Cuando un gesto incomoda más que un discurso

El 22 de enero de 2026, durante una audiencia de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional francesa, el embajador argentino en Francia, Ian Sielecki, interrumpió su exposición al advertir que el mapa exhibido a sus espaldas presentaba a las Islas Malvinas como territorio británico. La reunión, convocada para intercambiar perspectivas sobre cooperación internacional y coyuntura global, quedó momentáneamente suspendida hasta que la representación cartográfica fue parcialmente cubierta con una nota adhesiva.

No hubo comunicado oficial francés, ni disculpa pública, ni protesta formal posterior. Sin embargo, el episodio tuvo una amplia y transversal repercusión en medios argentinos, donde fue leído como un gesto de reafirmación soberana en un contexto internacional y doméstico particularmente ambiguo. La escena, mínima en su forma, expuso una máxima mayor: la persistencia de la causa Malvinas en un mundo que reordena prioridades territoriales y en una Argentina cuya política exterior oscila entre la “prudencia”  y la indefinición discursiva.

Un acto mínimo en una escena cuidadosamente administrada

La intervención del embajador Sielecki fue institucionalmente sobria. No planteó una impugnación política explícita ni cuestionó a Francia como Estado. Se limitó a señalar que, en su carácter de representante argentino, no podía hablar frente a una imagen que naturalizaba una soberanía que la Argentina disputa conforme a resoluciones de Naciones Unidas.

La reacción francesa fue pragmática:  cubrir el mapa y continuar la audiencia. Esta respuesta revela menos una toma de posición que una voluntad de administrar el disenso sin hacerlo visible. Francia no apoyó el reclamo argentino, pero tampoco lo desestimó. Optó por neutralizar el símbolo sin discutir su contenido. En diplomacia, esa decisión no es inocente: es una forma de preservar equilibrios, especialmente cuando están en juego aliados estratégicos como el Reino Unido.

El clima de época: mapas, guerras y territorios que vuelven y persisten 

El episodio no puede leerse aisladamente. Ocurre en una época particularmente sensible a la cuestión territorial, donde los mapas dejaron de ser dispositivos técnicos para volver a ser afirmaciones de poder. Ucrania, Gaza, el Ártico, Taiwán o el Mar del Sur de China forman parte de un mismo clima internacional: el retorno de la soberanía como conflicto central.

En este contexto, Europa ha construido un discurso normativo de defensa del derecho internacional y de rechazo a las anexiones forzadas. Sin embargo, ese discurso convive con silencios selectivos frente a disputas heredadas del colonialismo. Malvinas es una de ellas. No encaja del todo en el relato europeo contemporáneo, pero tampoco puede ser negada sin incomodidad.

La reacción francesa  es sintomática de esta época: se evita el conflicto explícito, pero también el debate de fondo. El problema no es el error cartográfico, sino la persistencia de una disputa que el orden internacional preferiría considerar resuelta por inercia.

La repercusión 

En Argentina, el impacto fue inmediato. Medios de distinta orientación editorial destacaron el episodio, y dirigentes políticos de espacios ideológicamente opuestos coincidieron en valorar el gesto. Esa transversalidad no es anecdótica: confirma que Malvinas sigue operando como un consenso estructural, incluso en un contexto de polarización política intensa.

La lectura dominante no fue celebratoria ni épica, sino defensiva: el gesto fue interpretado como un límite mínimo frente a la posibilidad de que la disputa se diluya por omisión. En una política exterior con señales ambiguas, el episodio funcionó como recordatorio de que existen núcleos simbólicos que la sociedad argentina no está dispuesta a relativizar.

El gesto del embajador adquiere mayor relevancia cuando se lo contrasta con las señales contradictorias emitidas por el gobierno argentino en relación con Malvinas. Desde el inicio de la gestión, la cuestión ha sido abordada con cautela, algunos silencios pero también con ambigüedad.

Entre los ejemplos más visibles se encuentran:

  • Declaraciones presidenciales que enfatizaron el principio de autodeterminación de los habitantes de las islas, una formulación históricamente utilizada por el Reino Unido y evitada por la diplomacia argentina tradicional.
  • La ausencia de Malvinas como eje prioritario en discursos internacionales del Ejecutivo;
  • Un acercamiento retórico al Reino Unido centrado en vínculos comerciales y financieros, sin referencias explícitas al conflicto de soberanía;
  • La reducción del perfil político de áreas específicas dedicadas a la cuestión Malvinas dentro del Estado.

Estas señales no constituyen una renuncia formal, pero sí generan pérdidas importantes y una zona gris interpretativa. En ese marco, la acción del embajador no contradice a su gobierno: lo corrige simbólicamente, o aún mejor, lo excede.

La nota adhesiva colocada sobre el mapa en París no resolvió la disputa por Malvinas. Tampoco pretendía hacerlo. Pero puso en evidencia algo más perturbador: en una época que proclama la defensa del derecho internacional mientras administra silencios selectivos, la causa Malvinas sigue siendo una incomodidad persistente.

El gesto del embajador recordó que la disputa no está cerrada, ni jurídica ni simbólicamente. Y que, aun cuando los gobiernos fluctúan entre la cautela y la ambigüedad, existen capas más profundas —sociales, diplomáticas, históricas— que sostienen el reclamo.

En un mundo donde tapar mapas parece más sencillo que discutir soberanías, la Argentina volvió a señalar que hay conflictos que no se resuelven por desgaste. Porque algunas causas, incluso cuando se intenta cubrirlas, siguen haciendo ruido.

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