La arquitectura como dispositivo de soft-power internacional

Luego de los cambios producidos en la interpretación y conceptualización de la política internacional, los métodos de crear o destruir influencias ideológicas fueron modificados y ajustados a un clima mayormente moderado, generalmente alejado de los conflictos bélicos o las provocaciones militares (Nye, 2004, pp. 18 – 21). El nacimiento del “poder blando” o soft power como consecuencia de este cambio metodológico es, sin dudas, algo que también se evidenció en la arquitectura. Descripto por Joseph Nye como “la habilidad que tiene un gobierno o un país para conseguir sus intereses, influenciando el comportamiento de otros a través de métodos atractivos y convincentes”, el soft power fue y es utilizado por muchas naciones como una herramienta estratégica muchas veces primordial (Nye, 2004, pp. 5 – 10).

Específicamente desde la arquitectura, siglos antes de que este término fuera descripto y analizado, las naciones colonizadoras encontraron un modo de someter a las poblaciones que conquistaban e imponer, de esta forma , su cultura y su tradición. En América Latina, la España católica utilizó tres recursos para hacerlo: destruyendo los lugares de culto indígenas y reemplazandolos con los propios, muchas veces utilizando los mismos cimientos de éstos para emplazar dichas catedrales e imponer su autoridad; adaptando los lugares de culto a las tradiciones constructivas y estéticas locales, como las que se pueden observar en las misiones jesuíticas de Argentina y Paraguay y la más importante, muchas veces complementaria a las otras dos, creando universidades y promocionando los modos de diseñar arquitectura europeos en los conventos y gobiernos de las Indias, creando de este modo una hegemonía que incluso hoy perdura. Siglos después, los actores cambiaron y muchas veces los intereses e ideologías que fueron transmitidos también, evolucionando dentro de los cánones académicos y de los órdenes más o menos homogéneos que se podían encontrar en las naciones occidentales.

El Antiguo Convento de Santiago Tlatelolco, en la Ciudad de México, es uno de los tantos ejemplos que evidencian cómo los colonizadores españoles afirmaron su poder político, social, religioso y estético a través de la arquitectura.

Citando otro ejemplo, durante la guerra fría, tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética utilizaron el soft power cultural (Nye, 2004, p. 11) como una herramienta indispensable en sus relaciones internacionales. Por un lado, el gobierno americano ofrecía un discurso meritocrático, el “sueño americano”, visible en el chalet familiar, parte de una ciudad ajardinada, limpia y amigable, diseñada para el automóvil y con una estética profundamente centrada en la familia y los valores intrínsecos a ésta. Por el otro, el Politburo soviético daba pasos agigantados en influir en las estéticas arquitectónicas y urbanísticas de Europa y América. Las vanguardias soviéticas —el constructivismo, por ejemplo— eran vendidas como producto soviético “for export” de excelencia, siendo a veces complementado por el monumentalismo estalinista o el brutalismo que tuvo su boom en la Yugoslavia de Josep Broz Tito. De este modo, las facultades de arquitectura de las naciones bajo la órbita de la URSS estaban plagadas de estos lenguajes que vanagloriaban lo colectivo, lo industrial y lo cooperativo. 

Incluso antes de la Guerra Fría, ya las influencias soviéticas de la Bauhaus o los grupos vanguardistas de la República Española habían sido duramente criticadas y provocado el exilio de sus miembros en sus naciones. Durante el transcurso de la segunda mitad del Siglo XX, esta imposición de la cosmovisión del Politburo soviético fue la más notoria de todas. Así se evidencia en los rascacielos que Josep Stalin “obsequió” a las naciones del Pacto de Varsovia. Estas torres monumentalistas, símbolo del régimen estalinista, eran denominadas las “siete hermanas” de Moscú, y el líder soviético las diseminó por toda su órbita de influencia: en Kiev, una de ellas alojó un hotel; en Varsovia, el Palacio de Cultura y Ciencias; en Bucarest, fue la sede del periódico del Partido Comunista; en Praga, otro hotel; en Riga, fue la Academia de Ciencias de Letonia. 

