Arabia Saudita firmó un acuerdo de cooperación militar y defensa mutua con Pakistán: cualquier agresión contra uno será considerada agresión contra ambos. El Strategic Mutual Defense Agreement (SMDA) se firmó a mediados de septiembre de este año en Riad entre el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman y el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif. Ambos países se comprometen a responder colectivamente frente a un ataque. De acuerdo a declaraciones oficiales, el acuerdo contempla todos los medios militares necesarios para la defensa. Lo importante aquí es que Pakistán es el único país del mundo musulmán con armamento nuclear y por ende existen especulaciones respecto a si Arabia Saudita accederá también al paraguas nuclear de Pakistán.

En este sentido, el ministro de defensa pakistaní declaró que los tratados de defensa mutua no suelen discutirse de manera pública y no se detallará la dimensión atómica. La cuestión nuclear se mantiene en la ambigüedad para actuar como deterrence por sombra (disuasión silenciosa). Esto reconfigura el tablero regional: incorpora a una potencia nuclear como Pakistán en la arquitectura de seguridad del Golfo, alterando la relación de fuerzas y las tensiones con actores como Irán, principal rival estratégico de Arabia Saudita en la región.

El desarrollo nuclear de Irán es percibido por Arabia Saudita como una amenaza directa para su seguridad. Esa preocupación se intensificó este año, después del ataque conjunto de Israel y Estados Unidos sobre instalaciones iraníes destinadas a avanzar en su programa atómico. En ese contexto, el acercamiento estratégico entre Riad y Pakistán adquiere una nueva dimensión: funciona como un posible contrapeso frente a la inestabilidad que genera la cuestión nuclear iraní. 

Dos días antes de la firma del acuerdo, los países árabes e islámicos se reunieron en un cónclave extraordinario convocado tras el ataque israelí en Qatar. Ese clima de tensión regional sirvió de antesala política al pacto de defensa entre Arabia Saudita y Pakistán. En el comunicado final, los países participantes condenaron enérgicamente esa agresión contra un Estado miembro y calificaron el ataque como ilegal.  

Este movimiento también se inscribe en un escenario más amplio de realineamientos estratégicos en Asia. Mientras Pakistán fortalece sus vínculos militares con Arabia Saudita, su rival histórico, India, profundizan su alianza en materia de defensa e inteligencia con Israel. La cooperación indo-israelí —particularmente en tecnología militar, drones, misiles y sistemas de vigilancia— actúa como contrapeso en el otro extremo del tablero, contribuyendo a una regionalización de tensiones que se superpone con el conflicto con Irán y refuerza la lógica de bloques en Medio Oriente y Asia Meridional.

La articulación entre India e Israel no es coyuntural: surge de trayectorias históricas paralelas y necesidades estratégicas convergentes. India, con mayoría hindú, logró su independencia del Imperio británico en 1947 y quedó inmediatamente atrapada en un conflicto territorial e identitario con Pakistán por Cachemira. Israel proclamó su Estado un año después, en 1948, y enfrentó desde el inicio la resistencia armada de la Liga Árabe. En ambos casos, la construcción estatal estuvo marcada por guerras tempranas, desplazamientos poblacionales, amenazas existenciales y ciclos persistentes de violencia dentro de sus fronteras. 

En India, el conflicto de Cachemira se convirtió en un frente crónico con episodios de insurgencia y terrorismo, alimentados por la disputa con Pakistán y por dinámicas internas del valle. Israel, con su propio historial de atentados y confrontaciones con organizaciones armadas palestinas y actores regionales, encontró en Nueva Delhi un socio que no cuestionaba su enfoque de seguridad y que veía en su experiencia operativa un insumo útil. 

El factor militar es central. India es hoy el segundo ejército más numeroso del mundo y el mayor importador de armamento después de Ucrania, concentrando el 8,3% de las compras globales entre 2020 y 2024. Su dependencia histórica de las armas rusas fue muy alta: en 2011, el 70% del arsenal indio provenía de Moscú. Pero la guerra en Ucrania reconfiguró el mapa: en 2024, la participación rusa cayó al 36% debido a las necesidades de su propio frente, mientras Francia avanzó con ventas de aviones, helicópteros y sistemas de defensa, e Israel consolidó su rol como proveedor estratégico de tecnología militar, drones, inteligencia y sistemas de vigilancia. Nueva Delhi diversifica para reducir vulnerabilidades; Jerusalén encuentra un socio dispuesto a absorber innovación militar avanzada sin condicionamientos políticos.

En conjunto, la alianza entre India e Israel no es un hecho aislado, sino parte de una reconfiguración estratégica más amplia donde Asia del Sur, Medio Oriente y las potencias emergentes recalibran sus vínculos de defensa. La convergencia entre ambos países —histórica, militar y tecnológica— se vuelve aún más relevante en un contexto marcado por la competencia global por armamento, la crisis del suministro ruso y la creciente militarización de disputas regionales como Cachemira o el eje Irán–Arabia Saudita. Este entramado confirma que los alineamientos ya no responden a bloques ideológicos rígidos, sino a necesidades pragmáticas de supervivencia, poder y autonomía en un sistema internacional cada vez más inestable.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Tendencias