El pasado 19 de mayo, durante la 32° Cumbre de la Liga de los Estados Árabes celebrada en Jeddah, Arabia Saudita, se dio la bienvenida a Siria como Estado miembro luego de doce años, tiempo en que se encontró suspendida por la organización desde el momento que comenzó la guerra civil de ese país. 

¿Qué es la Liga Árabe?

La Liga Árabe es una organización integrada por Estados Árabes de Medio Oriente y el Magreb, fundada en 1945, y conformada por 22 Estados miembros, con la readmisión de Siria. Su órgano más importante es el Consejo, es la autoridad suprema y está compuesta por los ministros de relaciones exteriores de cada Estado. La organización tiene como objetivo defender los intereses comunes, ya sean políticos, sociales, religiosos y económicos, y su independencia de toda influencia e injerencia extra regional. Sin embargo, la cohesión siempre ha sido dificultosa, el derrotero de suspensiones y readmisiones desde su fundación hace pensar que lo sucedido con Siria no es una novedad. Históricamente, los intereses nacionales han prevalecido por sobre los colectivos. 

Muchos Estados árabes se enfrentaron entre sí en épocas de la guerra fría. Mientras que algunos apoyaban al bando occidental liderado por Estados Unidos, otros mostraban colaboración con el bando soviético, al mismo tiempo, el ejercicio del liderazgo de la Liga también fue motivo de rivalidad. No obstante, suelen coincidir en su política exterior con respecto al tratamiento hacia Israel. Solo dos países de la Liga reconocen a Israel, Egipto y Jordania, el resto no da entidad a Israel como Estado legítimo. Asimismo, alcanzar una paz duradera en Palestina es uno de los temas más importantes de agenda que tiene la Liga Árabe.

¿Qué implica la readmisión de Siria a la Liga Árabe? 

Desde el inicio de su guerra civil en 2011, en el contexto de las primaveras árabes, en Siria se germinó un vacío de poder producto de las incontables fricciones, donde la intromisión occidental y las potencias regionales trataron de sacar provecho por algún medio. 

Por un lado, la guerra civil fue una tragedia que se inició con una revuelta popular en contra de un gobierno autoritario, y por otro, una oportunidad para que muchos actores, tanto externos como internos, puedan asegurar territorios estratégicos acordes a su plan particular. La respuesta represiva del gobierno y el conflicto generalizado a nivel interno derivó en un fuerte interés de los sunnitas, fogoneados por las monarquiás del Golfo, que vieron en la atomización siria la ocasión perfecta para ir en contra de los alauitas, rama religiosa de la cual la familia de Bashar Al Asad forma parte, y todo aquel que represente a los estados chiítas, como Irán, Irak y Líbano, apoyados por Rusia.

La situación hace más de una década en Siria se caracteriza por tener demasiados conflictos políticos, religiosos y de diferentes actores, que se reparten entre estatales, fuerzas de seguridad oficial, milicias opositoras que adquirieron experiencia en combates precedentes, civiles que toman partido por alguno de los bandos, y grupos de yihadistas que buscan la instalación de un gobierno supranacional como ISIS. 

Países como Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente, Arabia Saudita, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Turquía se vieron involucrados en un problema central, o se intentaba sacar a Bashar Al Asad del ejecutivo sirio, o la prioridad era borrar a ISIS y todo grupo extremista del mapa político por considerarse una propagación de la desestabilización. Debe aclararse, que algunas monarquías mantenían un doble discurso, sentían que toda agrupación terrorista era una potencial amenaza, pero a la vez veían con buenos ojos mantener la lucha religiosa a su favor. Todos querían debilitar al enemigo, pero hasta cierto punto. 

Hoy en día existe un interés común más poderoso que cualquiera de carácter unilateral, Siria es un actor al que hay que reconstruir para solidificar el statu quo regional, fuera de influencias occidentales y que concentre los intereses coyunturales de la Liga Árabe. 

La readmisión de Siria se concretó bajo la condición de tratar tres temas centrales; el regreso de refugiados a Siria, la redacción de una nueva Constitución que brinde estabilidad institucional y política, y frenar el tráfico de drogas. En El Cairo, donde se decidió readmitir a Siria, el Secretario General de la Liga Árabe, Ahmed Aboul Gheit, advirtió que resolver la crisis humanitaria, económica y política en Siria es un proceso inevitablemente gradual, pero urgente.