El Palacio de Cultura y Ciencias en Varsovia, regalo de Josef Stalin al pueblo polaco, resembla estilísticamente, en su forma y su envolvente, al Hotel Ucrania de Moscú, uno de los emblemas de la arquitectura estalinista.

No fue la primera ni última vez que el gobierno soviético realizó esta operación. El edificio de la Embajada Soviética en Cuba es otro de los ejemplos más radicales del soft power que esta nación implementó para influenciar en dicho país. Más allá de las operaciones políticas que pudieran llevarse a cabo en el edificio, su estética es per se el dispositivo que marca y delimita la concepción que los cubanos podrían tener sobre la Unión Soviética. Basta con ver el diseño del edificio —de estética brutalista, con hormigón a la vista, con una torre desproporcionada respecto a la altura del resto de los edificios del barrio donde se emplaza, y con una forma reminiscente a una jeringa o a una espada— para entender lo que el Politburo y su arquitecto quisieron transmitir. En la arquitectura, nada es coincidencia, sino consecuencia. En un contexto diseminado de una cultura hispánica, con mixturas afroamericanas e indígenas, donde la estética dominante era la clásica heredada de las tradiciones coloniales españolas, la Unión Soviética emplazó un edificio radicalmente opuesto a las tradiciones cubanas, intentando, quizás, reforzar la influencia que ya habían logrado por la fuerza tras la Revolución que activamente financiaron y apoyaron.

El edificio de la Embajada Soviética (hoy rusa) en Cuba resalta en el paisaje urbano, demostrando así el poder que quiere transmitir.

Más allá de estos discursos explícitos, resulta interesante identificar cómo esto ocurre con lógicas que hoy se pueden reconocer diariamente. En otras naciones, la estética arquitectónica quizá no fue utilizada por gobiernos para imponer una influencia, pero sí creó una afinidad intrínseca en la percepción de sus ciudadanos. No es coincidencia que la estética parisina de Buenos Aires provoque que los porteños se autoperciban como individuos europeos, porque es el colectivo imaginario dentro del cual crecieron y el cual reconocen como familiar y amigable. Claramente, esto es consecuencia de un discurso imperante durante el fin del Siglo XIX y principios del XX, en la que la Academia de Bellas Artes francesa tenía una gran influencia, la cual era alimentada por el gobierno francés y sus embajadas. En otras naciones, esto también ocurría bajo el mando de otras naciones, como el Reino Unido en Canadá e India, por ejemplo. 

La estética arquitectónica es uno de los elementos culturales que mejor retratan la influencia que una sociedad tuvo o tiene. En palabras de Nye, cuando la cultura de un país incluye valores universales y sus políticas promueven valores e intereses que otros comparten, ésta aumenta la probabilidad de obtener sus resultados deseados debido a las relaciones de atracción y de deber que produce (Nye, 2004, p. 11). Al caminar por la Avenida Leandro Alem y ver los rascacielos de Catalinas Norte, se pueden reconocer ciertos sentimientos por parte de éstos: capitalismo, inversión, desarrollo, etc. No es coincidencia que estas torres fueran diseñadas y construidas durante el acercamiento a los Estados Unidos que tuvo el país durante y luego del Proceso de Reorganización Nacional. Es la misma lógica que utilizaron los británicos al construir las estaciones de ferrocarril que hoy admiramos en toda la extensión de la república. 

Sin tener como objetivo provocar un juicio moral de la estética arquitectónica en su percepción diaria, mas alimentar una conciencia crítica de toda la simbología e ideología subyacente en los edificios que se habitan y observan, uno puede construir un entendimiento propio. Esto es lo más valioso que tiene la arquitectura. Más allá del poder que una nación pueda querer imponer a través del diseño de un edificio, de nada vale si uno es capaz de reconocerla y entenderla. Quizás, en algún futuro, esto cambie la percepción colectiva del poder político y de su rol en la ciudadanía. Hasta entonces, podemos mirar y criticar sin vergüenza.

REFERENCIAS

NYE, J. (2004) Soft Power: The Means to Success in World Politics. En: Public Affairs.

Escrito por

Estudiante de arquitectura de la Universidad Nacional de la Matanza. Fundador de la Revista PLIEGO. Becario Fulbright 2018.

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