Durante la Guerra Fría, las agencias de inteligencia estadounidenses desarrollaron una amplia variedad de métodos para obtener información en un contexto marcado por la desconfianza, la rivalidad ideológica y la percepción de una amenaza constante. La escasez de datos verificables sobre la Unión Soviética impulsó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) a experimentar con técnicas intrusivas, algunas de ellas hoy consideradas violaciones graves a los derechos humanos.
Entre estos métodos se destacaron proyectos de manipulación psicológica, pruebas con sustancias psicoactivas y el estudio de supuestas «habilidades psíquicas», como la telepatía o la visión remota, con el objetivo de explorar si podían convertirse en herramientas útiles para operaciones de inteligencia. Dichos esfuerzos, que hoy resultan llamativos, absurdos e incluso polémicos, reflejan la magnitud de la incertidumbre estratégica de la época. Sobre todo, pensar la disposición de las agencias a experimentar con cualquier alternativa que pudiera ofrecer una ventaja.
En contraste, la actualidad presenta un escenario completamente distinto: la mayor parte de la información personal se genera y circula de manera voluntaria y cotidiana a través de dispositivos digitales, plataformas sociales y redes interconectadas. Este cambio radical obliga a reflexionar sobre cómo han evolucionado las prácticas de inteligencia y qué implicaciones éticas conlleva la transición desde métodos coercitivos hacia modelos basados en la obtención datos masivos personales.
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La Guerra Fría (1947-1991) estuvo caracterizada por la competencia tecnológica, militar y simbólica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La falta de canales de comunicación confiables y el secretismo extremo del bloque soviético convertían a la información en un recurso estratégico de enorme valor. En este escenario, la CIA debió desarrollar capacidades de obtención de inteligencia para reducir la incertidumbre y anticipar posibles amenazas.
Antes de la revolución digital, los métodos predominantes eran analógicos y altamente riesgosos. Entre ellos se incluían el reclutamiento de agentes humanos (HUMINT), la interceptación postal, la vigilancia física y el uso de operaciones encubiertas para obtener documentos o testimonios relevantes. La fiabilidad de estas acciones dependía en gran medida de la voluntad de los individuos involucrados y del contexto político.
Uno de los episodios más controvertidos de este período fue el infame programa MK-Ultra, iniciado en 1953. Bajo el argumento de estudiar técnicas de control mental y mejorar las capacidades de interrogatorio, la CIA financió experimentos con sustancias psicoactivas como el LSD (dietilamida del ácido lisérgico, un potente alucinógeno conocido por sus profundos efectos perceptivos y emocionales) en personas que en muchos casos desconocían su participación. Algunos de estos experimentos involucraron a miembros del ejército, civiles e incluso pacientes institucionalizados.
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La falta de supervisión democrática y la ausencia de parámetros éticos claros permitieron que estas prácticas se desarrollaran en secreto durante años. Recién en la década de 1970, a través de comisiones investigadoras del Congreso estadounidense, el programa salió a la luz, generando un debate público sobre los límites legales y morales de la inteligencia estatal.
Dentro de estos experimentos, ciertos documentos y testimonios revelan que algunas sesiones implicaban la administración de LSD durante períodos prolongados, en ocasiones de ocho a nueve horas. El propósito no se limitaba a observar los efectos psicotrópicos de la sustancia: buscaba también evaluar cómo la combinación de alteración perceptiva, ansiedad sostenida y un estado inducido de vulnerabilidad podía influir en la resistencia psicológica del sujeto.
El caso más conocido es el de Frank Olson, un científico que fue expuesto al LSD sin su consentimiento durante una reunión en 1953; su muerte días después, en circunstancias nunca del todo esclarecidas, abrió un debate profundo sobre la responsabilidad estatal y los riesgos asociados a la experimentación secreta.
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Otro ejemplo se dio en las investigaciones del psiquiatra Ewen Cameron en la Universidad McGill, financiadas indirectamente por la CIA, donde pacientes fueron sometidos a combinaciones de drogas, privación sensorial y grabaciones repetitivas destinadas a «desestructurar» su personalidad. Si bien estos métodos no arrojaron los resultados buscados por la Agencia, mostraron los costos humanos de priorizar la experimentación sobre el consentimiento informado y la integridad psicológica de los participantes.
Estas prácticas no solo se desarrollaban en instalaciones formales, sino también en las denominadas “safe houses”, viviendas clandestinas operadas por la Agencia en ciudades como Nueva York o San Francisco. En estos espacios controlados (fuera de cualquier supervisión legal o judicial) se llevaron a cabo múltiples experimentos con sustancias, en la mayoría de casos administradas sin el conocimiento de las personas.
