Artículo escrito por Mateo Delgado y Felipe Barrientos

Estados Unidos no goza del mismo poder que tenía a finales de los años 90 y a principios de este siglo. Este gran poder había sido fundamentalmente exacerbado por la caída de su gran rival ideológico: la URSS. Parecía que el mundo se encaminaba a ser más comercialmente libre y democrático. Hoy, a casi 34 años de la muerte del comunismo, nos encontramos en una encrucijada: a la par que la nación que cree en el libre comercio elige a un presidente extremadamente proteccionista, crece un actor hegemónico que hace del intercambio de bienes una política de crecimiento como actor político internacional: China.

Desde el 2 de abril de este año, las dos potencias hegemónicas del momento se encuentran en una especie de guerra comercial a gran escala. Lo que antes pasaba por la ideología y la división del mundo en áreas de influencia, hoy se basa en las relaciones comerciales y el intercambio de bienes en un mundo globalizado, donde las cadenas de suministro pasan por múltiples países.

Pero, ¿qué pasó exactamente el 2 de abril? El presidente Donald Trump, en su discurso del “Día de la Liberación”, anunció un nuevo esquema de tarifas (distintas entre países, pero con un piso del 10 %) para todos sus socios comerciales. ¿El objetivo? Reducir el creciente déficit comercial, que en el año 2024 alcanzó los 1,2 billones de dólares. China es el país con el cual las relaciones comerciales son más desiguales, ya que EE. UU. importa mucho más de lo que exporta al gigante asiático: ¡300.000 millones de dólares de déficit!

El esquema de tarifas fue un evento apocalíptico para los mercados mundiales. A la par que el VIX (el índice del miedo) duplicaba su valor (de 22 a 57 puntos en pocos días), todas las bolsas se hundían (el SPY, por ejemplo, bajó casi un 20 % tras el anuncio).

No obstante, hubo un gigante que le hizo frente a Estados Unidos: China. A partir de su creciente inserción en todas partes del mundo, gracias a la profundización de las relaciones comerciales y culturales con todo el globo, el gigante asiático ha ganado poder de negociación. Sin embargo, ello es condición necesaria pero no suficiente: la otra condicionalidad es la gran dependencia que, en su balanza comercial, exhiben los estadounidenses respecto de los chinos. Solo puede llegarse a una conclusión: es un hecho que, para doblegar la voluntad de estos últimos, los primeros deberán hacer un esfuerzo considerable.

Posterior al anuncio de los aranceles, comenzó una disputa por ver quién aplicaba el impuesto más alto al otro, llegando a tarifas irrisorias: ¡145 % de sobreprecio para importar bienes chinos en EE. UU. y 125 % de recargo para la relación inversa! Básicamente, el libre intercambio llevaría a una casi triplicación de precios.

El hecho de que China haya respondido es algo inédito en el actual sistema internacional. A la par que la gran mayoría de actores deben doblegarse ante las decisiones de Washington, Beijing le hace frente y obliga al gigante norteamericano a sentarse a negociar. Y así fue: se acordó una tregua de 90 días el 12 de mayo, la cual redujo las tarifas al 30 % para la importación de bienes chinos en EE. UU. y al 10 % para la importación de bienes estadounidenses en China.

Esta tregua, firmada en Ginebra (Suiza), se trata de una pausa de 90 días para reducir las tensiones comerciales. En la reunión participaron agentes técnicos en comercio internacional y diplomáticos de ambos países. ¿El objetivo? Aliviar la guerra arancelaria y habilitar negociaciones técnicas por medio de un mecanismo de consultas bilaterales con delegados de alto nivel.

El mecanismo de consultas bilaterales fue aplicado durante la segunda mitad de mayo. Sin embargo, aparecieron obstáculos legales e institucionales que desafiaron el acuerdo inicial. Por ejemplo, el Congreso de Estados Unidos nunca autorizó la Ley de Poderes Económicos en Emergencias Internacionales (IEEPA) para ser utilizada por el Ejecutivo. Algunos sectores estratégicos —como el empresarial, las cámaras de comercio y la industria tecnológica— señalaron que la guerra comercial solo provocaría severos daños económicos, y cuestionaron la legitimidad de las medidas, debilitando la presión negociadora de EE. UU., más allá de que el gobierno insistió en que esas acciones se justificaban por los “intereses nacionales”.

Otro tema relevante fue lo ocurrido con el “lobby empresarial”, que generó polémica luego de la exigencia de Washington de que China reduzca los subsidios a empresas estatales, considerados distorsivos del comercio justo. En efecto, ambos países sufrieron la presión del sector empresarial. En el caso estadounidense, las industrias de la tecnología, la agroexportación, la vestimenta y la automotriz advirtieron —mediante la U.S. Chamber of Commerce y el Business Roundtable— que los aranceles las perjudicaban. En el caso chino, la asociación CCPIT (China Council for the Promotion of International Trade) manifestó que las industrias de manufactura liviana, minería estratégica y electrónica se veían severamente afectadas. Asimismo, expresó el interés de estabilizar las exportaciones de productos electrónicos y minerales estratégicos.

En junio, Estados Unidos y China se preparan para la serie de negociaciones que se llevarán a cabo en Londres desde la segunda semana del mes, donde se espera consolidar lo negociado en Ginebra y avanzar en puntos más sensibles como propiedad intelectual, subsidios estatales y transferencia tecnológica. El pasado 4 de junio, por ejemplo, Donald Trump y Xi Jinping mantuvieron un contacto telefónico. Durante la llamada, Trump solicitó una mayor apertura china en sectores estratégicos como las tierras raras y los servicios financieros, mientras Xi Jinping exigió el levantamiento de ciertas restricciones tecnológicas y de visados impuestas por Estados Unidos. Este diálogo concluyó cuando Xi Jinping aceptó la exportación de minerales críticos hacia Estados Unidos, los cuales son utilizados en la producción de microchips, baterías y equipamiento militar. Este gesto mostró una señal relativa de estabilidad para los mercados internacionales, reflejando un deshielo parcial en las relaciones comerciales.

Las conversaciones celebradas en Londres durante la segunda semana de junio (9–11 de junio de 2025) han culminado en un acuerdo preliminar que consolida el marco definido en Ginebra, aunque aún requiere la aprobación definitiva de los presidentes Trump y Xi Jinping. Lo que ocurra finalmente en el marco del proceso de negociaciones será determinante para el futuro económico de ambas potencias y para la estabilidad del comercio internacional. En mayo se vieron avances estructurales en los mecanismos de diálogo, a pesar de los obstáculos jurídicos, políticos y económicos que reflejan la profundidad del conflicto.

Fuentes consultadas

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