En la madrugada de este sábado 3 de enero de 2026, los Estados Unidos llevaron adelante un ataque unilateral que terminó con la captura del Presidente venezolano Nicolás Maduro. Luego de meses de tensiones, donde Donald Trump llevó adelante varios ataques a embarcaciones en el Caribe, en el día de la fecha el conflicto entre Washington y Caracas llegó a su punto máximo. 

Alrededor de las 3 de la mañana, hora de Argentina, los medios nacionales e internacionales comenzaron a hacerse eco de una noticia que estaba en proceso, pero que prometía convertirse en un parteaguas para América Latina. Los Estados Unidos estaban bombardeando Caracas en una operación que prometía convertirse en un hecho histórico, aunque no inusual, considerando la relación de Estados Unidos con América Latina en términos históricos.

Finalizados los bombardeos, Estados Unidos informó que había capturado a Maduro y su esposa, quienes fueron trasladados a Estados Unidos en un buque militar con el objetivo de ser juzgados en el país norteamericano.

El ministro de Interior y Justicia de Venezuela, Diosdado Cabello, permanece en el país y se mostró de forma desafiante ante los medios oficialistas venezolanos. 

Algunas horas después de concretado el ataque y la captura de Maduro, el Presidente Donald Trump brindó una Conferencia de Prensa reivindicando el ataque y reafirmando su intención de moldear el sistema internacional según sus intereses y preferencias.

De esta forma llega a su fin la dictadura de Maduro en Venezuela, un régimen atroz que persiguió a opositores, se atribuyó victorias electorales ilegítimas y sumió al pueblo venezolano en una crisis social y económica tan profunda que terminó produciendo la crisis de refugiados más grande de la historia latinoamericana.

Pero todos estos motivos, más que válidos considerando el sufrimiento del pueblo venezolano durante la última década, no justifican el ataque que es claramente una violación flagrante al derecho internacional similar a las operaciones que el propio Estados Unidos realizó en Irak en 2003 o la Operación de la OTAN en Libia. 

Estos casos recientes nos muestran que la democracia, el desarrollo y la recuperación económica se vuelven imposibles en el marco de una administración extranjera. De hecho, es más probable que el caos y la crisis humanitaria se profundicen en el largo plazo.

Además, el fin de Maduro no garantiza tampoco el fin del chavismo. Aún es muy pronto para saber cómo se producirá la transición en Venezuela, si es que tendrá lugar, pero es cierto que aún quedan muchos funcionarios del régimen que podrían hacerse con el poder.

Después de la invasión de Rusia a Ucrania, la guerra en Gaza y la guerra de los doce días entre Irán e Israel, el ataque a Venezuela se convierte en el capítulo más reciente de un presente donde las grandes potencias están determinadas a enterrar los principios del Derecho Internacional y el Orden internacional basado en reglas. 

Si Trump no se veía alarmado por la invasión de Rusia a Ucrania, es porque estaba dispuesto a hacer lo mismo. En el hipotético, pero probable, caso de que China invada Taiwán a Trump seguramente tampoco le molestará. Él está convencido, al igual que muchos antes que él, que los conflictos se resuelven con violencia y no mediante el diálogo y que la ley de la fuerza es más importante que el Derecho Internacional. 

Para nuestra región en particular, este tipo de acciones por parte de Estados Unidos se remontan a varios siglos atrás, incluso antes que se convirtieran en potencia mundial, el país del norte ya tenía sus propias políticas para la región.

La doctrina Monroe parecía en un principio una política exterior comprometida con el continente americano. América para los americanos enunciaría James Monroe en 1823, bajo el liderazgo de Estados Unidos las potencias europeas se mantendrían lejos de la región. 

Pero esta política rápidamente se convirtió en una forma de garantizar la hegemonía de Estados Unidos en el continente. El principio de América para los americanos se convirtió en América primero. Para este país América Latina solo era un patio trasero. 

Décadas más tarde, con el corolario Roosevelt y la doctrina del gran Garrote, las intervenciones militares en Latinoamérica estarían justificadas siempre que estuviesen en peligro los intereses de Estados Unidos. Así fue que Estados Unidos se vio legitimado a nivel doméstico para deponer gobiernos, democráticos o no, a lo largo de toda la región. Quizás las intervenciones más terribles se produjeron en el marco del Plan Cóndor, una estrategia de Estados Unidos que instauró las dictaduras más sangrientas de la historia de América Latina. 

A partir de ahora Venezuela se encuentra ante un escenario de incertidumbre: la caída de Maduro y su régimen del terror inundan de esperanza a muchos venezolanos que llevan años soñando con el fin de la dictadura, pero al mismo tiempo no es seguro que el Régimen perdure con otros funcionarios y una apariencia de cambio. Trump prometió hacerse cargo del país, lo que implica la falta de autonomía que tendrá ahora el país para decidir su futuro. 

Lo único seguro ahora es que en  el mundo que nos espera en el futuro los tratados internacionales, así como la Carta de Naciones Unidas y sus principios, carecen de utilidad a los ojos de las grandes potencias y sus gobernantes. Un mundo así es malo para Venezuela, para Argentina y para todos los países que no cuentan con grandes ejércitos y deben utilizar la diplomacia para hacer valer sus posiciones. Un mundo sin respeto por el Derecho Internacional es un mundo injusto.

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