En agosto de 2023 escribíamos que Javier Milei había dejado de ser una figura excéntrica para convertirse en un protagonista inevitable de la política argentina. Que su triunfo no había sido una simple coincidencia ni la consecuencia de eventos fortuitos, sino el resultado de un proceso que llevaba al menos dos décadas gestándose. Dos años después, esa lectura no solo se confirma, sino que se profundiza: el fenómeno Milei ya no es una irrupción, es un nuevo orden político.

En aquel entonces señalábamos que su aparición marcaba el giro político más profundo desde 1946, una ruptura con la tradición bipartidista que había dominado la vida política argentina durante casi ochenta años. Hoy esa ruptura es un hecho consumado. La Libertad Avanza no fue un estallido de enojo popular, sino la consolidación de una fuerza que vino a reemplazar a uno de los dos grandes polos históricos. Y su victoria, una vez más, frente al peronismo -hoy rebautizado como Fuerza Patria- lo confirma con contundencia.

La derecha liberal, el neoliberalismo, la antipolítica -según cómo se la quiera nombrar- se ha consolidado como una estructura nacional. Y lo que en 2023 fue un cachetazo, hoy es un golpe sobre la mesa.

Porque si entonces sorprendía el ascenso de Milei, hoy asombra su capacidad para mantener y ampliar ese apoyo, incluso frente al desgaste de gobernar y al contexto económico adverso, sumado a innumerables polémicas dentro de su círculo más íntimo a nivel personal y político.

La sorpresa mayor llegó, como suele ocurrir, en la provincia de Buenos Aires. Pasamos de una diferencia de más de diez puntos en septiembre a un triunfo de Santilli por apenas uno o dos puntos. Un resultado que casi nadie veía venir, y que demuestra que la estrategia de desdoblar fechas y provincializar los comicios fue, al final, un error de cálculo. El peronismo dio su golpe de gracia en las elecciones provinciales de septiembre, pero no logró sostenerlo en octubre.

El golpe es durísimo para el espacio liderado por una Cristina Fernández de Kirchner políticamente replegada y proscrita por su condena, acompañada por figuras más preocupadas por conservar poder que por ofrecer una renovación real. El peronismo de 2025 parece haberse convertido en la viva imagen de aquello que la sociedad argentina está intentando dejar atrás.

La persistencia del desencanto

La pregunta que surge casi naturalmente es: ¿qué pasó?, ¿cómo es posible que, con una inflación que parece más un dibujo que un número real, con una pérdida de poder adquisitivo brutal y con el trabajo formal en caída libre, la sociedad haya decidido volver a respaldar -aunque sea parcialmente- al proyecto que simboliza la continuidad de este presente?

La respuesta, tal vez, está en otro lado. Quizás la Argentina no está tan mal como pensábamos, o quizás, más probable aún, la gente ha decidido no volver atrás, sin importar el costo. Porque en un país donde la política se repite como un eco y las promesas ya no emocionan, Milei representa, al menos, una diferencia.

Durante meses vimos a un presidente viajando a Estados Unidos en busca de fondos, condicionado por los mercados, por el FMI, por los resultados electorales. Vimos cómo el relato se agotaba y cómo el oficialismo se encerraba en una discusión interna que la sociedad ya no comprende ni comparte. Aun así, no alcanzó para dar vuelta lo sucedido en los comicios de hace dos años.

Una campaña sin alma

La estrategia de “limpiar las listas” y presentar candidatos más “soft”, menos “sucios” políticamente, terminó siendo un grave error. El peronismo creyó que bastaba con ofrecer rostros menos polémicos para reconectar con el electorado. Pero la política no se trata solo de nombres: se trata de sentido. Y esta vez, no hubo ni figura convocante ni relato.

En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, la campaña estuvo más encabezada por Axel Kicillof que por Taiana, primer candidato a diputado nacional. Fue más una campaña institucional que política, más un intento de defensa de gestión que un llamado al futuro. El resultado fue el previsible: una campaña sin alma, sin identidad, sin épica.

