El presente artículo tiene como objetivo explicar por qué la captura de Nicolás Maduro ocurre en este momento. Para aproximar una respuesta, se analizará la convergencia de tres factores: el fin de las licencias que otorgaban acceso parcial al petróleo, la vulnerabilidad militar interna que redujo el costo de la operación y la necesidad política de cerrar un ciclo de confrontación prolongado. Cabe destacar que la investigación omite por completo las acusaciones de narcotráfico para centrarse en los recursos hidrocarburíferos y su valor estratégico en un mundo habitado por potencias que disputan cada vez más los beneficios derivados de los recursos naturales. Finalmente, se abordarán algunos de los posibles escenarios que le podrían definir el futuro de la relación entre Venezuela y Estados Unidos.

Primero, un poco de historia

Desde la primera década del siglo XX hasta la de 1970, la industria petrolera venezolana estuvo bajo dominio corporativo extranjero: empresas como Standard Oil y Exxon operaban directamente en los campos del país. Esto cambió con la nacionalización de la industria, a través de la creación de Petróleo de Venezuela S.A. Con el auge del neoliberalismo en la década de 1980, se alcanzó una relativa estabilidad comercial,  las exportaciones de crudo venezolano fluían hacia el norte del continente bajo acuerdos.

En 1999 asumió la presidencia de Venezuela Hugo Chávez, quien impulsó la “Revolución Bolivariana”, reforzando el papel de Petróleos de Venezuela S.A (de ahora en más PDVSA) en la economía local hasta convertirla en un instrumento vital del Estado. A pesar de que Estados Unidos continuó siendo el principal comprador de crudo, las concesiones a corporaciones estadounidenses se limitaron progresivamente. El control estatal redujo contratos con petroleras extranjeras y dio inicio a un discurso confrontativo, pero pragmático para ambos países, porque se mantuvo el flujo comercial. Paralelamente, las Fuerzas Armadas se consolidaron como soporte político de la figura presidencial: la lealtad se convirtió en el mecanismo más eficaz para conseguir ascensos dentro de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (de ahora en más FANB).

Cuando Nicolás Maduro sucedió a Hugo Chávez en 2013, tras su fallecimiento, mantuvo el mismo modelo estatal y heredó el esquema de control sobre PDVSA, aunque con menor idoneidad de gestión. Esta fragilidad se profundizó en 2017, cuando se endurecieron las sanciones financieras y petroleras, prohibiendo al país caribeño acceder a otros mercados. En 2019, Estados Unidos reconoció a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, incrementó la presión diplomática e impuso sanciones más severas. La tensión entre ambos países llegó a niveles de máxima confrontación. 

En el período 2024-2025, Chevron y otras corporaciones recibieron licencias OFAC para operar en Venezuela, lo que implicó un alivio parcial. ¿Qué son las licencias OFAC? Son autorizaciones especiales emitidas por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos que permiten a ciertas empresas operar en países sancionados. Para evitar un corte total del suministro, se otorgaron licencias temporales y limitadas a empresas como Chevron, Repsol, y ENI, un parche que distaba de significar el regreso pleno de las corporaciones estadounidenses al mercado venezolano.

En concreto, estos permisos habilitaban la extracción en campos con participación previa, la exportación limitada de crudo y el intercambio de petróleo por deuda. Este esquema pragmático mantenía la presión sobre Maduro y aseguraba un flujo mínimo de petróleo en un contexto de crisis energética global. Sin embargo, en 2025, con mercados más estabilizados, Estados Unidos no necesitaba en grandes cantidades al crudo venezolano y endureció su postura. En marzo de ese año Estados Unidos revocó las licencias, lo que obligó a las empresas extranjeras a cesar operaciones en Venezuela. Para ese entonces, se intensificaba  el malestar interno en las Fuerzas Armadas: cambios polémicos en la cúpula de la FANB y órdenes de alto riesgo generaron fricciones que terminaron en fisuras y una vulnerabilidad propicia para la acción estadounidense.

El desenlace fue la captura de Nicolás Maduro, que marcó el fin del ciclo de pragmatismo parcial basado en licencias y el inicio de una intervención directo. La acción categórica del gobierno estadounidense no contradijo el pragmatismo previo: lo clausuró. La intervención directa es un cierre de etapa, que envía varios mensajes a todo el sistema internacional.