Como se dijo, a la Liga Árabe le interesan tres cuestiones: tratar la gran crisis de refugiados sirios, qué producto de la guerra civil se desplazaron a distintos países limítrofes; redactar una nueva Constitución con el fin de poder unir algunas de las incontables piezas de la política interna; y poner un freno al tráfico de drogas a nivel regional, especialmente al comercio del captagon, una droga ilegal que se produce en Siria. 

Acerca de la primera de las condiciones, debe decirse que se estima que la mitad del pueblo sirio fue desplazado o convertido en refugiado. La ONU maneja números conservadores, calculan que más de 300.000 murieron y más de 100.000 fueron detenidos o desaparecidos. Los migrantes sirios que fueron a países como Líbano y Turquía sufren lo mismo que los migrantes de otras latitudes, el rechazo social, puesto que se los culpa de las crisis económicas y muchos de los males locales. Lo que temen los sirios es ser retornados a la fuerza a su país de origen. Es así, que durante las elecciones presidenciales turcas, casi todos los partidos políticos tomaron la postura de que los sirios deben volver a Siria. Acorde a este sentimiento, el primer ministro libanés, Najib Mikati, remarcó la urgencia que tiene el Líbano, y todos los miembros de la Liga en llevar a cabo acciones conjuntas que faciliten el regreso de los ciudadanos sirios a su tierra.

En cuanto a la segunda exigencia que tiene como motivo traer una esperanza de estabilidad, la hoja de ruta planteada en el seno de la Liga Árabe a partir de la cuestión siria indica la preocupación de sus miembros a que se redacte una nueva constitución, que siente las bases para una futura celebración de elecciones democráticas. En el año 2015, el Consejo de Seguridad de la ONU estipuló la necesidad de resolver el conflicto en Siria mediante una nueva Carta Magna, con el aporte de un comité constitucional integrado por representantes del gobierno y de la oposición.

La tercera de las condiciones nos refiere al captagon, nombre comercial de un estimulante sintético de tipo anfetamínico, la fenetilina. Se cree que la mayor producción de esta droga está en Siria y sus clientes principales se encuentran en el Golfo Pérsico. Dicha droga sirvió como un alivio económico para las arcas del Estado sirio, que desde hace más de una década vive el aislamiento comercial y financiero por los embargos económicos que Estados Unidos y sus aliados le vienen imponiendo por más de una década. En la actualidad, Siria está padeciendo una inflación incontrolable y una preocupante escasez energética. Según la ONU, antes del terremoto de febrero, 15,3 millones de personas, cerca del 70% de la población, precisa urgentemente de ayuda humanitaria.

 En septiembre del 2022, los encargados de controlar el tráfico de drogas en Arabia Saudita afirman haber trabajado en la más grande incautación de drogas de su historia. A cambio de prestaciones, se espera que el gobierno sirio controle el comercio del captagon como muestra de buena voluntad, algo que suena difícil de cumplir porque se estima que la exportación de esa droga recauda más que su comercio legal. Aunque sea muy poco probable que Bashar Al Asad frene en gran volumen el contrabando del captagon, sus vecinos esperan que se concreten acuerdos para por lo menos limitarlo.  

Cambio de paradigma regional

La reincorporación de Siria a la Liga Árabe tiene como telón de fondo el acercamiento diplomático entre Arabia Saudita e Irán, dos pueblos históricamente enfrentados y antagónicos, donde el choque de civilizaciones entre árabes y persas se hace presente, básicamente por esto se entiende que Irán no forma parte de la organización. Ambos Estados se involucran, entre bambalinas, en toda beligerancia regional, tanto en guerras civiles como fue el caso de Siria y Líbano, o bien en intervenciones occidentales, como en el caso de Irak en 2003. Siempre en bandos opuestos y representando cada uno de ellos a las dos grandes ramas del Islam, Arabia Saudita la sunníta e Irán la chiíta. 

Arabia Saudita fue uno de los principales auspiciantes de la cruzada yihadista en Irak y Siria, financiando facciones terroristas junto a otras monarquías como la catarí. La financiación de los fundamentalistas no es el único tipo de poder que esparce la monarquía saudí. La propagación del wahabismo, una expresión puritana del islam del siglo XVIII, con principios extremos acerca del tratamiento a la mujer y a los ‘no musulmanes’ -como suelen llamar a los chiítas-, es una fuente de autoritarismo político y religioso combinados. En Siria, al momento del alzamiento popular, los yihadistas sunnitas patrocinados por Arabia Saudita recibieron inyecciones considerables de dinero y armas.

