la caracterización del NFT y otros activos digitales aplicables a la ley” (Traducción propia). En palabras de David Gerard: Sólo se compra especulación, se adquiere la escasez del bien más que el bien en sí.

Finalmente, creadores de contenido como Jonty Wareing, IsYourGuy y Micah Elizabeth Scott denunciaron que la enorme mayoría de las veces la metadata del archivo se encuentra en el enlace URL de la red de almacenamiento, no en su Hash. Básicamente, va a suceder lo mismo que con la generalidad de las páginas web del 2006: se van a caer sus servidores y ellas van a desaparecer para siempre ¡Sólo quedarán llaves para terrenos baldíos!

Para todas estos puntos existe un “pero” por parte de sus defensores, junto con varias soluciones paliativas que ya se encuentran en marcha. Pero no puede arreglarse la naturaleza del sistema.

Conclusiones provisorias

El criptoarte poco tiene que ver con el arte. No es que por contraposición el mercado de arte tradicional sea un sitio para el goce de los estímulos sensitivos y apreciación de la trascendencia de nuestra efímera existencia humana: por algo “mercado” va antes que “arte”. Es un espacio sumamente desigual, donde millones no pueden sostenerse económicamente produciendo arte y pocos facturan millones especulando con obras accesorias. 

Pero el criptoarte no cambia el estado de las cosas. Esta “solución” no es más que un viejo problema con características 3.0. (y nuevos enredos bajo su brazo). 

Sé que esta exploración sabe a poco, y que su lectura es tan pesada como licuado de hamburguesa, pero tomémosla como un ejercicio de respiración para el buceo que realizaremos en la próxima edición.

¡Hasta entonces Poliwhiskers! Cuídense mucho.

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