Corea del Norte suele presentarse como uno de los países más herméticos del planeta, un territorio donde las imágenes que llegan al exterior parecen ancladas en otra época: un país empobrecido, aislado, tecnológicamente atrasado, con desfiles militares interminables, consignas propagandísticas en enormes carteles y líderes retratados como figuras divinas. A tal punto llega el mito que las versiones «oficiales» sobre el nacimiento de Kim Jong-il, antiguo líder y padre del actual dictador, afirman que vino a este mundo en el sagrado Monte Paektu, y por esta causa aquel día surgió un arcoíris doble y una nueva estrella brilló en el cielo (aunque documentos soviéticos señalan que nació en Siberia). Entre otros «prodigios» se cuenta que caminó a las tres semanas, habló al mes y medio, controlaba el clima y que, durante su etapa universitaria, escribió más de mil obras y dominaba todas las artes.
Sin embargo, detrás de esa fachada anacrónica e inverosímil se esconde una de las maquinarias de inteligencia más sofisticadas y temibles del siglo XXI.
La Oficina General de Reconocimiento (Reconnaissance General Bureau, RGB), nombre oficial del servicio de inteligencia norcoreano, constituye el eje central de este poder invisible. Nacida en 2009 tras la fusión de varias agencias previas, concentra hoy las funciones de espionaje, operaciones clandestinas, sabotaje, propaganda y guerra cibernética. Su importancia trasciende las fronteras nacionales, desde el férreo control de la vida cotidiana en Pyongyang hasta ataques informáticos multimillonarios contra bancos occidentales.
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La prioridad estratégica de la inteligencia norcoreana siempre ha sido su vecino del sur. A lo largo de la Guerra Fría, los intentos de infiltrar agentes en Seúl fueron constantes, con operaciones que iban desde el contrabando de propaganda hasta incursiones armadas directas. Con el paso del tiempo, estas tácticas se refinaron: hoy la infiltración se produce a través de canales más discretos y menos detectables como organizaciones culturales pantalla, asociaciones de amistad entre las dos Coreas o incluso empresas fantasmas en otros países.
El objetivo no es únicamente obtener información de inteligencia, sino erosionar la cohesión social y política en Corea del Sur. A menudo, la RGB busca fomentar divisiones internas, alimentando discursos antiestadounidenses, incentivando tensiones entre partidos y difundiendo rumores sobre supuestas conspiraciones dentro del gobierno surcoreano. Estas acciones rara vez dejan huellas visibles, pero su acumulación genera un clima de desconfianza que favorece a los intereses de Pyongyang.
Un ejemplo ilustrativo fue el contexto de 2024 cuando el presidente surcoreano se vio obligado a declarar el estado de sitio frente a un escenario de disturbios y amenazas híbridas. Aunque las causas fueron múltiples, varios analistas no dudaron en señalar la mano invisible de la inteligencia norcoreana como agente desestabilizador, particularmente a través de campañas digitales y operaciones psicológicas. Aunque lo más significativo fue cómo el propio mandatario utilizó esa narrativa a su favor: acusó públicamente a sectores de la oposición de actuar como «comunistas infiltrados» bajo órdenes de Pyongyang, reforzando así su legitimidad política en medio de la crisis y alimentando la percepción de que la amenaza externa estaba directamente conectada con la disputa interna.
Si algo ha entendido el vigente régimen de Kim Jong-un es que la propaganda no termina en sus fronteras. Durante décadas, la narrativa oficial se limitaba al consumo interno: mostrar al líder como figura paternal, demonizar a Estados Unidos y presentar a Corea del Sur como una marioneta imperialista. Sin embargo, en la era digital, esas narrativas comenzaron a filtrarse hacia el exterior.
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La inteligencia norcoreana ha desplegado una auténtica guerra de información. A través de portales web como Uriminzokkiri o la agencia KCNA, perfiles falsos en redes sociales y campañas digitales han buscado sembrar dudas sobre la legitimidad de Seúl y relativizar las denuncias internacionales por violaciones a los derechos humanos. También se han identificado esfuerzos propagandísticos en comunidades de YouTube y TikTok con supuestos “influencers norcoreanos” que muestran una vida rutinaria idealizada, cuidadosamente montada para atraer simpatía internacional como el canal Sogwang Media Corporation y la canción “Padre amigable” (Una oda a Kim Jong-un). En Japón (enemigo histórico), por ejemplo, han existido organizaciones pro-Pyongyang como la asociación Chongryon, que durante décadas sirvió como canal de propaganda y recaudación de fondos entre la comunidad coreana residente. En otros países, como España o México, se han detectado grupos culturales y asociaciones que reproducen los discursos oficiales del régimen a través de conferencias o publicaciones digitales.
En algunos casos, los contenidos son toscos y fácilmente identificables. En otros, resultan sorprendentemente sofisticados, apelando a discursos nacionalistas compartidos o incluso a causas progresistas internacionales para ganar simpatía.