Estos hitos permiten identificar los factores mencionados al inicio del artículo, que  a continuación se profundizan para ofrecer una visión más acabada de cómo dimensiones comerciales, políticas y sociales confluyeron en el arresto de Nicolás Maduro.

Fin de las licencias que daban acceso parcial al petróleo

Para comprender los acuerdos comerciales petroleros entre ambos países, vale hacer un repaso por las licencias y su secuencia de sanciones y alivios. La pregunta base es la siguiente: ¿Qué pasó con las empresas petroleras de Estados Unidos antes y después de Chávez y Maduro? Lo interesante será analizar cómo se abren o cierran las puertas a corporaciones de Estados Unidos según el contexto político.

Como ya se mencionó más arriba, PDVSA  es la empresa estatal venezolana de petróleo y gas que controla toda la cadena de producción, refinación y exportación de hidrocarburos. Se creó a mediados de 1975, cuando se nacionalizó la industria petrolera. Fue uno de los mayores productores de la OPEP, y digo “fue” porque en los últimos años su relevancia cayó producto de sanciones, falta de inversión y problemas internos. Esta empresa propiedad del estado venezolano, es la principal fuente de divisas del país, puesto que el petróleo representa el 90% de las exportaciones, y funcionó como instrumento central del poder chavista. Las sanciones provenientes de Estados Unidos desde 2019 afectaron directamente a PDVSA, en un marco político caracterizado por el reconocimiento a la autoproclamación de Guaidó como presidente.

En el período 2020-2023 las licencias se fueron limitando, con excepciones puntuales pero con operaciones mínimas. Esas empresas enfrentaron dificultades para cobrar deudas por operaciones previas. La lógica de sostener a Maduro, cada vez más influenciado por los enemigos de Estados Unidos, se debilitó.

En marzo de 2025, la revocación de las licencias a Chevron, Repsol y ENI marcaron el fin de la estrategia de “ventanas pragmáticas” y dejó a Estados Unidos sin acceso directo al crudo venezolano. La revocación de las licencias también fue una manera de cortar el acceso de PDVSA a divisas y tecnología, y de crear mayores presiones al gobierno venezolano. La decisión de debilitar al gobierno de Nicolás Maduro iba a fondo. La presión política interna en Estados Unidos expuso la contradicción de mantener licencias activas con un gobierno que decidió confrontar con la potencia hegemónica desde hace más de veinte años. Para ciertos sectores políticos, empresariales y para la opinión pública, era un error contentarse con recibir pocos beneficios al mismo tiempo que se legitimaba un régimen que violaba derechos humanos sistemáticamente.  

Aunque las licencias parciales se habían otorgado como un incentivo para que Maduro aceptara condiciones de apertura democrática o acuerdos con la oposición local, la lógica de “mantener a Maduro” se desgastó y abrió paso a la acción militar en suelo venezolano. Las declaraciones de Trump acerca de recuperar lo hecho por Estados Unidos en Venezuela antes de Hugo Chávez confirman que la determinación de acabar con el mandato de Maduro estaba relacionada con obtener definitivamente un acceso más estable y duradero al crudo, sin depender de licencias.

Vulnerabilidad militar interna que reducía el costo de la operación

Hubo decisiones de Nicolás Maduro que generaron fricción interna. El líder del Ejecutivo realizó ascensos y reubicaciones que provocaron malestar, ya que se privilegiaban las lealtades políticas por sobre las virtudes operativas. Testimonios de militares retirados y analistas señalaban críticas abiertas a estas decisiones. Esto llevó a un debilitamiento natural de la cohesión y a una pérdida de confianza en las cadenas de mando. 

La FANB mostró fisuras internas y una capacidad limitada debido a la falta de recursos materiales: aviones sin mantenimiento, buques con problemas técnicos, escasez de repuestos, entre otros. La disciplina requerida se sostuvo más por control político que por convicción profesional. 

En 2025, hubo episodios de sobrevuelos y advertencias contra buques estadounidenses, interpretdos por Washington como improvisados y con claras muestras de vulnerabilidad. El hegemón regional supo leer que el momento era propicio para intervenir con escasa resistencia.

Necesidad política de cerrar un ciclo de confrontación muy prolongada, y con ello recuperar los intereses energéticos en Venezuela

Tras años de sanciones y presiones diplomáticas, mantener a Maduro se volvía insostenible y carente de sentido frente a la opinión pública, los aliados y a los demócratas, que sacarián tajada a futuro de la decisión de llevar a Maduro hasta New York. Tamaña empresa constituye un capital político para ambos partidos y permite mostrar un desenlace totalmente coherente con el discurso de confrontación de muchos años. 

