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Conflictos no faltan, pero pocos tienen la capacidad de volverse tan absorbentes como el que se desató con el ataque a Irán. En apenas dos semanas, obligó a los aliados más acérrimos de Estados Unidos a preguntarse qué sigue después del Orden Liberal de posguerra, ahora que parece no poder garantizar las cadenas de suministro energético que sostienen la cotidianidad de buena parte del mundo moderno.

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Ataque a la refinería de Haifa: Irán atacó la refinería de Haifa, una de las principales infraestructuras energéticas de Israel, generando presión inmediata sobre el abastecimiento de combustible para el transporte, la industria y la capacidad militar del país. El objetivo no es casual: concentra producción energética, logística portuaria y almacenamiento, por lo que su daño se traduce en costos operativos y económicos concretos. Para Israel, el ataque justifica una respuesta más dura; para Irán, es una señal de disuasión. El escenario que se abre apunta a una escalada controlada, pero con alto riesgo de expansión regional.

Guerra en Ucrania Esta semana, medios rusos anunciaron que la ofensiva lanzada en marzo sobre el sureste de Ucrania ya «liberó» unas 12 localidades, aunque desde Ucrania aseguran haber logrado repelerla. En paralelo, se registró un aumento de ataques con drones ucranianos dentro de territorio ruso, destacando entre los objetivos una de las últimas vías de exportación de gas a Europa. Por su parte, Rusia propuso a Estados Unidos dejar de proveer inteligencia a Irán a cambio de que Washington se comprometa a hacer lo mismo con Ucrania.

Aumento de violencia insurgente en Nigeria y en la región del Sahel. La violencia yihadista en el corredor fronterizo entre Benin, Níger y Nigeria escala sin precedentes, en un contexto de inestabilidad política sostenida. El gobierno de Trump levantó sanciones sobre tres funcionarios malienses, entre ellos el ministro de defensa, que habían sido penalizados por sus vínculos con Africa Corps (ex Wagner), argumentando mejoras en la relación bilateral y necesidades de cooperación en seguridad. El incremento de violencia en la zona se atribuye en gran medida al accionar de grupos vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico en el Sahel (ISSP, Islamic State Sahel Province). El cuadro regional combina el deterioro de la seguridad en el Sahel con un reposicionamiento diplomático que, por ahora, genera más preguntas que respuestas.

En la mesa: El Estrecho de Ormuz encareció la guerra

Si las últimas semanas dejaron algo en claro, es que la guerra con Irán dejó de ser un frente más en Medio Oriente para convertirse en un problema que atraviesa buena parte del sistema internacional. La lógica militar del conflicto ya no alcanza para explicar el valor de un accidente geográfico, ni por qué logra semejante nivel de atención.

El Estrecho de Ormuz aparece como punto clave. No es novedad: existe una gran asimetría entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán por el otro. Ante una asimetría de este tipo, el actor en desventaja redefine los términos de su victoria: el objetivo (que no puede ser ganar) es hacer que su «inevitable» derrota sea lo más cara posible, ofreciendo incentivos a sus adversarios para retirarse.

De ahí que Irán deba sacar el máximo provecho de una región cercana, acotada y operable con los medios disponibles (drones, misiles y minas), que representa un quinto del petróleo y gas natural licuado del mundo.

El bloqueo del estrecho empieza a hacer sentir la guerra incluso en países que no participan activamente. Japón tuvo que recurrir a sus reservas estratégicas de petróleo y a subsidios para evitar escaladas en los precios de la nafta; en el continente europeo, Putin ya recordó a exconsumidores de gas ruso que siempre atiende el teléfono.

Países europeos y asiáticos enfrentan una doble presión: por un lado, la suba global del combustible que ya genera costos políticos internos; por el otro, las exigencias de Washington de un mayor compromiso con el esfuerzo bélico. El problema es que Trump no termina de definir cómo se ve una victoria sobre Irán, por lo que cualquier aliado dispuesto a sumarse no tiene forma de saber cuál es la línea de llegada. En el escenario actual, sumarse a esta aventura solo implica más pérdidas, lo que desincentiva hasta al más voluntarioso.

Trump reconoce, a través de algunas de sus medidas, que la situación se está complicando. En las últimas semanas se levantaron temporalmente sanciones sobre el comercio de crudo ruso e iraní para calmar los precios del barril, señal de que la estrategia de hacer cara la guerra está surtiendo efecto.

La verdadera ventaja de Irán es la claridad: mientras a Estados Unidos le resulta cada vez más difícil establecer la condición que le permita proclamar la victoria, Irán parece saber qué hacer.

¡Hasta la próxima semana!

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