La debilitación militar de Irán y sus aliados regionales han creado una oportunidad para un nuevo orden regional en Medio Oriente. Esa oportunidad será sostenible si la presión militar se combina con compromisos políticos, diplomáticos y económicos a largo plazo y en profundidad que resistan la influencia iraní.
Luego del ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 y la posterior respuesta militar israelí en Gaza, el balance de poder en la región ingresó en una nueva etapa. Irán, actor central del Eje de resistencia, quedó en evidencia no solo como patrocinador ideológico y logístico mediante milicias aliadas sino también como actor directo. El ataque del 13 de abril de 2024, con el lanzamiento de más de 300 drones y misiles lanzados contra Israel, marcó una ruptura del equilibrio previo.
Las figuras claves del entramado de milicias pro iraníes han sido asesinadas, mientras que sus arsenales han sido desmantelados; debilitando así la capacidad operativa del Eje. En diciembre, la caída del régimen de Bashar al-Assad,representó para Irán la pérdida de un aliado crucial en Siria, que había funcionado como fuente de abastecimiento de armas y combatientes.
Sin embargo, de acuerdo a Dana Stroul, directora de Investigación en el Instituto de Washington para la Política del Cercano Oriente y ex subsecretaria adjunta de Defensa de EE. UU. para el Medio Oriente, un enfoque centrado exclusivamente en la acción militar no permitirá a Estados Unidos aprovechar la debilidad de Irán.
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Fracturas internas y golpes externos
Estados Unidos, Israel y varios países árabes han alineado sus intereses en un objetivo compartido: reducir la influencia de Irán en Oriente Medio, un consenso que, hasta hace poco, no se creía posible.
En poco más de un año y medio, Israel logró debilitar a varios aliados clave de Irán. Para agosto de 2024, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) afirmaban haber desarticulado 22 de los 24 batallones de Hamás, eliminado a más de la mitad de sus comandantes militares y abatido a más de 17.000 combatientes. Además, las FDI destruyeron gran parte de la red de túneles utilizada por Hamás en Gaza, así como las instalaciones dedicadas a la fabricación de drones y cohetes.
Al mismo tiempo, la cúpula de Hezbolá, principal aliado de Irán en el Líbano, fue diezmada. Los bombardeos israelíes dañaron más del 70 % del arsenal estratégico del grupo, incluyendo misiles de largo alcance, defensas antiaéreas, misiles antibuque y lanzacohetes. Ante el claro debilitamiento de Hezbolá, Teherán instruyó a los líderes que aún quedaban en pie a pactar un alto el fuego en noviembre. Para febrero, el panorama político libanés también cambió: se conformó un nuevo gobierno que, por primera vez en décadas, dejó fuera del juego a los representantes ligados a Hezbolá.
Tras la guerra civil siria que estalló en el 2011, Irán invirtió más de 30.000 millones de dólares para robustecer el régimen de Asad, proporcionando un amplio apoyo logístico y operativo, movilizando tropas extranjeras hacia Siria e incorporando oficiales iraníes en el terreno. Como compensación, Asad permitió que Irán estableciera su red regional a través de Siria, autorizando el traslado de fondos y cediendo el control de aeropuertos y almacenes. Pese a todos los esfuerzos, Irán no pudo o no supo proteger a Asad.
En octubre de 2024, Irán lanzó un segundo ataque contra Israel, disparando más de 180 misiles balísticos. Sin embargo, gracias a una avanzada defensa israelí, respaldada por las capacidades militares de Estados Unidos y aliados árabes, la mayoría de los proyectiles fueron interceptados antes de alcanzar su objetivo. La táctica de Teherán de proyectar poder hacia el exterior para protegerse internamente no logró disuadir a Israel de atacar su territorio en 2024. Israel destruyó las defensas aéreas estratégicas de Irán y atacó sus instalaciones industriales de defensa, lo que expuso el programa nuclear iraní.
