Un 2 de abril de 1982, desembarcaban las fuerzas argentinas en las islas Malvinas para dar paso a una sangrienta e inefable guerra, comprendida en 74 dolorosos días que dejarían plasmada una huella imborrable en la historia argentina. “649 soldados argentinos y 255 británicos murieron durante 74 días de conflicto, aunque asociaciones de veteranos nacionales estiman que más de 300 excombatientes se suicidaron en las últimas cuatro décadas.” La mayoría de ellos jóvenes, inexpertos en el arte de la guerra, que lucharon valerosa y fervientemente contra un enemigo más capacitado y experimentado para todo tipo de conflictos bélicos. Como todos los años, la memoria invade al pueblo argentino, unidos nuevamente para recordar la causa Malvinas y el fin de la dictadura cívico-militar. Hoy, a más de 40 años de una democracia naciente y joven, Malvinas es una cicatriz que aún duele, y persiste en los corazones argentinos. 

La situación política y diplomática a lo largo de los años entre los dos países, no logró más que tensarse y agudizarse, en un contexto donde ambas partes cedían poco y nada para tratar la cuestión, mientras las mediaciones internacionales siempre fueron postergadas por las divergencias en las opiniones al momento de tomar una postura en el asunto. La realidad actual, en términos de política internacional y los medios para seguir preservando la posición de la Argentina sobre el hecho parece ambigua o hasta en el peor de los casos “traspapelada”. Si bien es verdad que la cuestión Malvinas no dejará de ser un tema de agenda, las noticias que llegan una y otra vez sobre los avances en la materia no son ni por mucho alentadores. 

La nueva dirigencia en relación a la política exterior, de la mano de la canciller Diana Mondino, reveló encontrarse en punto muerto al expresar innumerables veces hallarse en una situación un tanto “paradigmática”, ya que si bien la Argentina lleva años luchando por el reclamo de las tierras y su soberanía frente al Reino Unido, el factor de la autodeterminación de los kelpers (siendo la población implantada) debía ser respetada aunque esta entrara en contraposición con los intereses del primero, una polémica afirmación que no causaría más que repudio de amplios sectores de la sociedad como la  Confederación de Combatientes de Malvinas de la República Argentina, los cuales advirtieron al pueblo de «permanecer atentos» frente a «los intentos de entrega» de las Islas del Atlántico Sur a los intereses británicos y recordó que esos territorios son parte del país «aunque estén ocupadas por los ingleses«. En su visita a las islas, el canciller británico David Cameron insistió en el principio de autodeterminación de los kelpers, les prometía defenderlos y protegerlos absolutamente de cualquier amenaza latente por un tiempo indeterminado siempre y cuando decidan ser parte del Reino Unido “(…) Y espero que sea por mucho, mucho tiempo, posiblemente para siempre (…)» concluyendo así su visita, la primera que realizaba un canciller británico desde el 2016.  

No obstante, es interesante la preponderancia que mantiene el país ingles frente al “principio de autodeterminación” de los kelpers, siendo este sostenido constantemente pero jamás recibiendo una sustentación firme aplicada al caso Malvinas, más que la repetición incesante de las reglas generales que conforman el principio. Pregonan que muchos de sus habitantes pueden contar sus ancestros nacidos en las islas por varias generaciones, además de comparar la situación de las islas con la manera en que se conformó la población del territorio continental argentino. “En Derecho Internacional, no toda comunidad humana establecida en un ámbito geográfico dado es titular del derecho de libre determinación (Kohen, 2004). Por lo tanto, la distinción entre “pueblos” y “minorías” (sean estas nacionales, religiosas, lingüísticas, étnicas, etc.) establece que los primeros son titulares del derecho de libre determinación mientras que las segundas no; son titulares de un conjunto de derechos que garantiza y preserva sus identidades, pero en el marco territorial del Estado en el que habitan (Kohen, 2004). La búsqueda incesante de Reino Unido por la razón la ha llevado querer consolidar su posición a través de todos los medios posibles, virando la discusión para el lado que más les resulte conveniente y discrepando con resoluciones como la 2065 establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la que se aboga por un tratamiento pacífico de la cuestión y llama al diálogo entre ambos países para poder tratar la disputa por la soberanía de las islas, comprendiendo de más está decir todos los parámetros y grises que puedan llegar a existir al tratar el litigio.

De todos modos, hoy la disputa territorial sobre las islas ataca nuevamente por otro frente. La reciente noticia sobre la construcción de un megapuerto que competirá directamente con el de Ushuaia preocupa tanto al gobierno argentino como a su gente. El hecho no tendrá únicamente repercusiones desde el ámbito económico en la Argentina, sino que su puesta en desarrollo puede ser entendida como una provocación ideada desde el gobierno británico para disuadir la atención del verdadero conflicto latente, otra manera de desviar la atención sobre la puja por la soberanía y la Resolución 2065, al seguir colocando obstáculos en el camino que tensan y dificultan las relaciones diplomáticas de país a país. En la brevedad, el futuro resulta incierto, el presente tenso y el pasado hiriente. Los conflictos del hoy no deben causar olvido en el recuerdo de los argentinos, no es posible ignorar la valiente lucha de los jóvenes de Malvinas y la memoria de un territorio perdido injustamente. A 42 años de la guerra, la causa Malvinas parece más viva que nunca, una cicatriz que jamás se cerró en el corazón de la argentina. 

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