Este tipo de operaciones no pretende convencer a las masas de manera directa, sino introducir ruido en el debate público. Basta con minar la confianza en los medios tradicionales, instalar rumores o alimentar divisiones para que el sistema político surcoreano se resienta. En un mundo saturado de información, la desinformación norcoreana se disfraza como una voz más entre millones, pero con un objetivo muy claro: debilitar al adversario.
Mientras proyecta poder en el exterior, el servicio de inteligencia cumple un rol insustituible dentro del país: mantener a la población bajo un control estricto y permanente.
Corea del Norte no cuenta con un internet libre. En su lugar existe una intranet nacional llamada “Kwangmyong”, accesible únicamente desde adentro del país. Esta red permite a los ciudadanos consultar bibliotecas controladas, algunos contenidos científicos, y principalmente, propaganda estatal. Todo lo que se publica o circula en ella pasa por un riguroso filtro de censura y de estricto control.
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Además, los dispositivos electrónicos vendidos en el país vienen con software de rastreo preinstalado, diseñado para impedir la manipulación de archivos externos o la reproducción de contenidos no autorizados. Intentar hackear esos sistemas o acceder a información extranjera puede equivaler a una sentencia de prisión, a la pena de muerte, o incluso al envío a los infames “campos de reeducación”. En algunos casos, el castigo se extiende al culpable y a sus familiares cercanos bajo el principio de “culpabilidad por asociación”, llegando (según testimonios) a afectar hasta tres generaciones.
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Pero la vigilancia no depende solamente de la tecnología. Existe un sistema de informantes vecinales donde cada grupo de familias es responsable de vigilarse mutuamente. Se trata de una red social obligatoria, organizada desde arriba que convierte a cada ciudadano en potencial espía de su vecino. La inteligencia norcoreana funciona, así, no sólo como aparato institucional, sino también como una atmósfera cotidiana de miedo y autocensura.
A primera vista, parecería imposible que un país cuyo pueblo carece de acceso a internet abierto sea capaz de proyectar poder en el ciberespacio global. Pero precisamente en esa paradoja se encuentra el secreto de Pyongyang.
El régimen selecciona desde la infancia a los estudiantes con mayores aptitudes en matemáticas y ciencias. Estos jóvenes son entrenados en instituciones de élite como la Universidad de Automatización de Pyongyang donde reciben formación intensiva en criptografía, programación y técnicas de intrusión digital, forjando tanto sus habilidades técnicas, como una obediencia absoluta al régimen. Posteriormente, muchos son enviados al extranjero (especialmente a China, Rusia o el Sudeste Asiático), donde pueden operar con acceso pleno a internet bajo identidades y nacionalidades falsas.
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De este modo, Corea del Norte mantiene una brecha digital intencional. Mientras el pueblo vive en el atraso tecnológico, una pequeña élite desarrolla habilidades de clase mundial al servicio del régimen. Esa élite se convierte en el brazo invisible que permite a Pyongyang recaudar divisas, robar secretos militares y desafiar a potencias con recursos mucho más vastos.
Los llamados “cibersoldados de Kim” integran unidades especializadas dentro de la RGB. La más famosa es el Grupo Lazarus, vinculado a ataques contra bancos, casas de cambio de criptomonedas y hasta infraestructuras críticas. En 2014 fueron señalados por el ataque contra Sony Pictures en respuesta a una película satírica sobre Kim Jong-un; en 2016, por el casi robo de 81 millones de dólares del Banco de Bangladesh; en años posteriores, por intrusiones en plataformas de criptomonedas que sumaron miles de millones de dólares. En 2017 el ataque ransomware WannaCry afectó a cientos de miles de computadoras con sistema operativo Windows en más de 150 países. Estados Unidos inculpó al cracker norcoreano, Park Jin Hyok, de ser el responsable de estos 3 ciberataques.
Lo distintivo de estos ataques es que combinan la lógica del espionaje con la del crimen organizado. No se trata únicamente de obtener información estratégica, sino de financiar al Estado norcoreano. Buena parte de los fondos obtenidos mediante ciberataques son destinados a sostener el programa nuclear y a mantener la maquinaria militar del país bajo un contexto de múltiples sanciones internacionales.
La comunidad internacional, por su parte, reconoce que los hackers norcoreanos se encuentran entre los más hábiles del mundo. Esto se debe exclusivamente, además de su pericia técnica, a su resiliencia operativa, ya que trabajan en células descentralizadas, utilizan redes de terceros y se adaptan rápidamente a las medidas de seguridad implementadas por sus objetivos.
Su fuerza descansa en los pilares del control absoluto de su población, la manipulación de narrativas en el extranjero y la sofisticación de su aparato cibernético. Esta tríada convierte a Pyongyang en un actor que, pese a su aparente debilidad estructural, logra condicionar la política de Corea del Sur, desafiar a potencias militares mucho mayores y obtener recursos estratégicos mediante el cibercrimen.
En un mundo donde las guerras ya no se libran únicamente con tanques y misiles, sino también con drones, algoritmos y desinformación, la inteligencia norcoreana constituye un caso extremo, pero revelador, de cómo un Estado pequeño puede proyectar poder global con medios asimétricos.





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