Durante gran parte del siglo XX, el espionaje fue una actividad reservada a potencias con operaciones secretas que se movían en las sombras. Hoy, ese panorama ha cambiado radicalmente. La tecnología satelital, combinada con la intercepción electrónica y el análisis automatizado, ha permitido que la observación del planeta se realice con una precisión impensada. Como si se tratase de una película de ciencia ficción, desde el espacio las agencias de inteligencia pueden seguir movimientos, identificar infraestructuras y anticipar amenazas, en una dinámica donde la información se convierte, más que nunca, en un instrumento de poder.
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El espionaje moderno se sostiene sobre un entramado de disciplinas técnicas que, integradas, conforman un sistema de vigilancia global. La inteligencia de imágenes (IMINT o GEOINT) realiza capturas fotográficas de alta resolución de la superficie terrestre mediante sensores ópticos y radares de apertura sintética (SAR) instalados en satélites que orbitan entre 300 y 800 kilómetros de altitud. Estas imágenes permiten identificar construcciones, flotas militares, desplazamientos logísticos y actividades inusuales. El radar, además, atraviesa nubes y funciona de noche, garantizando una cobertura casi constante. Un ejemplo de ello fue el seguimiento realizado por la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial (NGA) de Estados Unidos durante la invasión rusa a Ucrania, cuando los satélites detectaron la concentración de tropas y convoyes militares antes del inicio del conflicto.
A su vez, la inteligencia de señales (SIGINT) se dedica a interceptar comunicaciones, emisiones electrónicas y radiaciones electromagnéticas. Gracias a esta capacidad, las agencias pueden rastrear dispositivos, analizar patrones de comunicación y localizar centros de mando. El Government Communications Headquarters (GCHQ) británico (servicio de inteligencia especializado en señales y ciberseguridad), por ejemplo, ha sido pionero en la intercepción de cables submarinos y tráfico digital global. Esta es una práctica que, aunque envuelta en controversias, le ha permitido anticipar ataques terroristas y ciberamenazas. La inteligencia de medición y firmas (MASINT) amplía el espectro al estudiar huellas térmicas, químicas o acústicas que revelan actividades industriales o militares encubiertas. Un caso ilustrativo fue la detección por parte del Pentágono de pruebas nucleares subterráneas en Corea del Norte a partir del análisis de microvibraciones sísmicas y emisiones térmicas.
Ninguna de estas áreas opera por separado: los analistas combinan imágenes, señales y fuentes humanas (HUMINT) para construir un mapa integral de la realidad, donde cada dato refuerza al otro. Esta convergencia tecnológica se hizo evidente en los operativos de localización de bases insurgentes en Siria e Irak, donde la CIA y la NSA (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos) cruzaron información de señales con imágenes de drones y satélites para identificar objetivos precisos sin desplegar tropas en terreno.
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Durante la Guerra Fría, obtener una fotografía aérea de una instalación enemiga requería operaciones muy costosas y demasiado arriesgadas. Algunos programas como los estadounidenses “GAMBIT” (especializado en imágenes de altísima resolución) y “HEXAGON” (diseñado para cubrir vastas extensiones con cámaras panorámicas) dependían de cápsulas de película que era recuperadas en pleno vuelo. Hoy, la revolución digital y la miniaturización han multiplicado exponencialmente las capacidades. Constelaciones satelitales privadas como Maxar, Capella Space, Planet Labs o BlackSky ofrecen imágenes comerciales de alta resolución con cobertura diaria, permitiendo monitorear zonas de conflicto o actividades económicas con un nivel de detalle sin precedentes. En 2022, imágenes de Maxar mostraron un convoy ruso de más de sesenta kilómetros aproximándose a Kiev, una información que rápidamente se volvió pública y modificó la estrategia comunicacional del Kremlin. Otro caso notorio lo constituye el uso de satélites SAR por parte del Ministerio de Defensa de Japón (MOD) para monitorizar con precisión las instalaciones de lanzamiento norcoreanas, rastreando movimientos de cohetes y modificaciones en plataformas de prueba.
Las agencias de inteligencia aprovechan este entorno comercial tanto para ampliar su cobertura como para mantener la discreción. Comprar imágenes civiles implica una reducción de costos y brinda una capa de negación plausible: la información puede provenir de fuentes públicas, sin revelar activos clasificados. Esta nueva modalidad en el espionaje del siglo XXI se caracteriza por esa hibridación entre lo público y lo privado, donde la línea que separa al Estado del mercado se vuelve cada vez más difusa, con el fin de que su actuación resulte casi imperceptible. La CIA, por ejemplo, ha recurrido a imágenes de Planet Labs para verificar la expansión de infraestructuras chinas en el Mar de la China Meridional, una zona de creciente tensión geopolítica.