Un caso menos conocido fue el del coronel James R. Christensen, un exmarine entrevistado por la CIA en 1966 para un posible empleo. Aunque nunca llegó a incorporarse a la Agencia (supuestamente por hipertensión arterial), su exesposa denunció que durante aquella entrevista se le habrían administrado drogas sin consentimiento, lo que habría contribuido a su extraño y paranoico comportamiento hasta su posterior suicidio. La CIA negó categóricamente estas acusaciones, alegando que no utilizaron ninguna sustancia.
Más allá de MK-Ultra, la CIA desarrolló otros programas de naturaleza experimental. Entre ellos destacó Project Artichoke, que exploró técnicas de interrogatorio mediante hipnosis, drogas y manipulación psicológica para evaluar la posibilidad de influir en el comportamiento humano bajo condiciones extremas.
Otro caso relevante fue Stargate Project, un esfuerzo conjunto con el Departamento de Defensa durante 23 años para investigar supuestas capacidades psíquicas como la visión remota, con la esperanza de aplicarlas a operaciones de reconocimiento a distancia. Aunque estos proyectos nunca demostraron resultados concluyentes, su existencia revela hasta qué punto la incertidumbre estratégica de la Guerra Fría impulsó a las agencias estadounidenses a explorar alternativas no convencionales, aun cuando su fundamento científico fuera débil o controvertido.
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Sin embargo, más allá del carácter extremo de estos programas, lo que verdaderamente permite entender su legado es la transformación posterior del ecosistema de inteligencia. A partir de la década de 1980, entre el escrutinio público, las comisiones legislativas y la mayor supervisión institucional, las agencias estadounidenses comenzaron a abandonar, al menos formalmente, los métodos experimentales intrusivos que habían caracterizado la Guerra Fría. Paralelamente, la expansión de nuevas tecnologías de la información abrió un horizonte inédito: la posibilidad de recolectar datos de forma masiva, continua y a distancia, sin necesidad de recurrir a intervenciones físicas directas.
A diferencia del escenario cerrado de la Guerra Fría, en la actualidad la información personal se encuentra ampliamente distribuida. Cada interacción digital (un mensaje, una búsqueda, un desplazamiento con el teléfono) deja un rastro que puede ser analizado, almacenado y correlacionado. Este volumen de datos, conocido como Big Data, ha transformado la labor de las agencias de inteligencia, que hoy dependen menos del contacto humano directo y más del procesamiento masivo de información.
Mientras que en la Guerra Fría la CIA debía recurrir a técnicas extremas para conseguir datos escasos, en el presente gran parte de la información relevante se produce de manera voluntaria y pública. Las redes sociales, las aplicaciones móviles y los servicios en línea conforman una infraestructura global que permite elaborar perfiles psicológicos y conductuales con un nivel de precisión que ningún experimento del pasado podría haber alcanzado.
Este cambio plantea una paradoja inquietante: ya no es necesaria la coerción directa para acceder a información sensible, sino simplemente la capacidad de analizar y cruzar los datos que las personas generan diariamente.
El paso de métodos clandestinos hacia modelos algorítmicos no implica la desaparición de los desafíos éticos; por el contrario, los transforma. La vigilancia masiva, los sistemas de reconocimiento facial, los metadatos de comunicaciones y la inteligencia artificial utilizada para detección de patrones abren debates sobre privacidad, transparencia y responsabilidad estatal. Las revelaciones de Edward Snowden en 2013 evidenciaron la magnitud del monitoreo digital, generando cuestionamientos sobre el equilibrio entre seguridad y derechos individuales.
La comparación entre las prácticas de la CIA durante la Guerra Fría y los métodos actuales revela una transformación profunda en la relación entre información, poder y tecnología. Si en el pasado la escasez de datos impulsó a las agencias a adoptar métodos intrusivos y éticamente cuestionables, hoy el desafío radica en gestionar un entorno en el que la información abunda y circula con facilidad.
La inteligencia contemporánea ya no necesita operar únicamente en la sombra para obtener datos relevantes; basta con analizar lo que los individuos producen en su vida cotidiana. Esto invita a una reflexión crítica: ¿es más problemático un Estado que recurre a la experimentación encubierta para obtener información, o uno que puede conocer a sus ciudadanos sin necesidad de intervenir directamente en sus cuerpos, sino simplemente observando sus hábitos digitales?
En un mundo donde la frontera entre seguridad y privacidad es cada vez más difusa, comprender esta evolución resulta esencial para debatir los desafíos democráticos de la era del Big Data.




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