La consolidación de la legitimidad democrática es una de las credenciales que Estados Unidos gusta exhibir ante el mundo; por eso la obligatoriedad de tomar distancia para no parecer cómplice de un dictador que gana elecciones presidenciales de forma fraudulenta. Además, esa legitimidad se refuerza por duplicado: el aumento de denuncias sobre represión y violaciones a losderechos humanos en Venezuela puede haber servido como excusa para quedar bien parado en el plano internacional.

La operación de la administración Trump envió dos mensajes: a sus aliados, mostrando no solo coherencia con quienes también criticaban la dictadura de Maduro, sino recordándoles quién manda en Occidente; y a los rivales estratégicos, que un día Estados Unidos puede cansarse y hacer lo que le plazca. Sumado a esto, el ataque a Venezuela puede ser leerse con toda razón en clave electoral, puesto que, dato no menor, en noviembre de este año Estados Unidos celebrará elecciones de medio término, en las que se renovará el Congreso y  se buscará consolidar el apoyo en estados como Florida, donde la comunidad venezolana y cubana tiene un peso significativo.

Conclusión y breves escenarios prospectivos

La captura de Nicolás Maduro no debe interpretarse como un hecho aislado ni como una decisión improvisada, sino como la culminación lógica de un proceso prolongado en el que convergieron tres factores centrales: el agotamiento de las licencias OFAC como instrumento de presión, la vulnerabilidad militar interna de la FANB que redujo el costo de la operación, y la necesidad política de Estados Unidos de clausurar un ciclo de confrontación que se había extendido por más de dos décadas. 

Lo sucedido no constituye un punto final: es el inicio de una etapa en la que Estados Unidos deberá decidir cómo administrar su victoria. La historia reciente muestra que las intervenciones militares sin un plan político sostenible han derivado en fracasos estratégicos, generando radicalización y resistencia prolongada. Es probable que Washington busque evitar repetir esos errores. A pesar de los últimos dichos de Trump sobre la transición gubernamental, la administración estadounidense enfrenta el dilema de sostener un esquema de control directo o promover un gobierno más cooperativo que reduzca tensiones internas y externas. En este sentido, un escenario posible es que Estados Unidos intente proyectar una imagen de buena voluntad, evocando la doctrina del Buen Vecino de Franklin D. Roosevelt aplicada antes de la Segunda Guerra Mundial, aunque con la contradicción evidente de que un buen vecino no destruye tu casa ni se apodera de tus cosas.

Los escenarios que se abren son, al menos, tres:

Escenario de control directo, que se traduciría en la consolidación de corporaciones estadounidenses en la industria petrolera y en la tutela política sobre Caracas, con riesgo de mayor radicalización social. Esto daría estabilidad energética y mayor margen de negociación para Washington, pero mayor inestabilidad política y social para Venezuela. El “buen vecino” entra a tu casa, cambia los muebles y te dice como tenés que vivir.

Escenario cooperativo, lo que impulsaría un gobierno de transición con mayor apertura democrática, buscando legitimidad local e internacional, además de estabilidad energética con acuerdos más transparentes y convenientes para ambas partes. Esto generaría para Estados Unidos una imagen de superpotencia responsable, capaz de ganar capital político y reducir tensiones. En este caso, la estabilidad sería relativa, y el riesgo mínimo es que la oposición venezolana se fragmente y reaparezcan viejas tensiones. El “buen vecino” que te ayuda a reconstruir la casa, después de haberla derribado.

Escenario híbrido, que sería una combinación de presión económica y diplomática con gestos de cooperación, que permita a Washington mantener influencia sin asumir el costo de una ocupación prolongada. Un escenario así brindaría flexibilidad estratégica a Estados Unidos. El “buen vecino” que te presta herramientas pero que se queda con las llaves de tu casa.

En definitiva, la captura de Maduro no solo cierra un ciclo de pragmatismo parcial, sino que abre un nuevo capítulo en el que la estrategia estadounidense será puesta a prueba: entre repetir viejos fracasos o reinventar su viejísimo papel como “buen vecino” en América Latina, nunca del todo bien interpretado.

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