En 2023 hablábamos de un voto bronca, espontáneo, visceral. En 2025 ese concepto ya no alcanza. El mileísmo dejó de ser un reflejo emocional para transformarse en una identidad política. Esa derecha libertaria que mezcla neoliberalismo, antipolítica e individualismo ha logrado algo que el resto no: representar a un sector creciente de la sociedad.

Y mientras tanto, el peronismo -y buena parte de la oposición tradicional- hicieron campaña solo contra Milei: “Hay que ganar para que no gane él”, fue el lema implícito. Una lógica de resistencia, sin proyecto propio. Pero ya no alcanza con oponerse.

Se fragmentó en alianzas y egos que terminaron por desdibujarlo. Fuerza Patria, más que una coalición, fue una sumatoria de intereses: gobernadores peronistas que quisieron mantener autonomía, dirigentes que apostaron por proyectos locales, y una conducción nacional incapaz de ordenar el conjunto. 

Y lo más grave no es la pérdida de bancas, sino la pérdida de sentido. El movimiento que durante décadas fue capaz de reinventarse ante cada crisis, hoy parece exhausto, sin relato, sin liderazgo, sin horizonte, que se chocó con un electorado cansado de ser visto como un mero espectador.

El espejo de la participación

La participación electoral, del 68%, no fue ni tan baja ni tan alta, pero sí síntoma de algo más profundo: una ciudadanía cada vez más descreída, más distante, más individualizada.

Una sociedad que mira la política como un espectáculo ajeno, que ya no cree en la representación, que elige, si elige, desde la desconfianza.

Y ahí radica la fuerza del neoliberalismo mileísta: en la promesa de la autosuficiencia, en la ilusión de que se puede vivir al margen del Estado, de los otros, de lo colectivo.

Mirar hacia 2027

De cara a 2027, el desafío es monumental. El peronismo deberá repensarse desde sus cimientos: qué representa, para quién, y con qué lenguaje.

Ya no alcanza con invocar el nombre de Perón o con agitar la bandera de la justicia social si en la práctica no se traducen en políticas concretas. Hace falta un nuevo contrato con la sociedad, una nueva manera de hablarle a un pueblo que cambió.

La Libertad Avanza sigue avanzando, no por accidente, sino porque el resto del sistema político no supo construir una alternativa creíble. Y mientras el gobierno se aferra a su retórica de resistencia, Milei sigue ocupando el terreno simbólico del cambio, ese que antes pertenecía a otros.

Quizás lo más interesante de este tiempo es que el mileísmo no inventó el desencanto: lo organizó políticamente. Tomó esa mezcla de enojo, frustración y escepticismo que flotaba en el aire y le dio una forma, un discurso, una dirección.

Mientras los viejos partidos seguían discutiendo entre sí quién tenía la razón, la gente ya se había movido de lugar.

Epílogo: un país que se mueve

Tal vez ese sea el verdadero mensaje de estas elecciones: que la sociedad argentina está cambiando más rápido que su clase política. Que los símbolos ya no alcanzan, que los nombres ya no garantizan nada, que la nostalgia no es programa de gobierno.

Hay algo profundamente humano, y a la vez profundamente peligroso, en ese movimiento hacia adelante, sin mirar atrás. Es el deseo de cambio, pero también el cansancio, la desconfianza, la necesidad de encontrar una salida, aunque sea en dirección incierta.

El peronismo, si quiere sobrevivir, deberá escuchar más y hablar menos. Dejar de pensarse como el dueño del futuro y volver a ser parte del presente. Volver a caminar el país, a mirar a la gente a los ojos, a preguntar qué duele y qué falta.

Porque lo que está en juego ya no es una elección, ni una disputa ideológica: es la posibilidad de volver a creer. Y en ese terreno, el que primero logre encender una chispa de esperanza (sin impostura, sin nostalgia, sin cinismo) será quien empiece a escribir el próximo capítulo de la historia argentina.

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