Las relaciones entre Ryad y Teherán no venían particularmente bien desde hace siete años, cuando manifestantes iraníes atacaron a diplomáticos saudíes en Irán después del asesinato en Ryad del clérigo chiíta Nimr Al-Nimr. Los vínculos entre Siria y Arabia Saudita tampoco han sido fáciles. El presidente sirio Bashar Al Asad, apoyado por Irán y Rusia durante toda la guerra civil, sufrió los embates saudíes mediante el apoyo de estos a los rebeldes. A pesar de eso, un ejemplo del avance de las diplomacias saudíes e iraníes fue la negociación que se llevó a cabo en Ginebra en el mes de marzo por el conflicto en Yémen, donde Arabia Saudita apoya al gobierno local que lucha contra los rebeldes Hutíes respaldados por Irán. El eje central de la reunión en Suiza fue el posible canje de prisioneros. Estas intenciones cooperativistas son algo prácticamente inédito. 

Ahora bien, estos sorprendentes entendimientos se dieron bajo la mediación de China, un actor que comienza a jugar más fuerte en regiones lejanas. Vale la pena tener en cuenta la experiencia del establecimiento de la Organización de Cooperación de Shanghái, alianza cooperativa entre China, Rusia y muchas de las ex repúblicas soviéticas que buscan la independencia de toda intromisión occidental y el total control de los recursos hidrocarburíferos del Cáucaso. China parecería estar dispuesta a hacer presencia ante toda posibilidad que la diplomacia mundial le conceda, para menguar la influencia estadounidense y revelarse como un posible solucionador de conflictos. Por lo que se puede apreciar, China no parece tener la intención de imponer a la fuerza sus intereses, más bien pretende diferenciarse de Estados Unidos en este sentido. La diplomacia China se caracteriza por su acercamiento en términos económicos, de estímulos financieros e inversiones infraestructurales. Por su cultura milenaria, los tiempos de China para demostrar su poder son muy distintos a lo que estamos acostumbrados.

Esta sin duda es una gran victoria para la diplomacia China, acercar a partes irreconciliables que a su vez logran un efecto replicador en otros acercamientos estratégicos. El cambio de paradigma en la región se vincula con lo expuesto, las imposiciones estadounidenses ya no afectarán decididamente en los Estados de Medio Oriente como antes. Arabia Saudita, Irán y China parecen eregirse como los poseedores de la gobernanza regional. Aunque es cierto que las nuevas relaciones entre Ryad y Teherán no buscan erradicar por completo las crisis regionales, porque a su medida se benefician de ellas, debe decirse que ambos actores confluyen en no agrandarlos. 

Para Israel, un mejor entendimiento entre Irán y Arabia Saudita podría resultar problemático. Israel tiene más diferencias con Teherán que con la monarquía saudí, con la que siempre buscó aislar de todo eje a Irán para evitar su status de país con poderío nuclear. Es de esperarse, ante estos cambios de dialéctica de poder en las relaciones en Medio Oriente, el llamado de atención de Estados Unidos y de algunos de sus aliados hemisféricos, como Reino Unido y Francia, actores que de una u otra manera tienen injerencia en los países árabes. Para dichas potencias, la Resolución No. 8914 de la Liga Árabe, en la que se aprueba la reanudación de la participación de la delegación siria, no se corresponde por las atrocidades perpetradas por el gobierno sirio. 

Por requerimiento, Siria deja de ser una paria para los Estados miembros de la Liga Árabe y toda la comunidad internacional. Algo es claro, ni a Arabia Saudita, ni a Irán, ni a ningún otro de los grandes líderes regionales, le conviene que países como Siria se hundan más de lo que están.

El mapa geopolítico tendrá un reordenamiento a partir de la reincorporación de Siria a la Liga Árabe, un regreso que es necesario para todas las partes involucradas. Sin dudas, la recomposición de las relaciones entre Arabia Saudita e Irán representan un fuerte impacto para el juego político y geopolítico, debido a que cada pugna existente o por venir estará guiado por nuevas lógicas de poder. 

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Tendencias