El dilema del “ser” europeo

Existe una idea generalizada de que cuando se habla de la “identidad europea” inherentemente se hace referencia a la Unión Europea, lo cual es no es del todo cierto. En los últimos años se ha identificado de manera directa a la entidad supranacional con el continente cuando dentro del proceso de integración existen numerosas excepciones escondidas bajo el manto de la “hermandad europea”; un ejemplo de esto se representa en que de los 28 países miembros, 19 utilizan el Euro, 4 no pertenecen al Espacio Schengen y hay tres que si lo hacen, pero sin ser miembros de la UE.

Pareciera ser que aquella diversidad que es reconocida por la Comunidad Europea como su principal virtud, es  hoy en día la principal fuente de sus problemas. 

La Unión Europea se funda luego de Maastricht a partir de acuerdos previos desde los ’50 con la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero), la EURATOM, y la Comunidad Económica en la búsqueda de consensos a la salida de las dos guerras mundiales bajo la idea de un destino conjunto producto de una historia y valores compartidos. 

No obstante, la Unión Europea se enfrenta hoy en día a una de sus mayores crisis que pone en jaque la mismísima viabilidad del proyecto político europeo. La crisis de refugiados, la inestabilidad económica de sus más recientes miembros junto con el resurgimiento de la derecha en gran cantidad de países, los reclamos por mayor democratización y la incapacidad de la entidad en tratar una agenda política que cada vez es más extensa y volátil generan una creciente inestabilidad en la organización que se manifiesta en un rechazo cada vez mayor hacia la idea de una “identidad europea”, con un claro ejemplo en el Brexit británico.

En un informe presentado por el Parlamento Europeo en 2017, se exponía que la organización tenía dos formas de obtener legitimidad, por fundamento (basada en el consenso producto de la misma pertenencia a la UE) o por resultados. En 2019, la legitimidad de la entidad en ambas dimensiones está erosionada; la idea de la comunidad europea de naciones es cada vez más difusa frente a la reivindicación de las nacionalidades individuales, mientras que los resultados de las políticas implementadas dejan mucho que desear por parte de la población de los países miembros, lo que facilita el papel de los partidos de derecha con ideas anti-UE.

La figura identitaria en sí responde a tipos constructivos y se relaciona de manera directa con un sentido de pertenencia del individuo hacia un algo o alguien con el cual comparte elementos comunes, generando una especie de “unión” que es fundamental para el establecimiento de cualquier cuerpo político que se reconoce distinto a otros. 

El continente europeo está conformado por numerosas identidades representadas al nivel de los Estados Nación, los cuales incluso poseen múltiples más dentro de sus fronteras. El proyecto de integración europeo y su ambiciosa política de construcción de una identidad colectiva a nivel transnacional fue y es fundamental para que la entidad permanezca en pie.  Sin embargo, parece ser que la aquella diversidad de identidades que hace de la UE una propuesta original y única a nivel mundial es la misma que se configura como la principal amenaza a su constitución.

Es la debilidad de esta figura la base de los problemas a los cuales se enfrenta la UE. La existencia de una moneda común, un pasaporte europeo, una bandera o un himno no alcanzan; y es que la cuestión no está en las formalidades sino en las responsabilidades conjuntas que vienen junto con la membresía. Los Estados y sus ciudadanos, con el regreso de los nacionalismos y movimientos de derecha, ya no quieren hacerse cargo de problemas que no consideran como propios. Mientras que haya beneficios habrá comunidad, de lo contrario, no; en la Europa del S. XXI parece ser que ya no hay sentimientos comunes que valgan.

Escrito por

Licenciada en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE). Licenciada en Política y Administración Pública (UADE).

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