No lo vi personalmente.
Nunca tuve la suerte ni de saludarlo, ni de ir a alguna cancha donde jugaba. Siempre fue ese mito, ese Dios que mi abuelo supo evangelizarme con sus proezas.
Solo llegó y se hizo carne.
Y no es exagerado: Maradona, con todas sus contradicciones, fue, y es, el fenotipo del argentino.
Que ojo: no todos se sienten carne de eso, algunos se avergüenzan, otros lo niegan. Pero nadie puede borrarlo.
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Maradona es él y los miles de Maradona que se chocan en su historia. Cada uno lo hace propio: el rebelde, el padre, el humilde, el que se levanta puteando, pero igual sale a la cancha.
Maradona es lucha, es equivocarse, es ir al frente.
Y los que vivimos un poco a lo Maradona, sabemos que aunque te corten las piernas, hay algo adentro que te obliga a seguir.
Y un día se fue.
De golpe, un mediodía cualquiera, sin previo aviso. Nadie se animaba a decirlo.
Me acuerdo de quedarme quieto, clavado frente a la pantalla, viendo mil veces las mismas jugadas, como si repitiéndolas pudiera hacerlo revivir.
Busqué consuelo en esa danza eterna con su única pareja fiel: la pelota.
No quise creerlo entonces, y todavía no quiero.
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Maradona del sur
Victor Hugo lo dijo: Maradona nació en el sur del conurbano y murió siendo del sur del mundo.
El que se peleó con los poderosos, el que levantó la voz por los que no la tienen.
El que abrazó causas sociales antes de que fueran “marca personal”.
Cuando hablaba de Fidel o de Chávez, no hablaba de ideología, hablaba de pertenencia.
Porque Diego fue eso: el sur con hambre y con orgullo, el que no pide permiso y el que paga caro cada vez que se anima a decir lo que otros callan.
Maradona y Malvinas
Y después está esa otra historia, la que todos conocemos y cada tanto nos vuelve como un loop emocional: México ‘86.
Inglaterra del otro lado.
Cuatro años antes, 649 argentinos muertos en las Islas.
Y él, con una pelota en los pies, vengando un país entero sin decir una palabra.
Dos goles: la mano de Dios, el otro imposible.
La trampa y la belleza.
La picardía y la perfección.
Lo que somos.
Por eso ese partido no fue fútbol: fue justicia poética con camiseta celeste y blanca.
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Crónica del mito que convirtió una pelota en política exterior
Maradona terminó siendo el mayor símbolo de la Argentina en el mundo, incluso por encima de la política o la economía.
No fue embajador, pero representó al país mucho más que cualquier canciller.
Su rebeldía contra la FIFA, su pelea con los grandes poderes del fútbol y su rechazo a los mandatos internacionales lo convirtieron en un emblema del sur global: el tipo que, desde abajo, se animó a desafiar a los dueños del juego.
Mientras otros buscaban agradar, él eligió incomodar.
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Maradona peronista
Maradona fue peronista sin leer a Perón.
Lo fue porque creyó en los laburantes, en los pibes, en los que no la tuvieron fácil.
Porque su rebeldía no fue de discurso, fue de hambre.
Porque entendió que el poder nunca se comparte, pero la pelota sí.
Y en un país donde la política se llenó de caretas, él fue el último que se animó a decir lo que pensaba, aunque lo cueste todo.
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El día después
Creo que es algo natural: cuando algo termina, una fiesta, un evento, una vida, queda esa resaca.
Yo acuñé un término que no sé si existe, pero lo sentí ese 26 de junio de 2018, cuando murió mi abuelo y los goles a Nigeria, el de Messi y el otro de Rojo, obvio con el Diego en la tribuna, nos daban vida en el Mundial.
Al otro día me sentía pesado, con los ojos destruidos.
No solo por el llanto por mi abuelo, sino por lo que significó: una pelota entrando despacito, pidiendo permiso entre las piernas de los nigerianos.
Ese día entendí que hay emociones que se superponen, que se mezclan y que nunca se van del todo.
Con Maradona pasa eso. Siempre es el día después.
Porque a diferencia de todo lo que intento contar en estas entregas, y contradiciendo la lógica de Todo pasa, igual que mi abuelo, Maradona no pasa.
Ni va a pasar.
Nunca.
Nos vemos en la próxima.





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