Desde su asunción como presidente de los Estados Unidos, Donald Trump ha coqueteado con la idea de anexar Groenlandia, un territorio ubicado entre el Ártico y el Atlántico Norte que pertenece al Reino de Dinamarca desde 1814, cuando se disolvió el Reino de Noruega y Dinamarca. 

Este posible ataque a un territorio que forma parte de un aliado de Estados Unidos y un miembro de la OTAN como Dinamarca hizo saltar todas las alarmas de los Ministerios de Relaciones Exteriores de los países europeos. Sí, el año pasado Trump decidió “castigar” la supuesta debilidad de los líderes europeos con nuevos aranceles que comenzaron a erosionar una alianza construida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. 

Después de un año convulso, donde Europa se encontró cada vez más sola en la defensa de un orden interno basado en reglas en el que ya nadie cree, con un Trump que busca reducir la ayuda de la OTAN a Ucrania y que ya no confía en los mandatarios europeos, ahora el presidente norteamericano busca darle la estocada final a la alianza transatlántica. 

Si durante el 2025 la Unión Europea reaccionó con estupor ante todas las excentricidades de Donald Trump, ahora la UE sufre sus delirios en carne propia. La amenaza sobre Groenlandia y, como consecuencia, el aumento de tensiones con Dinamarca, cruzan un límite imposible de reparar. 

Con la excusa de reforzar la seguridad de los Estados Unidos en el Ártico para frenar la amenaza rusa, Trump va a dilapidar la alianza con los países europeos. Décadas de diplomacia y relaciones multilaterales que tuvieron como resultado la concreción de la Organización del Tratado del Atlántico Norte se van a hacer trizas por la ambición desmedida de un presidente norteamericano que solo piensa en sus intereses y no en los de su país. 

Este patrón de comportamiento puede observarse en su última acción desmedida contra el Reino de Noruega: decidió enviarle una carta a su Primer Ministro afirmando que, dado que el Comité del Nobel le negó su premio, él ya no necesita comprometerse con la paz. 

Aunque las aspiraciones de Trump eran conocidas desde antes que accediera a la presidencia en 2017, nadie las tomaba en serio y las consideraban las excentricidades de época de un magnate que creía que podía conquistar el mundo de la misma forma que conquistó el mundo de los realities. 

Desde enero del año pasado, cuando comenzó su segunda presidencia, Trump apretó el acelerador y, como un Pac-Man en la arena internacional, busca comerse al mundo, en el peor sentido posible del término. 

Cuando atacó Venezuela y secuestró a Maduro, Trump utilizó como argumentos la dictadura venezolana y la grave situación humanitaria del país. Ahora, para justificar la anexión de Groenlandia, además de los argumentos sobre la seguridad, el presidente norteamericano aduce la falta de capacidad de Dinamarca para administrar el territorio.

Todos estos antecedentes nos hacen reflexionar sobre si realmente existe un límite para Donald Trump. En el hipotético caso de que invada Groenlandia, ¿cuál será su próximo objetivo? ¿Canadá? ¿Se va a animar Trump a atacar a su vecino del norte? 

En este sentido, cuando el Derecho Internacional ya no significa nada para el presidente de los Estados Unidos, cuesta imaginar un futuro mejor para el resto de los actores del sistema internacional. Aún cuesta encontrar una alternativa. Es el momento cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer; estamos en el momento de los monstruos.

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