Nuevas dinámicas y la sombra de Irán
La región está preparada para una estabilización estratégica. En Siria, el actual mandatario interino Ahmed al-Shara, se enfrenta a redes de comercio ilícito de armas y drogas vinculadas a Irán a lo largo de la frontera libanesa, que se extiende unos 375 km. al-Shara señaló abiertamente a Irán de ser un factor desestabilizador en la región. Su administración promovió un diálogo nacional para definir el futuro de Siria, ha establecido acuerdos de integración con otros grupos armados y ha utilizado inteligencia proporcionada por Estados Unidos para frustrar los planes del grupo terrorista Estado Islámico (ISIS). Sin embargo, los funcionarios estadounidenses siguen preocupados por los lazos históricos del presidente sirio con Al Qaeda.
Las nuevas figuras al mando en Beirut y Damasco ya han comenzado a actuar para desvincular a sus naciones de la influencia iraní en cuestiones de seguridad y política. Enfrentando de manera directa a Hezbolá, el presidente del Líbano, Joseph Aoun, exjefe del ejército, ha requerido públicamente el desarme de todos los grupos armados fuera del control estatal. Asimismo, ha otorgado al ejército libanés el mandato para desplegarse en el sur y completar el desarme de Hezbolá. Aunque la ONU ha solicitado este desarme desde 2006, solo ahora, debido al debilitamiento operativo de Hezbolá, la renovada determinación política de Beirut y la supervisión militar de Estados Unidos, parece que podría ser alcanzado.
Sin respaldo externo ni un compromiso firme por parte de la comunidad internacional, y en ausencia de una estrategia integral de estabilización política, económica y social, las poblaciones más afectadas de la región seguirán recurriendo a redes paralelas alternativas para sobrevivir. Esta dependencia sólo agudizará la pérdida de autoridad y legitimidad de sus gobernantes.
Irán conserva posiciones estratégicas en otros frentes. Aunque se encuentra debilitado, Hamás no parece dispuesto a asumir su derrota, y sus líderes no contemplan ceder el control de Gaza. Actualmente, la organización capitaliza la escasez de recursos, desviando la ayuda humanitaria y monopolizando su distribución.
Desafiando la influencia de Irán
Grupos armados no estatales vinculados a Irán operan en Irak y Yemen como plataformas para amplificar su influencia regional. Aunque su poder ha sido desafiado, Teherán sigue ejerciendo una notable influencia sobre la política tanto en Saná como en Bagdad. Para recuperar terreno, Irán busca profundizar esa presencia institucionalizando aún más su control en ambos países.
Tras la merma en la influencia de Hezbolá, los hutíes, asentados en Yemen, pasaron a ocupar el rol de principal respaldo regional para Irán. Ni los bombardeos liderados por Estados Unidos contra objetivos hutíes, ni los ataques israelíes a infraestructuras clave lograron frenar las agresiones contra el tráfico marítimo en el Mar Rojo. La administración de Trump volvió a considerar a los hutíes como organización terrorista extranjera, revirtiendo la decisión de su antecesor, Joe Biden.
La política actual de Washington respecto a Irán se apoya en la premisa de que una presión compartida exclusivamente con Israel será suficiente para forzar a Teherán a abandonar conductas que percibe como esenciales para su estabilidad interna. Sin embargo, Estados Unidos no tiene la capacidad de colapsar la economía iraní ni de llevar a cabo ofensivas militares sin una red de respaldo más extensa. Para lograrlo, necesita el compromiso de China —principal comprador de crudo iraní—, la colaboración de los Estados de Oriente Medio que alojan su presencia militar, y el respaldo diplomático de las capitales europeas en el Consejo de Seguridad de la ONU. De lo contrario, el régimen iraní seguirá apoyándose en sus vínculos con Moscú y Pekín para evadir cualquier intento de aislamiento.
Una estrategia de estabilización debe enfocarse en respaldar la aparición de gobiernos más abiertos, responsables y capaces de mantener el control exclusivo del uso de la fuerza, generar bienestar para sus ciudadanos y enfrentar con determinación la injerencia iraní. Lejos de lo que indicaban años de consenso estratégico, una ofensiva militar bien ejecutada ha demostrado poder erosionar seriamente la influencia de Irán en la región. En este contexto, Estados Unidos debería relajar progresivamente las sanciones en función de los avances en gobernanza de los nuevos líderes sirios, incrementar la asistencia humanitaria y técnica a las poblaciones más vulnerables, y reforzar su liderazgo en la articulación de una visión clara y factible de un orden regional libre del dominio iraní, con apoyo tanto local como internacional.





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