Lecturas sobre cuáles son los principales consensos que han sustentado a la política doméstica desde el regreso de la democracia hasta ayer, hay varias. Podemos encontrar coincidencias en el reclamo soberano por las Islas Malvinas, el cese de la alternativa militar como elemento disponible para aplicar “orden” social, la infalibilidad de los armados políticos -principalmente enmarcados en el ahora añejo bipartidismo- que atravesaban ciudades, poblados y comunidades en todo el país y lo imprescindible que es hacer buenas migas con nuestro principal socio comercial y aliado clave en la región, Brasil. Este dispositivo de puntos en común transversal a los diferentes colores políticos, anoche, fue desactivado. Dicha acción estuvo respaldada en una mayoría popular, la cual seguramente esté más cerca de leer lo anteriormente repasado como un daño colateral, una suerte de sacrificio en nombre de una causa mayor, más que una convicción incorporada dentro de su sufragio.
Retirados dichos consensos del armado nacional uno puede ver sobre qué estaban construidos: toca hablar de una dictadura cívico-militar, conflicto bélico, desarticulación partidaria o toparse con puntos en común a nivel regional de tinte lúgubre, como puede ser el Plan Cóndor. No es un revoltijo de pesadillas: es un armado que estuvo en pie hasta hace muy poco en términos de historias recientes, y si lo creíamos saldado en términos de memoria colectiva, la velada de ayer nos empujó a lo contrario.
Cabe retomar algo anteriormente mencionado: es muy probable, por no decir un hecho, que en el voto a Javier Milei no estuviera el deseo fervoroso del votante a romper relaciones diplomáticas con el “comunista” Lula Da Silva, o a reivindicar la figura de la propia criminal de guerra, Margaret Thatcher. En una escala inicial, el fracaso del bicoalicionismo y la ausencia de soluciones a problemáticas estructurales como lo son la inflacionaria, salarial e informal, que se extendió por más de una década, explican la crisis de representación, la frustración y la bronca vehiculizada hacia la boleta de La Libertad Avanza. Pero no deja de ser altamente alarmante las consecuencias económicas que puede traer consigo esta nueva administración, sí, valga la contradicción, hace lo que dice que hará ante un electorado que creé que no hará eso que prometió, fantasía anclada principalmente en un eventual “cepo” que le coloque el expresidente Mauricio Macri a los haceres de Milei, curiosamente cuando nos encontramos en los últimos episodios de un gobierno que falló, entre otras cosas, por un desprolijo cogobierno que jamás logró jerarquizar correctamente.
El fenómeno “tigre de papel” (valga la ironía) tiene las de ser el primer desafío que enfrenta el presidente Milei una vez instalado en la Casa Rosada: demostrar que la cifra que lo convirtió en mandatario no es un espejismo al calor del antikirchnerismo -factor efectivo para ser oposición, más insuficiente cuando se trata de administrar- y construir capital político en un país caracterizado por la volatilidad de sus votantes. ¿Dónde arranca la ira de quien sufragia, y donde la convicción de querer llevar a la Argentina hacia un experimento libertario inédito? No descubrimos nada: la construcción del nuevo orden debe estar sustentada en la construcción de una estabilidad económica y una solución concreta y sin tiempo para largos plazos de las falencias económicas anteriormente repasadas. La agravante aquí es que, en caso de no arribar a dichas metas, la campaña de Milei se centró en reivindicar factores que con anterioridad han culminado en crisis económicas y, finalmente, estallidos: privatizaciones y recortes al gasto público, esencialmente. El hecho de que se envalentona desde su vicepresidenta y virtual persona a cargo de la cartera de seguridad, Victoria Villarruel, la voluntad de la represión frente a las manifestaciones que este cuadro puede desencadenar, hace que el cuadro se tense aún más.
Regresando a la arena de los consensos: es probable que un capítulo inicial del próximo paradigma sea la entendible paz que deberán construir los gobernadores con un presidente carente de mandatarios provinciales de su propio símbolo. La coparticipación, la paz social en los diferentes rincones del país y la respuesta a la incertidumbre de la mal llamada periferia en un sistema que ha pecado hasta el extremo de unitario, son puntos que de abordarse desde el enfrentamiento, nos darán largas jornadas de tensión. Será momento de, antes de achacar traición, entender que el desplome que padeció Unión por la Patria ayer en las provincias refleja una voluntad popular, y los representantes de las mismas deberán construir un pacto de gobernabilidad en conjunto con el ejecutivo, en un escenario de condiciones inéditas, a fin de brindar respuestas y contención a sus coterráneos.
Sin consensos, la memoria que resguardaba el quehacer político se encuentra pausada, dejando un hueco para el regreso de viejas/nuevas prácticas que creíamos saldadas por la brutalidad de sus conclusiones. Esencialmente, la fuerza coercitiva para la represión de la protesta. Sería falso decir que desde el 83’ para aquí la represión de las fuerzas del orden no existió, más ingenuo aún sería subestimar la estrategia en materia de seguridad que reivindica el nuevo gobierno, la cual no solo cristaliza una retórica de “excesos” calcada del propio Emilio Massera, sino también vuelve a traer a la escena una represión de las fuerzas coercitivas desestimando el antecedente represivo en las manifestaciones de diciembre de 2001, tan fresco aún en el recuerdo.
Si el escenario se agrava y la situación comienza a resquebrajar aún más al propio tejido social, al punto de interpelar a los de a pie a movilizar, es esencial el desarrollar una malla de contención desde gobernaciones, movimientos sociales, iglesias y entidades de corte similar. Porque esto no es 2017: Macri tenía en su gabinete a sujetos que soñaban con emular a Barack Obama. Ahora aquí hay gente que mateaba con represores de la última dictadura.





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