El miércoles 3 de septiembre la República Popular China organizó un desfile imponente, una demostración de fuerza como no se veía hace muchas décadas. El encuentro del Presidente chino con su par ruso Vladimir Putin y sus homólogos de India y Corea del Norte hacen pensar en un futuro donde las potencias asiáticas tomen la delantera. 

Misiles, ojivas nucleares y lobos robóticos son solo algunas de las armas que se expusieron este miércoles en el desfile que la República Popular China organizó para celebrar los 80 años de su victoria sobre el Imperio japonés durante la Segunda Guerra Mundial. 

Está conmemoración se produce en un momento donde China busca ya no solo ocupar el lugar de gran potencia política y económica, sino también militar, y si bien su Ejército se encuentra lejos de siquiera igualar al de Estados Unidos, la demostración de fuerza del pasado miércoles alertó a Washington sobre las capacidades militares potenciales de Beijing. 

Asimismo, la imagen del Presidente chino Xi rodeado de Putin y los líderes de India y Corea del Norte muestra un cambio abrupto en las dinámicas de poder del Sistema Internacional. Este encuentro se enmarca claramente en lo que anunciaba el autor estadounidense Joseph Nye hace algunos años: el comercio internacional está virando del Atlántico al Pacífico y los centros de poder se están desplazando de Occidente a Oriente.

Este cambio estructural dentro del sistema pone a los Estados Unidos y las demás potencias occidentales en una encrucijada sobre su futuro inmediato. Deben plantearse cómo enfrentar y desafiar a China, un desafío demasiado grande para seguir ignorándolo. No obstante, las estrategias de Washington y Bruselas con respecto a China no parecen arrojar los resultados esperados. 

Los aranceles que Trump impuso a Beijing solo consiguieron posicionar a China como un garante del orden multilateral de comercio, que, curiosamente, fue históricamente promovido por los Estados Unidos. 

En cuanto a la Unión Europea, la última cumbre que mantuvo con China en julio pasado dejó un sabor agridulce, los desacuerdos con respecto al cambio climático y las regulaciones impositivas para empresas europeas hicieron imposible cualquier tipo de acuerdo. 

Mientras tanto, Beijing sigue aumentando su influencia, en los últimos años dos medidas en particular signaron la política exterior de Beijing: la ampliación de miembros de los BRICS y la Iniciativa de la ruta de la seda. Ambas medidas buscaban hacer frente al norte global en términos políticos y económicos. 

En este sentido, se puede interpretar que el desfile busca desarrollar la arista restante en términos de proyección de poder y política exterior: la fuerza y el poder militar. Esto resulta fundamental para un país como China que históricamente se ha caracterizado por sus habilidades comerciales y sus debilidades militares. 

Este despertar de China se produce en un contexto de declive del poder de los Estados Unidos, donde con el regreso de Trump a la Casa Blanca la política exterior de Washington pasó de defender el interés nacional de los Estados Unidos a defender el interés personal de Donald Trump. 

Este despertar chino, anunciado desde hace ya tiempo, no es solamente un ascenso, sino también un regreso de este país al centro de poder del sistema internacional. Recordemos que China es una civilización de 5.000 años, la humillación del colonialismo y la ocupación japonesa fueron solo un interregno en su calidad de potencia asiática y mundial. 

Veremos cómo este país enfrenta los desafíos en los próximos años, no hay que olvidar China es un país de 2 billones de habitantes con un gobierno autoritario acusado de masivas violaciones a los derechos humanos. De esta forma, se podría interpretar que su ascenso como potencia política, económica y militar se enmarca en el resurgimiento de los autoritarismos a nivel mundial. Solo nos quedará esperar hasta dónde llegará el rugido del dragón.

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