La República Argentina posee un territorio marítimo de 6.683.000 kilómetros cuadrados considerando el Mar Territorial, la Zona Contigua y la Zona Económica Exclusiva hasta las 200 millas náuticas, parte del cual lo tiene disputado por la ocupación británica de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. La ocupación británica al margen de ser ilícita y haber sido instada a resolverse por vía negociada por intermedio de la resolución 2065 de las Naciones Unidas lamentablemente está lejos de culminar, con negociaciones inexistentes a pesar de los actos declarativos, de apoyo y reconocimiento tácito que se realizaron por actores internacionales de peso como la Unión Europea.
Indudablemente, la defensa de la soberanía territorial marítima argentina es un factor trascendental como política de Estado y probablemente la única que ha perdurado con el pasar de las décadas y gobiernos, siendo el ámbito de la defensa y la diplomacia los más afectados a la concreción de tal política. Sin embargo, las limitaciones presupuestarias y los vetos armamentísticos surgidos como resultado del conflicto del atlántico sur dañaron severamente la capacidad material del Estado para ejercer presencia territorial como forma de mantener vivo el reclamo soberano.
Desde 1982, los ejercicios de presencia se fueron reduciendo paulatinamente hasta ser prácticamente inexistentes y los mismos que fueron realizados reavivaron tensiones diplomáticas y militares entre los dos Estados. De esto surgen dos problemas que deben ser tomados a consideración. Por un lado, la inexistencia de presencia empuja a un control inexistente y, por lo tanto, un incremento en la explotación ilegal de los recursos que le corresponden a la Argentina. Por otro lado, la utilización de equipamiento militar resulta costosa económica y políticamente, puesto que realizar un acto de presencia con un buque equipado con torpedos y misiles anti-buques se puede leer como una acción amenazante. En suma, la situación por la cual atraviesa el sistema de defensa nacional no es la mejor, con unas Fuerzas Armadas cuyo equipamiento se encuentra añejado y cuya renovación implica un costo de miles de millones de dólares, que no pareció ni parece estar en la prioridad en los gobiernos del siglo XXI.
Ante este panorama se da un vacío e interrogante, en tanto no se logra concretar ningún avance en la materia. Como resultado de ello, surge un interrogante de cómo afrontar esta cuestión, dentro de las cuales se encuentra la diplomacia de los guardacostas, o white hulls diplomacy en inglés, aplicada fundamentalmente en Asia como forma intermedia para ejercer la soberanía, pero evitando los costes económicos y políticos que implican movilizar buques de guerra.
El concepto surge en contextos de tensiones marítimas en Asia, donde Japón optó por utilizar su guardacostas en el marco de la disputa sobre las islas Kuriles con Rusia y las aguas territoriales próximas a las Senkaku, medidas que le permitieron y permiten ejercer actos de presencia y control territorial en determinada medida. Análogamente en el sudeste asiático, Filipinas ha consolidado esta estrategia, la cual le permite mantener una presencia efectiva sobre zonas de interés disputadas, evitando al mismo tiempo escaladas militares que pudieran derivar en mayores tensiones geopolíticas. Dicho enfoque demuestra que una presencia continua y deliberada en áreas estratégicas puede funcionar como mecanismo de disuasión sin recurrir a la militarización excesiva y, por lo tanto, favoreciendo un ambiente propicio para el diálogo y la negociación.
El desafío argentino y la situación actual
En el caso argentino, las disputas territoriales marítimas argentinas, como previamente se mencionó, han sido tradicionalmente abordadas mediante el empleo de medios militares y diplomáticos mayoritariamente. Sin embargo, las aproximaciones militares han generado, en diversas ocasiones, reacciones que han enturbiado el debate diplomático y exacerbado tensiones en el ámbito internacional. De igual forma, la Armada Argentina enfrenta limitaciones materiales que le impiden cumplir con su función disuasoria respecto a las potenciales amenazas a los intereses marítimos argentinos. Esta situación es particularmente preocupante ante el inminente vencimiento del Tratado Antártico en 2048, lo cual subraya la necesidad de una estrategia que, sin depender exclusivamente de la fuerza militar, permita a Argentina consolidar su presencia en áreas de interés y, al mismo tiempo, abrir nuevos espacios para la negociación diplomática en foros multilaterales.
Por lo tanto, tomando en cuenta los factores mencionados y el costo de renovación de flota de la Armada Argentina, la diplomacia de los guardacostas comienza a sonar un poco más lógica. Sin embargo, la Prefectura Naval Argentina tampoco está en una situación muy favorable, con una dotación compuesta por cinco buques patrulleros clase Mantilla, de más de cuarenta años de antigüedad, evidencia un claro desfase en cuanto a alcance y capacidad de cobertura.
Ventajas de la diplomacia de guardacostas para la soberanía argentina
Este modelo, al centrarse en el uso de buques patrulleros de diseño no beligerante, contribuye a la desmilitarización del conflicto, lo cual es especialmente relevante en contextos donde la tensión no alcanza niveles extremos. Otro aspecto fundamental es la contribución que esta estrategia podría brindar en el ámbito de la negociación internacional. La adopción de una postura basada en la diplomacia y la no confrontación, acompañada de un compromiso sostenido con el diálogo, podría facilitar la apertura de canales de comunicación con el Reino Unido. Este enfoque permitiría a Argentina no sólo reafirmar su reclamo territorial, sino también presentar una imagen de madurez y responsabilidad en el manejo de disputas que trascienden lo meramente militar y a su vez, lo meramente declarativo.
Por otro lado, si bien presenta desafíos ,puesto que la dotación de buques de la Prefectura es reducida, el costo de adquisición de un patrullero oceánico es más reducido que una corbeta, en tanto no carga con sistemas de armas complejos. La Armada Argentina opera patrulleros oceánicos clase Gowind de la francesa Naval Group, modelo que se espera que la Prefectura incorpore en el mediano plazo.
Conclusiones: Compromiso con el diálogo y la búsqueda de soluciones pacíficas
Si bien la adopción de la diplomacia de guardacostas representaría un cambio estratégico importante, su efectividad dependerá en gran medida de la integración de medidas complementarias que incentiven el diálogo y la negociación. La resolución pacífica de la disputa sobre las Islas Malvinas, y por extensión de otras áreas en conflicto, requerirá esfuerzos coordinados entre Argentina y el Reino Unido, apoyados por la comunidad internacional. En este sentido, la presencia discreta, pero constante de buques patrulleros podría ser interpretada como un acto de firmeza sin perder de vista la necesidad de recurrir a soluciones diplomáticas.
Por último, el desarrollo de una diplomacia de los guardacostas no puede significar que se deje de lado el necesario reequipamiento de la Armada Argentina en una eventual falla de concepción entre las funciones que cada fuerza realiza, diferenciando sus naturalezas complementarias pero claramente diferentes.





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