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Aunque compartan herramientas, la diferencia entre la inteligencia y la acción militar es de propósito y tiempo. Los ejércitos emplean la observación satelital con fines tácticos: localizar objetivos, guiar ataques, prevenir escenarios o evaluar daños. Ya anteriormente, en la guerra del Golfo de 1991, los satélites estadounidenses permitieron coordinar bombardeos de precisión contra infraestructuras críticas iraquíes. Las agencias de inteligencia, en cambio, utilizan estas capacidades con objetivos estratégicos y, a menudo, clandestinos. La mayoría de las veces, el interés no es destruir un blanco, sino comprenderlo: anticipar movimientos, detectar vulnerabilidades o descifrar intenciones políticas.
La discreción es esencial y una cuestión de Estado. Muchas operaciones se desarrollan fuera de zonas de guerra, incluso contra aliados o actores no estatales. Recordemos que, en 2013, millares de documentos filtrados revelaron que la NSA había intervenido las comunicaciones de líderes europeos, incluida la entonces canciller alemana Angela Merkel, provocando una crisis diplomática que expuso la magnitud de la vigilancia global. De este modo, el espionaje se mueve velozmente en un terreno político más ambiguo, donde un exceso de exposición puede derivar en consecuencias imprevisibles.
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El caso de Osama bin Laden, localizado en 2011 tras una década de rastreo, fue uno de los ejemplos más conocidos de la convergencia tecnológica. La combinación de SIGINT, HUMINT e IMINT permitió reconstruir la red de mensajeros que lo conectaban con el exterior y confirmar su paradero en Abbottabad (Pakistán). La tecnología fue decisiva, pero su éxito dependió tanto del análisis humano como de la coordinación interagencial.
En los años sesenta, los satélites del programa “CORONA” transformaron la percepción del equilibrio militar global al recuperar rollos fotográficos en cápsulas que caían del cielo. Sus imágenes desmintieron el supuesto “gap de misiles” soviéticos y redefinieron la política exterior estadounidense. Décadas después, el sistema ECHELON —una red de intercepción operada por los países de la alianza Five Eyes— mostró la extensión planetaria del espionaje electrónico y su potencial para influir en la diplomacia y la economía internacional. También se sabe que el Mossad israelí ha utilizado con éxito sistemas de observación satelital combinados con vigilancia cibernética para localizar instalaciones nucleares iraníes, en operaciones que rara vez trascienden a la opinión pública. En artículos anteriores hemos desarrollado con mayor detalle esta cuestión, especialmente en relación con el papel de la inteligencia israelí en el ciberespionaje regional.
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Más recientemente, los conflictos en Ucrania y Medio Oriente exhiben la democratización de la observación. Las imágenes comerciales, disponibles casi en tiempo real, permiten que periodistas, analistas independientes y organizaciones humanitarias documenten movimientos de tropas o ataques contra infraestructuras. Lo que antes pertenecía al ámbito secreto del espionaje ahora forma parte del escrutinio público global.
Seguir a una persona desde el espacio continúa siendo una idea más cinematográfica que real, pero con el ritmo actual del avance tecnológico pronto podría convertirse en una posibilidad tangible. A pesar de los avances, los satélites enfrentan límites físicos ineludibles: la órbita, el clima, el ángulo de observación y la frecuencia de paso sobre un mismo punto impiden una vigilancia continua. En 2020, por ejemplo, la Agencia Espacial Europea admitió que incluso sus satélites Sentinel no podían mantener observación permanente sobre un área reducida sin depender de constelaciones múltiples. Los servicios de inteligencia suelen complementar estas limitaciones con otras disciplinas, como la triangulación de señales o la infiltración humana, para obtener una imagen completa. Estas capacidades, sin embargo, invitan a reflexionar sobre los márgenes entre la seguridad, la privacidad y el poder que los Estados pueden ejercer desde la órbita.
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El espionaje satelital contemporáneo encarna la tensión entre conocimiento y dominio. Las agencias de inteligencia ya no monopolizan la observación: comparten el espacio con corporaciones privadas, medios y centros de investigación que acceden a los mismos datos. Esa multiplicación de actores redefine la noción de inteligencia y la vuelve más transparente, pero también más impredecible.
Las tecnologías que permiten observar el planeta con precisión milimétrica han inaugurado una nueva etapa en la política internacional: una era en la que la información se produce y circula a una velocidad imposible de controlar. El desafío no será solo aprovechar ese flujo de conocimiento, sino decidir cómo usarlo y regularlo para que no se perpetren abusos. Porque en la guerra contemporánea, ver primero es poder, pero comprender lo que se ve es lo que verdaderamente define el poder.





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