LUKASHENKO Y PUTIN ¿COOPERACIÓN O SUBORDINACIÓN?

18/09/2020 por Valentina Borghi Ponti

En el año 1994 y con un 80,3% de los votos, Alexandr Lukashenko llegaba al poder y se convertía en el apodado ‘batka’ «padre» de los bielorrusos. Para el 9 de agosto de 2020, los resultados oficiales arrojaban un 80,23% y adquiría así una nueva victoria, consolidando su vigésimo sexto año en la presidencia. Sin embargo, para el “último dictador de Europa” las cifras electorales no mostrarían un amplio apoyo de la sociedad en esta ocasión. 

Las manifestaciones casi diarias – en su mayoría los domingos y concentradas en Minsk  – se tornaron un símbolo de protesta para los ciudadanos, quienes se rebelan contra la fraudulenta reelección del pasado Agosto. Sin embargo, el cuestionado presidente sólo ha sabido reprimirlas brutalmente mientras la sociedad denuncia la persecución de candidatos opositores y exige su renuncia. 

Lejos de cesar, las protestas continúan intensificándose y la situación en Bielorrusia se torna aún más complicada. Aún así, con aproximadamente 100.000 personas protestando en las calles de la capital el día anterior, el lunes 14 de septiembre el presidente bielorruso se reunió en la localidad rusa de Sochi con su homólogo Vladimir Putin. El encuentro se enmarcó en redefinir sus relaciones y coincide con el inicio de maniobras conjuntas contra el terrorismo en Bielorrusia, denominadas «Fraternidad eslava». 

Sin embargo, ¿Qué rol cumple el apoyo de Rusia hacia Lukashenko y por qué es tan importante? Aunque a inicios de Agosto el presidente bielorruso denunció un intento de conspiración llevado a cabo por el Kremlin con el fin de “desestabilizar” la situación del país, Putin fue uno de los primeros en felicitar a Lukashenko por su reelección. 

La relación antes tensa entre ambos líderes comenzó a estabilizarse, y el bielorruso no desaprovechó la ocasión para pedir públicamente auxilio a Rusia en pos de intervenir militarmente en el país, debido principalmente a las masivas manifestaciones. Pese a que Putin se negó a la intervención ya que la situación aún no lo ameritaba, dispuso el envío de un contingente de agentes policiales “por si las cosas se salían de control”.  La posición política de Lukashenko se encontraba en estado crítico y su primera estrategia para salir a flote se basó en acusar a la OTAN y demás países occidentales de intervenir en Bielorrusia y querer desestabilizar el país. Hoy, su único aliado descansa en el Kremlin. 

Luego de la reunión llevada a cabo el lunes pasado, las medidas de apoyo hacia Bielorrusia se pusieron en práctica. En primer lugar, se anunció un préstamo de 1.500 millones de dólares a Bielorrusia para refinanciar su deuda. Un precedente sumamente importante en esta ecuación es el acuerdo de integración económica y política firmado por autoridades rusas y bielorrusas en septiembre de 2019. Con la finalidad de establecer una política fiscal y macroeconómica común, el acuerdo significaba una imponente integración económica. Sin embargo, la debilidad política de Lukashenko y su impacto en la economía aleja la posibilidad de trazar las líneas sobre este acuerdo. El rublo bielorruso ha perdido vastas reservas de moneda extranjera y profundiza la crítica situación del país, y con este panorama, Bielorrusia comienza una vez más a depender política y económicamente de Moscú. 

En segundo lugar, Putin afirmó que Moscú cumplirá con sus respectivas obligaciones en el marco de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, la cual manifiesta entre los Estados participantes la abstención del uso de la fuerza a menos que la agresión contra un signatario se considere una agresión contra todos. Sin embargo, aunque Putin haya subrayado que las maniobras antiterroristas de la «Fraternidad eslava» fueron acordadas en 2019 y no representan una respuesta por parte de Rusia a lo sucedido en Minsk, muchos consideran que la movilización de fuerzas bielorrusas y el apoyo de Moscú ahonda la represión de las protestas y promulga el Zapad 2017.

Por último, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov anunció que Lukashenko tiene intención de hacer cambios en la Constitución, acción que Rusia respalda de manera concisa. Putin propone como objetivo celebrar nuevas elecciones legislativas y presidenciales que otorguen cierto proceso de tránsito “pacífico”. En este punto es donde la oposición hace mayor hincapié, ya que el Presidente ha cambiado la constitución previamente en pos de aumentar sus poderes presidenciales y consideran que esto sólo sería una estrategia para perpetuarse en el poder. Asimismo, la líder de la oposición y ex candidata a presidente Svetlana Tijanóvskaya mencionó que todo acuerdo firmado entre ambos líderes será ilegal, ya que “el pueblo bielorruso no confía en Lukashenko ni lo apoyó en las elecciones”. 

Para poder analizar los sucesos, es necesario tener en cuenta la figura de Lukashenko en esta ecuación: un líder que ha oscilado entre “el este y el oeste” con la intención de obtener su mayor beneficio. Considerando que Lukashenko no reconoció la anexión de Crimea, puede sostenerse que Bielorrusia aún preservaba cierto grado de independencia respecto a Rusia. Sin embargo, modificar la constitución sin ánimos de incluir a la oposición, refleja la poca intención del gobierno de Lukashenko de establecer un proceso democrático a largo plazo. Este accionar puede promover nuevas y mayores protestas a favor de su destitución y por ende, perder todo apoyo. De ser así, Lukashenko no podría hacer más que recurrir al auxilio de Rusia, plegándose a sus demandas y favoreciendo las intenciones del gobierno de Putin para debilitar a Bielorrusia como un estado independiente. 

La lógica es sencilla: mientras más desgastada la posición de Lukashenko, menos posibilidades de resistirse a los pedidos de Moscú y por ende, mayor influencia del gobierno de Putin en las instituciones bielorrusas que facilitarían el control sobre el territorio. Hoy Lukashenko se muestra más dispuesto a avanzar con el acuerdo de unión firmado con Rusia años atrás y se retracta en diversos puntos a los que su oposición se mantenía firme, situación que evidencia algo bastante claro: las muestras de apoyo por parte de Rusia implican mucho más que sólo compañerismo.